La culpa del amor
Jacques Lacan decía que solo podemos ser culpables de haber cedido en el deseo. Esta es una linda manera de definir la represión.
Esta última constituye el deseo a partir de la culpa. No es que hay un deseo y, luego, se lo reprime. Lacan busca ser más taxativo: la represión (que separa pulsión y deseo y conduce la primera hacia el síntoma y el segundo hacia la fantasía) hace que, al menos para un neurótico, no haya manera de desear sin culpa.
De esto se siguen dos observaciones: por un lado, lo último que se espera del análisis es que alguien cumpla con los deseos de sus fantasías (en todo caso, el análisis es para encontrar otro sostén del deseo, diferente de la fantasía); por otro lado, que la culpa no es culpa de o por algo, es decir, no hay objeto de la culpa, sino que la culpa es un indicador de posición subjetiva. Se es culpable, se está en falta, por ser sujeto. El deseo sujeta a la culpa.
Ahora bien, este planteo básico —de gran utilidad clínica y que desarrollamos más ampliamente en el libro El psicoanálisis (no) es imposible— tiene una variación que nos interesa pensar en términos de la relación con el prójimo. Proponemos parafrasear la frase de Lacan (así como este parafraseaba a Sigmund Freud): solo podemos ser culpables de no haber amado lo suficiente.
Importa enfatizar la relación (inversamente proporcional) entre culpa y amor. Resulta relevante situar cuántas veces en los análisis es preciso rectificar al sujeto del amor (en términos de que eso que Freud llamaba “libido de objeto”). Muchas más veces alguien se vuelve demasiado mental y se olvida de que ama; es decir, piensa su amor, piensa si el otro se lo merece, piensa si el otro hizo tal o cual cosa, en función de lo cual debería hacerse tal o cual otra. Así pierde el amor.
Hay una contraposición entre ser demasiado mental y amar lo suficiente. Esta última condición no tiene nada de excesiva. Amar lo suficiente no es el amor incondicional, tampoco es amar con sacrificio, ni pese a todo. Ni más ni menos, es responder a la altura de nuestro amor, no olvidarlo como fundamento de nuestros actos. Cuando lo olvidamos, respondemos con culpa.
Por supuesto, esta última no es una culpa que se siente como culpa; pero puede ser la culpa que se expresa como enojo, también como reproche, o bien como suspicacia, etc. También puede ser que ame con culpa, como cuando soy extremadamente compasivo, o me preocupe por un vínculo cuando temo perderlo o que llegue a su fin.
La culpa no suele sentirse como culpa. La culpa, a diferencia del arrepentimiento, es por lo que no se hizo. Es culpa por no haber amado; por no haber actuado desde el amor. Solo se puede ser culpable por esto último. Según el cristianismo, es por lo único que seremos juzgados. Tal vez sea el modo que encontró la religión de enfatizar el valor de la investidura amorosa de los objetos.
Aunque quizá no se trate solo de eso. También podríamos pensar que en el mandato de amar incluso a los enemigos, se sitúa una razón libidinal que el odio desconoce: es amor disfrazado, porque tranquilamente se puede amar con odio. Para amar con amor a veces es necesario un análisis; sobre todo para no amar con la condición de ser amado, para ser amado.
LL/MF
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