Bajar el precio
El mentón y la nariz en alto, la boca cerrada, las cejas rectas, la mirada hacia abajo haciendo foco en la figura del otro. Estos gestos en conjunto evidencian desprecio, un sentimiento de superioridad frente al semejante como forma de reafirmarse, una sombra que avanza sobre el cuerpo. Sobre ese poderoso energizante de las derechas y su amenaza a las democracias habla el sociólogo francés Francois Dubet en su libro, El desprecio. (Siglo Veintiuno Editores)
Desestimar a alguien equivale a rechazarlo, es una resaca emocional que, en la actual sociedad capitalista y tecnocrática está causada por injusticias materiales, lo que a unos les sobra y a otros les falta. El que es, no existe, es negado. Mantiene la distancia sin insultar ni odiar, puede generar sensaciones paranoicas. “El desdén es la goma de borrar; el desprecio, el lápiz”, cita a Christian Vigouroux. Una manta de niebla que te reduce a la insignificancia. Un gesto que a fuerza de repetirse nos desconcierta y nos va socavando.
El anhelo de reconocimiento en las redes sociales y la recepción de unos pocos likes o de ninguno es una forma amplificada de este sentimiento que existió siempre y surge de la arrogancia, del que tiene poder sobre el que no lo tiene. La sobreexposición en las redes sociales ha incrementado la degradación. Nos aplasta el ánimo y tendemos a silenciarlo, como si “no estar a la altura” fuera por culpa nuestra.
Más allá de lo individual, hay etapas -como la actual- en que es el conjunto, la gran mayoría, el que se siente sumergida. Dice el autor de El desprecio que los franceses “siempre podemos consolarnos si comparamos a nuestros dirigentes, relativamente civilizados, con Trump, Bolsonaro, Milei u Orbán, que convirtieron al insulto y la agresión en un argumento político de rutina, en nombre del desprecio del cual serían víctimas sus electores”. Pobre país que ha alimentado liderazgos autoritarios que nos engañan haciéndonos creer que elegimos con libertad y que somos absolutamente responsables de nosotros mismos. El desprecio se nos adhiere y alimenta el resentimiento, una pasión triste. Engloba a colectivos y se encarna en los individuos.
Agrega Dubet, autor de ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario) que esa emoción es la fuente de la que bebe un millonario propenso a insultar a sus adversarios, Donald Trump, (que) hace reaccionar a los hombres contra las mujeres, a los blancos contra los migrantes y a los no graduados contra las élites.
Alguien despreciado puede a su vez despreciar, alzarse desde un pedestal. porque la cadena de humillación es relacional y maleable. Los que desprecian ignoran la cultura del diferente, sea extranjero, gordo, queer, pobre, mujer y tantos etcéteras posibles. En los setores poulares. Por otra parte, hay que hacer un trabajo colectivo para despojarse del sentimiento de que se merece lo que se obtiene y se obtiene lo que se merece.
Le ocurrió a García Lorca, hace noventa años. Osmar Nuñez evoca a Federico, primero despreciado y luego asesinado hace noventa años por las huestes franquistas en Granada Actor comprometido, Nuñez le rinde homenaje al poeta y dramaturgo de Doña Rosita, la soltera,dirigido por Analía Fedra García, quien además acompaña en el piano. Sobre la escena, en el Centro Cultural de la Cooperación, el escritor se vuelve presencia real como un remolino, pleno de furia y de ternura.
Alberto Moravia escribió una novela llamada El desprecio y Jean Luc Godard la adaptó para el cine, con las actuaciones de Briggitte Bardot (Emilia) y Jack Palance (Ricargo, guionista de cine), quienes formaban una pareja que se separaba y el valor estaba dado por el nombre y el estatus. Era una reinterpretación de la Odisea, en la que el desinterés por Penélope hacía que Ulises se decida por el viaje.
Es difícil, aunque no imposible, que las heridas del desprecio cicatricen. Te miran fijamente a los ojos, se concentran en vos, terminás siendo carcomido por esa observación, sobre todo si es constante, Al final, adherís a esa mirada y te culpás de tu supuesto fracaso. Pero, atención, no es tuyo, aunque te hagan creer que te pertenece.
Hoy se derrumban los sistemas simbólicos que se construyeron en una Argentina que se soñaba próspera. Si en tiempos de mayor protección social, los trabajadores, profesionales y artistas se sentían orgullosos, hoy están excluidos de los programas de gobierno y pierden día a día su dignidad. Es una guerra más o menos callada de identidades. La vergüenza consiste en que nos desenmascaren. El control social mediante ella es eficaz. Es un sentimiento que no proviene del derecho ni la justicia. Es la vergüenza de la propia historia, la familia, los orígenes y de allí surge su intensidad. Es la reputación del súper yo, contra el cuerpo, los gustos, los barrios, los entretenimientos. Algo insoportable hasta que se encuentre el camino político y democrático que canalice la ira que provoca. Y el desconcierto. Reflexionar sobre el desprecio es una manera de empezar a caminar por los senderos que se bifurcan.
LH/MF
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