Barberías por doquier: avanzan acicalados los nuevos coquetos
Empecemos por el principio, que en este caso no se trata el Verbo del Evangelio de Juan, sino de un simple sustantivo asociado a la frivolidad, a ciertos recursos para atraer la atención. Bah, a un comportamiento que se diría típicamente femenino: la coquetería. Empero, no siempre fue así considerado porque resulta que este vocablo, proveniente del francés y acuñado en el siglo XV (aunque las conductas a las que refiere ya venían de muy lejos), está directamente relacionado con modos de actuar masculinos. Tanto es así que la palabra se origina en esa ave dominante del gallinero que es el gallo…
Efectivamente, el conocido coq francés, cuyo apelativo deriva de la palabra latina gallus, que significa a la vez galo (natural de Galia) y gallo –este animalito de Dios que, con el devenir de los siglos se fue convirtiendo en emblema de coraje y orgullo en Francia, figurando en marcas, nombres de restoranes, camisetas del seleccionado, etcétera–.
Empero, todavía hay quien sostiene que el término coq es una abreviatura del canto entre los gallos –el cocoricó, a la medianoche y al rayar el alba–, aunque sería al revés: primeramente, hace falta un coq o gallo para que emita luego su quiquiriquí en español, cock-a-doodlr-doo en inglés, chicchirichi en italiano, kikeriki en alemán, y así por el estilo en el mundo mundial.
El gallo de los galos, entonces, que hoy llamaríamos macho alfa en su corral, es un bicho domesticado que antiguamente figuraba en la mitología romana –afanada a la griega–, entre los atributos de Minerva y Mercurio; también se ofrecía en sacrificio a Dioniso (rebautizado Baco), para la preservación de las viñas y, en consecuencia, del buen vino para mejor embriagarse.
Como en el Génesis bíblico –Adán creado por Dios el sexto día y a continuación donando su costilla para el advenimiento de Eva–, en el vocabulario galo, primero fue le cocquet, después hizo su entrada la cocquette. No obstante, el vocablo coquetería quedó pegado a la feminidad, para bien y para mal, pese a que, en épocas y culturas diferentes, se fomentó –en las capas privilegiadas– el cuidado y el lucimiento del arreglo masculino, de los pies a la cabeza. Pero no hay tu tía: la coquetería, esa tendencia a seducir mediante vestuario, gestos y palabras, según consigna María Moliner en su excelente Diccionario, “se atribuye principalmente a maneras de proceder femeninas”.
Ahora bien, a no sentirse excluidos los caballeros, por favor: escribe en su salvaguardia el sociólogo francés Jean-Claude Bologne su Histoire de la cocquetterie masculine (Édtions Perrin, 2011), donde deja constancia que incontables son los coquetos de la historia. Como muestra flagrante, elige a tres: Petrarca, poeta refinado florentino del siglo XIII, esclavo total de la moda aunque a veces lo incomodara, capaz de enrular sus cabellos a diario (8 siglos después, acá tenemos a un carismático continuador local, siempre recién teñido que apela a la permanente desde hace décadas). Otro coquetón, este del XVI, el despiadado rey de Inglaterra Enrique VIII, seis esposas (dos ejecutadas), responsable de la legislación contra la sodomía y la pena de muerte por brujería; soberano muy afecto al vestuario lujoso que se hacía coser diamantes y rubíes en sus trajes. En tercer lugar, pero no el menos importante, otro inglés –de fines del XVIII, primera mitad del XIX–, tan célebre como el llamado Beau Brummell, dandi temprano que se volvió árbitro incuestionable de tendencias pilcheras en la corte del rey Jorge IV. Un influencer adelantado que supo brillar en sociedad desplegando su lengua ingeniosa con punzante malicia. Hasta que cayó en desgracia. Se le atribuye la invención del traje masculino formal, corbata incluida.
A cortar, a perfilar, cada pelo en su lugar
A ojito nomás, fichando barrios como Caballito, Palermo, Recoleta, Belgrano y otros más populares, se podría deducir que, en algunas zonas, hay más barberías que peluquerías para mujeres, así como mayor diversidad de cortes de pelo (dejando la barba aparte, naturalmente) para ellos. Un auge notorio el de las barberías –desbancando a las simple pelus masculinas– que detonó alrededor de 2015, y no solo en la Argentina, claro está, ya que muchos de los nuevos looks de tendencia hípster y sus correspondientes nombres llegan de afuera, en ciertos casos apelando al pasado cercano o lejano (Elvis Presley, Pompadour, Julio César…).
Tampoco es que con anterioridad no hubiera locales que propusieran lavados de cabeza con crema enjuague o cortes fuera de toda rutina, o que una minoría de varones no supiera de los beneficios de las cremas hidratantes o nutritivas para mejorar la piel de la cara que, si no se trataba de productos con dulces perfumes delatores, algunos pedían prestados a novias o esposas, cuando no robaban una pizca en tocadores femeninos. Pero hasta hace década y media era prácticamente un secreto un cachito vergonzante, no fuera que los confundieran… Hasta que empezaron a fabricarse en suficiente escala los cosméticos para hombres, `preferentemente en sobrios envases que, por otra parte, se podían comprar en tiendas virtuales con envío directo –y discreto– a domicilio.
Con la multiplicación de las barberías y la propensión a portar barbas de diverso tamaño y formato, fueron cayendo los melindres y una gran clientela masculina aprecia cada vez más una limpieza profunda de cutis, el confort de una crema satinada. Amén de la estética del perfilado de cejas y la propia barba, así como un teñido con reflejos más sentador que el “carmelazo” del siglo XX. De yapa, los aspirantes a sentirse más lindos y atractivos, pueden sumar la depilación de pelos de la nariz y las orejas, y contar con opciones complementarias gratificantes: un cafecito, una gaseosa, un whisky.
Y llegado el caso de un evento importante que exige estar impecable al máximo, se cuenta -en locales bien provistos- con el recurso de hacerse un toque con tapaojeras y, más aún, una pasadita general en el rostro de base (“natural e invisible”, según reza un aviso en la web). Todo para salir los caballeros hechos una pinturita. Con y sin metáfora. Desde juego, según el nivel de la barbería de marras y el costo que se pueda pagar.
Un santoral de nombres
Los cortes se pueden decidir googleando, mirando youtube, fotos de figurones masculinos en alfombras rojas. O en la mismísima barbería, siguiendo el consejo del barbero de turno. Porque no cualquier peinado se corresponde con determinadas facciones, ni combina con distintas edades. Por más que el síndrome de Peter Pan -burlar el paso del tiempo- a veces induce a algunos señores ya maduros a tentarse con el corte Pompadour, de alto volumen en la parte superior y rapado en los laterales, onda Elvis Presley. Menos indicado todavía para ellos sería el flequillo ensortijado César que, con variaciones, suelen lucir Thimothy Chalamet, Jack Elordi o el ascendente Connor Storri. Un peinado que los franceses llaman graciosamente laitue (por la lechuga rizada) y que, si bien es juvenil, puede venir a cuento para disimular entradas prematuras que empiezan a expandirse. En tanto que el Pompadour y otros tocados semejantes con volumen hacia arriba –quizás incluyendo el batido del siglo XX que aplicaban ellas, con isabelita a la cabeza…– son apropiados para sumar unos 4, 5 centímetros de altura.
Más allá de que todavía haya hombres fieles (acaso de gran corazón) al corte cortísimo, simple y varonil de toda su vida, que son respetados en las barberías, hay que ir conociendo los nombres de los más aggiornados: Low Fade, Tapes Fade, Mulet en sus distintas expresiones lo mismo que el Pixie, Buzz Cut, Garçon, Morrison, Bob (o carré). Algunos en degradé, otros texturizados. Por supuesto, en estos sitios acogedores no se le niega a nadie –tenga la edad que tenga– un rodetito o chignon, una colita de caballo.
Claro que eso no es todo, amigos, en materia de aficiones capilares: el rubro tinturas es ancho y -si hay guita que alcance- no será ajeno. La oferta puede comprender: suero anticanas, champú de tinte reductor de canas, barra de champú para oscurecer cabello y barba, activador de raíces o restaurador del color natural. Para que los teñidos no sean tan evidentes, hay matices: mechas, reflejos, rayitos, dejarse en los laterales algunas canitas si se pasaron los 50, los 60… que, se cree, dan distinción estilo George Clooney.
¿Se fijaron que en la tele hay conductores y panelistas, también invitados, que tiene tienen los cabellos reteñidos y la barba plateada por las nieves del tango, a veces con un toque oscuro en torno a la boca? Es que el pelo de la barba es más duro y la piel de la cara más delicada que el cuero cabelludo. De modo que no se puede estar cada dos por tres dándole color, y aparte, se pueden notar los rastros de una tintura reciente. Entonces, muchos optan por la doble tonalidad que finalmente no engaña a nadie: Porque, Google mediante, se puede saber la edad de cualquier conductor, columnista, político, empresario, escritor o simple opinador de mínimo renombre.
En cómodos sillones, entre diferentes tipos de tijeras, navajas para cortar o afeitar, toallas calientes, suaves brochas, los pelos se esculpen, se baten, se entretejen, se aplican sobre calvicies indeseadas. Y ya casi no aparece el peluquín o el tupé, tan socorridos el siglo pasado.
A todo esto, opina mi peluquera de la esquina, los hombres quizás estén gastando más que las mujeres. Sorprendentemente en tiempos de ir alcanzando la igualdad de derechos y oportunidades, todavía luchando por otras metas, ellas son más conservadoras hasta la madurez, ateniéndose a viejos códigos impuestos de feminidad. Y prefieren, en la tele y en la vida los pelos largos, muy largos, en invierno y en verano, con la mayor dedicación que exige su mantenimiento. Llovidos o con bucles sueltos en las puntas; por lo general, raya al medio. En las pantallas chicas locales, en los canales de noticias no se avizora en ellas un cortito tipo Jean Seberg, un carré a la altura del lóbulo de la oreja o al menos rozando los hombros, ni en las más ni en las menos jóvenes. Ni hablar, entonces, de un equivalente de la cantidad de nombres de los cortes masculinos en la actualidad. Ellos, más liberados de los códigos de la masculinidad en las variaciones de sus arreglos capilares. Ellas cargando con esas melenas interminables que se exigían recogidas en los complicados tocados en siglos pasados.
MS/MG
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