Atrapante serie en clave de thriller, aliñada con sexo aventurero y humor negro
Luego de un capítulo inaugural que sugiere maliciosamente un transitar por ciertos caminos previsibles del thriller, los sucesivos episodios de DTF St. Louis, miniserie (HBO Max) que se anuncia cerrada, una creación total de Steven Conrad (Patriot, 2015-2018), se abren y se cierran con renovados sobresaltos argumentales.
Giros que, por ejemplo, corren de su lugar acostumbrado al veterano detective blanco Homer, y que van afianzando el aplomo de su coequiper negra, Plumb, bastante más joven, de mentalidad abierta que conoce y acepta (en algún caso, practica) usos y recursos de la sexualidad contemporánea. Ella y él se nombran por sus apellidos, no incurren en rivalidades o enfrentamientos –como se podría suponer en una situación del arranque– sino que, por el contrario, ponen progresivamente de manifiesto que son los personajes más honestos, con un verdadero interés vocacional en su oficio de investigadores.
Al revés de lo que sucede con los tres protagonistas de la historia principal, cuyas distintas facetas se van despejando mayormente a través de la búsqueda y los interrogatorios de Homer y Plumb, a partir de un presunto crimen. Facetas equívocas, contradictorias, extravagantes que antes que la mentada –en gacetillas y reseñas– crisis de la mediana edad, tienen que ver con la ausencia de metas que los incentiven, el deterioro de las relaciones conyugales, un desencanto existencial que solo parece encontrar aliciente en la amistad entre dos personajes en principio incompatibles: el perdedor, ingenuo y benévolo Floyd y Jack, el manipulador, presunto ganador. El primero, en el breve lapso que transcurre –por vía de flashbacks– DTF, trabaja con el lenguaje de señas para sordos en el programa de televisión de su reciente amigo Jack, meteorólogo estrella de un canal local, que se desplaza en una extraña bicicleta, especie de silla de ruedas con pedales, que cumple un rol en la serie.
La tercera integrante del trío protagónico es Carol, mujer de Floyd, madre de un adolescente inadaptado social, nacido de una relación anterior, que rechaza a su padrastro y apedrea las casas del barrio. En esta narración fragmentada no lineal, a los ojos del espectador, Carol puede ir de la probable femme fatale al ama de casa capaz de trabajar de árbitra improvisada de baseball infantil, ridículamente vestida, sin que se le caiga un anillo. Sin que se pueda considerar un espoileo puesto que el hallazgo ocurre al promediar el primer cap: la víctima del hipotético asesinato es el bueno de Floyd. Y el primer sospechoso es Jack.
Verdad o consecuencia
Objeto televisivo difícil de identificar –no sería un modelo para armar sino más bien un collage minuciosamente organizado– DTF muestra imágenes fijas de desnudo integral masculino, escenas de representación de las respectivas fantasías sexuales de Carol y Jack (cuando se convierten en amantes) que van más allá del Kamasutra, la detective Plumb instruye con naturalidad a Homer sobre el uso actual de la pornografía… Y, sin embargo, no se trata de una serie que busque generar erotización en quien la mira por más rebuscados que parezcan los caprichos que se ponen en escena en el Quality Garden Suites, ya que Steven Conrad marca una fría distancia clínica.
De paso y ya que estamos en tema, vale apuntar que, en el pabellón danés de la actual Bienal de Venecia, la artista Maja Malou Lysel está presentando, no sin polémica, Things to Come, exposición que mezcla pornografía (como estímulo visual eficaz), ciencia y ficción. La idea es llevar a discusión la crisis de fertilidad masculina, el rol de las imágenes y las transformaciones del cuerpo en el siglo 21, partiendo de un título del visionario HG Wells llevado al cine en 1936, acerca del progreso tecnológico y la consiguiente redefinición de estructuras sociales.
Por otra parte, en la serie tan eficazmente creada, escrita y dirigida por Conrad, donde nunca se termina de saber lo suficiente como para poder entender todas las acciones y sus motivaciones; hay una ambigüedad estructural narrativa que, premeditadamente, desorienta y obliga a quien la mira a estar muy alerta. Y, en cierta forma, a participar activamente para no perderse en ese laberinto, apasionante pero muy intrincado; entre esos personajes que nunca dejan de ser enigmáticos. Respecto de los cuales el propio creador nunca partido definido.
Las apariencias engañan también en los que se refiere a la locación porque, aunque se nombre la ciudad de St. Louis en el título y durante el transcurrir de los episodios, esta producción fue rodada en Atlanta, estado de Georgia. Así es que los conocedores de St. Louis y sus suburbios de clase media, no encontrarán locaciones que les resultan familiares.
Por varias razones, entonces, este raro thriller tiene efectos desestabilizadores, nunca se mueve en terreno firme, a menudo está desplazando sospechas, aún cuando se desliga de la muerte de Floyd. ¿Es sincero Jack cuando se comporta como marido amable y padre protector de sus hijas, o solo quiere ajustar las hamacas para espiar a su vecina que toma sol? Y cuando él declara que sedujo a Carol, en realidad, ¿no fue ella la que condujo ese baile, la que lo encontró “casualmente” en el bar Jamba Juice, la que mantiene posición dominante en los encuentros íntimos? ¿Es Carol un tanto psicópata o apenas está a la defensiva frente a los detectives? Para mayor desconcierto humorístico, el tema que abre los episodios es Let the Sunshine In, de ¿quiénes si no? The 5th Dimension.
Como quedó dicho más arriba, parece franca y con rumbo indudable la relación que va deviniendo entrañable entre el viejo detective que reconoce sus prejuicios del siglo 20, y la joven colega que termina siendo su maestra en nuevas costumbres. Richard Jenkins y Joy Sunday, tanto en los interrogatorios a puertas cerradas como en amplio hall brutalista de la comisaría o en el encantador diálogo del último capítulo, están perfectamente creíbles en su transparencia actoral. Dentro de un cásting sumamente acertado, pasa lo propio con el Floyd de David Harbour y su naïveté un poquitín torpe, un mucho bondadoso y decente. Con todos los matices requeridos por su opacidad y sus ambivalencias, Jason Bateman y Linda Cardellini generan constante inquietud e interés por descifrar a Jack y a Carol. En papeles secundarios, se ganan alabanzas Arlan Ruf como el desdichado adolescente y Peter Sarsgaard en el rol de Modern Love, el hombre que acude a una cita con Floyd, que no ha sabido reconocer la foto que recibió. Modern Love es el primero que dice la frase que otros repetirán: “Nadie es normal, se lo puede ver así desde la vereda de enfrente”.
Dato curioso al margen: St. Louis y Rosario –provincia de Santa Fe, Argentina– fueron nombradas en 2017 ciudades hermanas, junto a otras 13 localidades, comprometiéndose a la mutua cooperación en agricultura, comercio, educación y cultura. Ya ha habido intercambio.
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