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Los unos y los otros

Argentina destina apenas el 0,16 % del PBI (el nivel más bajo en cincuenta años), a la inversión pública en Ciencia y Tecnología.

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La edición 2026, la novena, batió un récord con 93 mil millones de euros en compromisos de inversión extranjera. En el Palacio de Versalles, el lunes 1 de junio, tuvo lugar el “Sommet Choose France” (Cumbre Elige Francia), precedido por tres jornadas preparatorias. En esencia, se trata de la libreta de baile anual de la diplomacia económica francesa: una estrategia para fortalecer a Francia como potencia industrial y tecnológica, que combina promoción del país, networking de élite y un ejercicio singular de soft power económico.

Los 71 nuevos proyectos anunciados incluyen la creación de gigantescos centros de datos de inteligencia artificial en Hauts-de-France, la región más septentrional del Hexágono —sobrenombre habitual para referirse a la Francia metropolitana continental—; esto se suma a otros proyectos ya confirmados. Como se trata de instalaciones pantagruélicas en términos de consumo eléctrico, resulta decisivo que el país sea productor y exportador neto de energía. El 95% de su producción total de electricidad tiene origen bajo en carbono, y la energía nuclear constituye el pilar principal, con alrededor del 67-70%. Francia usa el argumento de su energía nuclear limpia para fundamentar los proyectos; “enchufa baby, enchufa” (plug baby, plug), en contraste con “perfora baby, perfora” (drill baby, drill).

Para un país en búsqueda de una ventaja competitiva duradera y una renovación de su influencia regional, resulta imprescindible atraer capital extranjero. En ese marco, ¿qué grado de autonomía es posible mantener cuando los flujos de inversión provienen de actores con agendas geopolíticas propias, especialmente en un campo donde el dominio de los datos adoquina el camino hacia el futuro? Para que ello no equivalga a ceder el control estratégico de sectores clave, la narrativa nacional debe articularse sobre la base de una voluntad política sostenida, que incluya equidad en las reformas laborales, la inversión en investigación y la estabilidad regulatoria. La attractivité no es un destino pasivo, sino que combina pragmatismo económico con orgullo cultural. Todo esto obliga a pensar los roles del Estado en la era del capitalismo digital.

Arthur Mensch, cofundador y CEO de Mistral AI —uno de los empresarios franceses más relevantes en el ámbito de la inteligencia artificial—, critica la regulación europea, a la que califica de “pesada” y fragmentada, así como los riesgos de dependencia excesiva del capital extranjero. Al mismo tiempo, apoya la atracción de inversiones, siempre que vayan acompañadas de una acelerada construcción de infraestructura local y de medidas que preserven la soberanía tecnológica.

Netanyahu ha declarado en diversas ocasiones que Israel es, después de Estados Unidos, el país que atrae más venture capital (financiación privada a cambio de participación accionaria) e inversiones extranjeras en investigación y desarrollo (I+D) del mundo, ya sea en términos absolutos o, especialmente, per cápita. Israel cuenta con aproximadamente 10 millones de habitantes, y han establecido allí importantes centros de investigación y desarrollo numerosas multinacionales estadounidenses (Intel, Google, Microsoft, Nvidia y otras). Los unos y los otros.

Mientras Francia destaca en sectores como la energía nuclear y la automoción —gracias a sus fuertes inversiones en I+D respaldadas por una sólida infraestructura energética y manufacturera—, Israel se posiciona como “Nación Startup” (Start-Up Nation), gracias a un ecosistema de innovación único en el mundo. Cuenta con una de las mayores concentraciones de ingenieros, científicos y doctores per cápita del planeta, muchos de ellos formados durante el servicio militar obligatorio. Un ejemplo emblemático es la Unidad 8200, una de las unidades de inteligencia más importantes de las Fuerzas de Defensa de Israel. Este entorno fomenta habilidades avanzadas en ciberseguridad, inteligencia artificial, algoritmos y resolución de problemas bajo presión, en una cultura que valora especialmente la chutzpah (audacia israelí) y el “pensamiento fuera de la caja” (pensar de manera no convencional, originado en el clásico ejercicio psicológico de los nueve puntos).

Cuando Netanyahu dijo que Israel es segundo después de EE.UU. en inversión extranjera en I+D, usó una métrica específica. El Gasto Bruto en Investigación y Desarrollo (Gross Expenditure on Research and Development, GERD) es el gasto total en I+D realizado dentro de un país, independientemente de quién lo financie (gobierno, empresas, universidades, etc.). El Gasto Empresarial en Investigación y Desarrollo (Business Expenditure on Research and Development, BERD) es un subconjunto del GERD que corresponde al gasto realizado por el sector empresarial privado, y suele representar entre el 60% y el 80% del total en países desarrollados. Es especialmente relevante cuando se habla de inversión extranjera en I+D, porque las multinacionales invierten principalmente a través de empresas (centros de I+D, adquisiciones de startups, etc.).

Israel dedica alrededor del 5,5-6% de su PIB a I+D, la ratio más alta del mundo. Cuenta con más startups per cápita que cualquier otro país y alberga más de 400-570 centros de I+D de multinacionales, los únicos fuera de su país de origen muchos de ellos. Ofrece fuertes incentivos estatales a través de la Israel Innovation Authority, que otorga subsidios, exenciones fiscales y apoyos específicos en sectores de doble uso y biotecnología. Se beneficia además de una robusta protección a la propiedad intelectual y del flujo de capital procedente de la diáspora judía, de Estados Unidos, el Golfo y Asia. Mientras Francia atrae inversión en I+D por su gran tamaño, su amplio mercado interno y sectores maduros como la energía, Israel lo hace gracias a su alta densidad de talento innovador, su velocidad de ejecución y un ecosistema que permite descubrimientos rápidos.

Una investigación del Haaretz, el periódico diario más antiguo de Israel que aún se publica, pone en evidencia que los usuarios de Starlink —quienes creían que el servicio garantizaba cierto anonimato— podrían estar pisando el palito, o algo todavía más riesgoso: el paso de la “intercepción” a la “inferencia”. La inteligencia de señales clásica (SIGINT) se basaba en interceptar las comunicaciones: capturar el contenido de las transmisiones (voz, datos, mensajes) o, al menos, sus metadatos técnicos directos. Lo que cambian los satélites de órbita baja (LEO) y, en particular, Starlink, es la posibilidad de localizar terminales y vincularlas a identidades reales mediante la economía de datos comerciales que rodea al usuario (advertising IDs, datos de aplicaciones, teléfonos vinculados, patrones de conexión, etc.). Se pasa así de capturar señales a inferir todo el contexto: quién se conectó, desde dónde, con qué dispositivo, en qué momento y junto a qué otras huellas digitales.

Una de las compañías a cargo, TargetTeam, con sede en Chipre, está administrada por ingenieros con antecedentes en inteligencia israelí. La segunda, Rayzone, fue fundada en Israel y sus ventas están sujetas a la supervisión del Ministerio de Defensa israelí. A partir de esa economía de datos es posible mapear rutinas y des-anonimizar al usuario.

Muchas décadas atrás, existió en Argentina una decisión nacional de impulsar de manera sostenida la investigación científica, sobre el postulado de que existe una relación directa entre formación de excelencia y la adopción de decisiones soberanas y acertadas. Hoy, instituciones como las universidades públicas —donde se concentra gran parte de esa investigación— sufren un fuerte desfinanciamiento, cuyos números son elocuentes: Argentina destina apenas el 0,16 % del PBI (el nivel más bajo en cincuenta años), a la inversión pública en Ciencia y Tecnología (lo que se conoce como Función Ciencia y Técnica del Presupuesto Nacional), frente al 3,4 % de Estados Unidos, el 2,43 % de China, el 1,15 % de Brasil y alrededor del 0,4 % de Chile. Esta ablación de futuro se produjo sin un debate racional ni propuestas superadoras (Horacio Casini). Francia e Israel, los unos y los otros. Argentina: ni los unos, ni los otros.

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