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Masculinidades en estado hype

El streamer Santiago Rodriguez Zahn, @santutuu en redes sociales.

Facundo Ferrer y Mariana Palumbo

24 de abril de 2026 13:17 h

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Es la madrugada del 1 de febrero de 2026. Santiago Rodríguez Kahn, sentado frente a su computadora, habla a cámara, gesticula, se mueve en su silla, lee comentarios en vivo, comparte la actividad de su pantalla, vocifera, reacciona. Nada muy extraño dentro del universo streamer. En efecto, la cálida, agradable, veraniega madrugada del domingo 1 de febrero de 2026, parece una noche cualquiera en la Ciudad de Buenos Aires. En tiempos de redes sociales, sin embargo, todo puede cambiar en cuestión de segundos. Con mucha experiencia en la exposición digital, famoso también por su estilo polémico, Santutu -ese es el nombre que usa como streamer-, parece moverse como pez en el agua cuando stremea en la plataforma Kick (a su vez famosa y controversial por sus vínculos con los casinos online). Esta vez, sin embargo, está por protagonizar una escena que lo hará viral nuevamente, solo que no como le gustaría. Esa madrugada del 1 de febrero de 2026, cuando Santiago Rodríguez Zahn prende el stream, no sabe que apenas unas horas más tarde la cultura del clip que tantas veces lo benefició le va a jugar una mala pasada. No sabe, tampoco, que está a punto de conjugar un universo de representaciones e imaginarios centrales para nuestra época de pasiones tristes, al decir del sociólogo francés François Dubet.

“A mí me pagan por lo que yo hago, por lo que yo genero, por lo que yo soy”, dirá en respuesta a una serie de comentarios críticos sobre las apuestas online. “Escuchame, mañana tenés que levantarte temprano para ir a laburar. Yo hoy tengo 35 mil dólares para apostar”, agregará unos instantes después. “Seguí en Twitter negro de mierda. [...] Seguí puteando. ¡Que el equipo de esports me lo pagan a mi! ¡Me lo pagan a mí, es todo mío, es todo para mí, es todo para mí!”, sumará a los gritos. “¿Qué pasa? ¿Querés tener mi vida? [...] ¡Te encantaría, mogólico! ¡Te encantaría tener mi vida, te morís de ganas! Pendejito mogólico de Twitter. ¡Te encantaría! Pero no la podés tener, entonces te quedás donde estás”, va a concluir, como quien se sabe victorioso de una discusión. Mencionará, también, que la disponibilidad de 35 mil dólares para apostar en un casino online no es algo de una única vez, sino que es una práctica que realiza cotidianamente: “¿Qué dice ahí? [dirá en ese sentido mientras comparte la pantalla de un casino online en la que señala con el mouse el monto de su cuenta personal: 35 mil dólares]. Y mañana tengo otros 35. Y pasado tengo otros 35”. Luego de estos comentarios, el stream siguió un rato más. Ignoramos qué hizo Santutu después de apagar la cámara. Si alguien le anticipó que había cruzado un límite o si simplemente se fue a dormir. Total, era una transmisión más como tantas otras. Lo que sí sabemos es que al amanecer de ese domingo de febrero en Buenos Aires, sus comentarios y sus respuestas se expandieron como pólvora encendida por el mundo de las redes sociales. Luego de tantas horas de exposición, luego de intervenir en situaciones polémicas como cuando apoyó públicamente la condena a CFK, tan solo 2 minutos de clip bastaron para que una figura como la de Santutu tambaleara.

Ya viralizado el clip, sus expresiones le costarían su lugar como CEO del grupo BESTIA, una organización de esports centrada principalmente en la participación en competencias profesionales del histórico juego Counter Strike, fundada por el rapero y freestyler Papo MC (también reconocido por su participación destacada en competencias internacionales de poker). Desde BESTIA enseguida aclararon en un comunicado que las expresiones de Santutu “no representan ni reflejan los valores que promueven como organización” y que lo apartaban del cargo. Al día siguiente, el lunes 2 de febrero y luego de 24hs de cancelación, Santutu emitirá un breve comunicado en Twitter. Allí dirá que por primera vez sintió vergüenza de algo que dijo en un vivo, y que se alejará un tiempo -entendemos que de las redes y de la exposición- para “meditar su accionar y pensar bien todo lo sucedido”. ¿Game over?

Ahora bien, ¿por qué nos importa en este ensayo lo que dijo este streamer? Algo ya anticipamos al principio: con su intervención, Santutu nos permite pensar en muchos signos y síntomas de época: Hype. Riesgo. Jugársela toda. Competencia. Desvalorización del trabajo formal. Valorización financiera. Reconfiguración o reactualización de la masculinidad. Circulación de los flujos de dinero en internet. Aceleración. Violencia. Desigualdad. Precariedad. Individualismo. Híper estimulación sensorial y cognitiva. Híper tecnologización del mundo de la vida. Economía de plataformas. Monetización. Algoritmo.

Y este mundo, esta empresa, este mundo de hoy, que te esnifa la cabeza una y otra vez. Todo eso, entre otros elementos, son moneda corriente en el paisaje digital y en la estructuración de subjetividades y vínculos en el contexto del tecno-capitalismo financiero neoliberal salvaje. En este marco, Santutu nos importa por lo que dice, pero también por lo que simboliza: las derivas de la masculinidad hegemónica y la ruptura del lugar tradicional del varón trabajador (blanco, cisheterosexual, de posición económica privilegiada) en la cada vez más precaria sociedad post industrial, cyber digital.

Lejos estamos de la interpelación gubernamental del varón trabajador, el laburante que se dignifica a partir de su trabajo y que va de la casa al trabajo y del trabajo a la casa (aunque con ciertas licencias), propio de la retórica peronista, o del emprendedor macrista más cool que maneja sus tiempos y se autoexplota. Hoy lo que se promueve es un modelo de masculinidad cripto. Siguiendo a Nico Pontaquarto (2026), la masculinidad digital es una trampa de expectativas irreales. Bajo la promesa de la libertad financiera y el estatus de “macho alfa”, los jóvenes quedan expuestos a discursos de éxito exprés que, en casos como el de la cripto $LIBRA, derivan en estafas piramidales promovidas por el propio presidente del país (hecho que, vale decir, a un año de ocurrido continúa con una baja condena social). Viven en una constante contradicción: en redes sociales impera el desprecio por lo políticamente correcto y proyectan una falsa imagen de poder y de complicidad entre pares -de allí el término manosfera-; fuera de ellas, lo que prevalece es la frustración y vulnerabilidad no tramitada. También resulta paradójico, o más bien propio de las complicidades que sostienen y perpetúan a la masculinidad hegemónica, que estos jóvenes apoyan a quienes los estafan. Vale recordar solo como nota al pie que el presidente del país Javier Milei, a quienes mayormente votan estos varones, encarna de algún modo a este modelo de masculinidad (varón, blanco, cisheterosexual, porteño y supuesto crack en las finanzas).

La popularidad de las criptomonedas y las meme stocks —acciones que se viralizan en internet provocando aumentos repentinos de precio, independientemente de su viabilidad financiera— no responde a una lógica económica, sino a su función como mecanismo para que los varones jóvenes afirmen una masculinidad amenazada. En una economía donde el rol tradicional de varón proveedor con un trabajo formal ya es, a esta altura, una historia contada por nuestrxs abuelxs (4 de cada 10 trabajadorxs son informales), estas inversiones de alto riesgo permiten demostrar rasgos asociados a la virilidad, tales como la valentía ante el peligro, la resistencia ante las pérdidas (el concepto de HODL) y la rebelión contra el sistema. La mayoría de estos inversores son varones jóvenes que adscriben a normas tradicionales de género, pero que sienten que no logran cumplirlas en su cotidianidad. Ante la brecha entre las expectativas de éxito y la realidad económica, muchos recurren a estos activos para obtener, siguiendo a Dan Cassino (2023), un “valor de género” que les permite sentirse más masculinos, independientemente del resultado financiero.

Esto tiene lugar desde un modo hype de existencia, un término del argot estadounidense ya incorporado al nuestro, que hace referencia a una manera adictiva, ansiógena, hiperbólica y exagerada de vivir, de jugarse todo, que puede ser leída en el fondo como una estafa para quien hypea, puesto que cuando la acción se termina muchas veces sobreviene el vacío. Para quienes escribimos estas páginas, es un potlatch con poca mística y que encarna un cóctel de intensidad inmediata con casi nula reciprocidad. La intensidad en este caso no se sitúa en un estado de excepción, por el contrario opera como una forma de vida que, más que subvertir el deber ser capitalista, apunta a su aceleración y sigue generando desigualdades y estados narcóticos y de voracidad que vampirizan al sujeto. Un sujeto que se encuentra cada vez más solo, aislado, consumido y consumidor a la vez, alienado de su fuerza de trabajo, de sus deseos, emociones y energías, de sus capacidades creativas, de su imaginación, de su potencia transformadora de la realidad. Retomando a Robín James (2012) “para el sujeto neoliberal, el objetivo de la vida es llevarla al límite, acercándose cada vez más al punto de rendimiento decreciente [...]. El sujeto neoliberal tiene un insaciable apetito de más y más diferencias novedosas”, citado en el libro Aceleracionismo, compilado por Armen Avanessian y Mauro Reis y editado por Caja Negra, en 2017.

La cuestión de la aceleración no es nueva en la teoría social. Ya se puede encontrar su problematización o inquietud en análisis clásicos como los de Marx y Simmel sobre la reorganización del tiempo durante el capitalismo industrial (disciplina fabril, medición, monetización de la vida y las relaciones sociales, racionalización, aceleración psíquica). En el marco del capitalismo financiero y de plataformas, autorxs que se ocupan de analizar el aceleracionismo explican que, en las últimas décadas, a través de innovaciones tecnológicas, financieras y organizativas se viene experimentando una intensificación drástica de los ritmos de circulación de capital, información y mercancías. La economía capitalista ya no duerme, no descansa. Con brechas espaciales y temporales cada vez más reducidas (las operaciones financieras están a un click de distancia), los mercados funcionan 24/7, los 365 días del año. Economía global en tiempo real. Con el avance de la economía de plataformas, esta tendencia no está haciendo más que intensificarse: trabajos on demand, disponibilidad permanente, monetización e hiper estimulación de la atención, manipulación de emociones, difuminación de fronteras trabajo y ocio, mundo laboral e íntimo, incorporación subjetiva de la lógica del algoritmo en las relaciones sociales y laborales. Al avanzar en tiempos antes no (tan) económicos, como el ocio o la intimidad, se produce toda una colonización temporal de la vida cotidiana que deja a los sujetos en un estado de desconcierto, precariedad e incertidumbre constante. Y con el juego, el espacio de recreación y sociabilidad, se vincula de manera creciente con la apuesta.

La relación con el tiempo cambia en función de la posición económica, del género, del color de piel, la cercanía con los espacios de trabajo y sociabilidad, entre otra multiplicidad de factores y dimensiones que hacen a la desigualdad. Disponer de “tiempo libre” en la actualidad es un privilegio de unxs pocxs. No cualquiera puede darse el lujo de “bajar un cambio”. Mientras que las distancias espaciales y temporales se achican frenéticamente para acelerar la circulación de los flujos de capital, una gran cantidad de trabajadorxs (y cada vez más en la economía de Milei) se ven forzadxs a desplazarse a lo largo de grandes distancias, invirtiendo muchas horas del día para ir y volver de sus lugares de trabajo, con un transporte público que no deja de encarecerse al mismo ritmo con el que empeora su servicio.

En términos de la construcción de la masculinidad, como venimos explicando, la lógica aceleracionista del capitalismo actual produce tensiones identitarias que exigen una búsqueda de reafirmación, estabilidad y estatus. Búsqueda que muchas veces implica dinámicas y prácticas violentas. Parece ser que la combinación de financiarización y digitalización de la economía está ofreciendo un medio de expresión ideal para ello, a través del mundo de las apuestas online, las redes sociales, la expansión de la cultura gamer a sectores cada vez más amplios y la operación continua en mercados bursátiles y de divisas desde la comodidad del celular.

En el plano político, este cambio se manifiesta a través de la adhesión masiva de varones jóvenes a opciones de ultraderecha masculinas y femeninas (Donald Trump, Jair Bolsonaro, Javier Milei, Giorgia Meloni) que tienen como base ideológica una representación y un ejercicio desinhibido de la masculinidad hegemónica. Es cool odiar, insultar, violentar, ser heater… siempre y cuando todo eso no esté orientado al poder. En el plano económico, alrededor de figuras como Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Elon Musk, estos varones proyectan un modelo a seguir que conecta con valores claves de esta época: hacerse rico se presenta como una posibilidad al alcance de cualquiera, bajo una lógica meritocrática. Todo el ejército de cripto bros que inunda las redes sociales, en buena medida ve en estos personajes el punto más alto de realización: vivir al palo, vivir al límite. Buena parte de la cultura streamer/gamer también se vale de estos imaginarios.

Claro que uno y otro plano, el político y el económico, se retroalimentan mutuamente. Pero conviene diferenciarlos en tanto también suponen una relación tensa en la que unos y otros pugnan por imponerse. Pensemos por ejemplo en el breve paso de Musk por la administración pública en los inicios del segundo gobierno de Trump.

Frente a las múltiples crisis que signan nuestro tiempo (ambientales, bélicas, económicas, culturales, ideológicas, cognitivas, emocionales y un largo etcétera), la respuesta del poder político y económico viene siendo la aceleración: del conflicto, de la precariedad, de la circulación voraz de capital, de la vampirización de los flujos de energía y de los cuerpos de quienes trabajan, de la colonización de cada vez más esferas de la vida cotidiana, de la espectacularización y la banalización de las asimetrías y las luchas sociales. Anarcotizados, en modo hype, persiguiendo en frenesí una realización que se limita exclusivamente a la vía económica y que tiene como requisito la demostración pública en redes sociales. Sin lo cual, no sería real. ¿Cuál puede ser, en cambio, nuestra respuesta frente a la deshumanización, la banalidad, la crueldad y la insoportable levedad del ser de quienes ostentan el poder hoy? “¿Qué pasa? ¿Querés mi vida?”, preguntó Santutu en aquella madrugada de febrero. ¿Queremos esa vida?

*Lxs autores son sociólogxs.

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