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FOTOGRAFÍA

Grete Stern, capturando sueños y pesadillas de mujeres del siglo XX

Grete Stern, Sin título, Sueño (1949)

Moira Soto

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A poco más de siete décadas, puede parecer increíble que, en 1948, a los 44, una fotógrafa de origen judíoalemán exiliada –que adoptaría en 1958 la nacionalidad argentina– se haya mandado a hacer perturbadores fotomontajes para ilustrar el consultorio sentimental de una revista femenina propia de la época, Idilio. Esa popular publicación estaba destinada a mujeres de diversa edad, amas de casa o en vías de serlo, e incluyendo a un acotado porcentaje de trabajadoras fuera del hogar.

GS, Amor sin ilusión, Sueño Nº 28 (1951)

 La artista Grete Stern lo hizo semanalmente durante cuatro años, tomándose el trabajo con mucho empeño personal y con gran respeto hacia las consumidoras de la revista que enviaban cartas contando sus secretos. Cartas que eran respondidas verbalmente por dos “especialistas” –Gino Germani y Enrique Butelman–, en verdad dos intelectuales que usaban seudónimos porque les daba cosita escribir en una revista de esa índole. Grete Stern, en cambio, eligió firmar con su nombre que, por esas fechas, había alcanzado merecido prestigio gracias a una serie de muestras que arrancaron localmente en 1935 cuando, recién llegada desde Londres, expuso junto a su marido, el notable fotógrafo argentino Horacio Coppola (de quien se divorciaría en 1943). Aquella primera exposición tuvo lugar en la redacción de la revista Sur e incluía respectivos trabajos de la pareja producidos en Alemania y Londres, desde 1929 hasta 1935.

Pues bien, Sueños, la serie que se hizo más famosa de GS a partir de una muestra que organizó ella misma en 1967 –a la que siguieron muchas otras, dentro y fuera del país–, vuelve a mostrarse en estos días en el ex Correo Central, Sarmiento 151. Con entrada libre por orden de llegada, de miércoles a domingo en la sala 206.

Grete Stern, Autorretrato (1943)

De sujeciones agobiantes y fantasías liberadoras

Esta exhibición responde al –un tanto equívoco– título de Soñadoras. Porque lo que Stern supo leer en esas cartas fue precisamente lo que la estadounidense Betty Friedan (La mística de la feminidad, 1963) llamaría “el malestar sin nombre” de las amas de casa y esposas de su tiempo, tan lejos de la felicidad hacendosa de los avisos de electrodomésticos. Sin duda, para decodificar esa suerte de inconsciente colectivo de las lectoras de Idilio, sus ansiedades e insatisfacciones, a la artista le aportó haberse tratado en Londres con la renombrada psi polaca Paula Heimann –entrenada por Theodor Reik en Berlín– que también había escapado del nazismo.

GS, Electrodoméstico para el hogar, Sueño Nº 1 (1948)

De modo que sus referencias del psicoanálisis y sus conocimientos del surrealismo, sumados a su propia intuición, acicatearon la creatividad de Grete Stern para crear esas escenas pesadillescas de mujeres embotelladas y tapadas; arrastrando cuesta arriba cual Sísifo una piedra enorme; como soporte de una lámpara cuyo interruptor acciona una mano enorme de vatón; amenazadas por una monstruosa cabeza (con traje masculino) que le grita algo al oído, y que ahora dan ganas de titular: “Los hombres me explican cosas”; o directamente puestas dentro de una gran jaula, del modelo para canarios…

Por su osadía y su humor negro, la categórica denuncia de la misoginia y en general su espíritu subversivo, estos Sueños han sido considerados como una de las primeras manifestaciones artísticas profundamente críticas en las artes visuales de la condición femenina en el siglo XX. Remarcando las reseñas su manera de graficar la subordinación, el abuso, la humillación que oprimía a las mujeres. Fueron alrededor de 150 fotomontajes, de los cuales apenas se salvaron 46 originales. Tal el menosprecio de la Editorial Abril por esos trabajos.

GS, Sin título, Sueño (1949).

Cuando en 2015 el MoMA neoyorquino ofreció una gran retrospectiva de obras de Grete Stern y Horacio Coppola, los Sueños se llevaron los mejores elogios de la crítica y atrajeron la mayor cantidad de público.

Silvia Coppola, digna hija modelo 

En 2000, al año siguiente de la muerte de su madre Grete, entrevisté a Silvia Coppola (1936-2012), con quien mantenía una relación amistosa iniciada a fines de los ’80 merced a nuestra militancia feminista, además sustentada por la cinefilia de ambas. En aquellos años había un núcleo numeroso de mujeres activistas, cada una en su especialidad –abogadas, psicólogas, teólogas, filósofas, sexólogas, escritoras…– entre las que existía un intercambio cálido, de genuina hermandad. Como periodista en distintos medios, sabía que siempre podía contar con alguna de ellas para ahondar en notas sobre la problemática tocante a la mujer que fuera.

GS, Niñas en campo de algodón, Gran Chaco (1964)

Y en el tema del derecho al aborto –que obviamente no arrancó en el XXI– Silvia Coppola, médica, siempre fue una entrevistada comprometida y dispuesta. Por ejemplo, para hacer declaraciones en la revista Humor donde hubo espacio para –por primera vez, en el número 425– publicar un reportaje a la valiente Graciela Dufau titulado: Yo aborté, a mediados de los ’90. Silvia, cofundadora del movimiento Elegir, fundamentó claramente el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo en la nota Menem y el Papa, un solo corazón, en fechas en que el expresidente había declarado el Día del Niño por Nacer, luego de visitar a Juan Pablo II.

La escandalosa de Ramos Mejía

En 2000, entonces, acababa de abrirse una expo de Sueños en la Galería Principium, un buen pretexto para conversar con Silvia Coppola que, entre otros párrafos, sostuvo: “Mi madre creó una obra pionera en fotografía, quizás la más importante hasta hoy en su crítica a la opresión y manipulación que sufría la mujer, en la sociedad argentina a mediados del siglo pasado”. SC, que adolescente fue modelo para algunas de las fotos de Sueños, sonreía con orgullo: “Mi mamá siempre me sacaba divina”. Y un retrato colgado sobre los estantes colmados de libros y artesanías indígenas, convalidaba ese comentario.

Mi madre creó una obra pionera en fotografía, quizás la más importante hasta hoy en su crítica a la opresión y manipulación que sufría la mujer, en la sociedad argentina a mediados del siglo pasado

Silvia Coppola

Según la hija que con tanta devoción cuidó a Grete durante los últimos tramos de su enfermedad, “era de lo más divertido trabajar con ella, especialmente para esa serie que se expone ahora”. Es decir, esos maravillosos fotomontajes que pasaban, sin que en la editorial se dieran por enterados, mensajes fuertemente críticos. Que para la jovencita Silvia eran simplemente ilustraciones destinadas a una revista femenina: “Una tarea de encargo, para ganarse la vida. Desde luego, siguiendo una línea de conducta y de pensamiento”.

GS, Quién será ella, Sueño Nº 7 (1948)

De niña y adolescente, no fue nada simple ser hija de Grete Stern: “Cuando ella llegó acá, era como un bicho raro. Imaginate: venía de los círculos vanguardistas de Berlín y Londres, donde las mujeres eran mucho más libres. Mi madre se instaló en Ramos Mejía en los años 40, y ya iba tan tranquila con pantalones por la calle. María Elena Walsh solía acordarse del escándalo que provocaba sin darse por concernida. A veces, usaba el pelo à la garçon; tuvo época en que se pintaba mucho, y en otras, nada. Habitualmente con el pucho en la boca. Un estilo completamente fuera de los cánones del momento. Pero mi mamá no se sentía una transgresora: ella creía que tenía derecho a hacer lo que le diera la real gana, sin registrar el efecto que producía”.

Mi madre se instaló en Ramos Mejía en los años 40, y ya iba tan tranquila con pantalones por la calle. No se sentía una transgresora: ella creía que tenía derecho a hacer lo que le diera la real gana, sin registrar el efecto que producía

Silvia Coppola

Para esas fechas, GS ya estaba separada del Horacio Coppola y, en consecuencia, en el colegio Silvia era la única hija de divorciados: “Y como si esa situación no fuese suficiente estigma, ella se comportaba de forma tan atípica. Confieso que a veces yo me quería morir, porque hasta los 15, 16 fui una chica bastante convencional, me daba pudor que mi mamá se saliera tanto de la norma”.

Grete Stern, Brecht (1934)

Berlín, Londres, Buenos Aires

Nacida en 1904 en Wuppertal-Elberfeld, Alemania, Grete Stern, desde chica tirando a las artes, cursó estudios de piano y guitarra. A los 18 se pasó a la gráfica en Stuttgart, con el maestro Ernst H. Schneider; a los 22, ya hacía trabajos de publicidad, dibujo y diagramación, llegando a exponer parte de su obra. Entre 1927 y 1928, estudió fotografía con Walter Peterhans, luego docente en la Bauhaus. “Ella se independizó muy joven, al terminar la secundaria”, proseguía Silvia Coppola. “Se instaló en Berlín haciendo lo contrario de lo que su familia, de la burguesía industrial judía, proyectaba para ella: decide dedicarse al arte, elegir sus amigos empapada del espíritu de la Bauhaus que se replanteaba todo. Los edificios, el mobiliario, la moda, la publicidad. Con su gran amiga Ellen Auerbach abrieron el estudio ringl+pit (sus correspondientes apodos de niñas, así, en minúscula), e hicieron, con alta calidad, publicidad de vanguardia. Tanta, que ganaron un primer premio en una expo internacional de Bruselas. Pero en 1933, frente a avance del antisemitismo, resuelve emigrar junto con Ellen a Londres, donde tenía parientes. El retrato de Brecht, ella lo hace en esa ciudad donde se casará con mi padre, a quien había conocido en la Bau. Al poco tiempo, el matrimonio parte a Buenos Aires, donde abren un estudio fotográfico. En 1939, mi mamá ya había comenzado a retratar a artistas e intelectuales, a cumplir trabajos encargados. En 1940 se mudan a Ramos, donde ella abre su propio estudio de fotografía y diseño. Con mi padre, publican tres libros de fotos. En esa década, mi madre se diversifica en cuanto a los temas que elige, entre los cuales vale destacar la serie Patios de Buenos Aires. En 1948, sonará la hora de los Sueños”.

Diseño publicitario del estudio ringl+pit, de las veinteañeras Stern y Auerbach (1931)

Descubriendo a los habitantes naturales

En los años ‘50, Grete Stern inicia sus viajes al interior con la intención de plasmar paisajes y habitantes. A partir de 1956, dirige durante 14 años el taller de fotografía del Museo Nacional de Bellas Artes, convocada por Jorge Romero Brest. “Para mi madre resultó una tremenda impresión cuando, contratada por la Universidad Nacional del Nordeste, se va por un año a enseñar su arte, y en Resistencia descubre grupos de aborígenes. Para ella fue toda una revelación comprender que eran los genuinos dueños del país. Se les acercó lejos de todo propósito turístico o de color local. Con todo respeto, se interesó por su cultura, sus artesanías. Los retratos de mujeres indígenas están hechos con la misma atención que dedicaba a los escritores y artistas. En trenes, colectivos, carros atraviesa Chaco, Formosa, Salta tomando 800 fotos. Una parte de las cuales, sin lograr el apoyo del Fondo de las Artes, expuso por su cuenta en distintos lugares del país, acompañando con una charla”.

De la serie Aborígenes del Gran Chaco

Y había surgido el pedido de los Sueños en 1948. Cuatro años en los que GS, con cierto espíritu travieso en ocasiones, derrochó creatividad, ingenio, sentido del humor y una aguda comprensión de los que representaba la construcción social de la feminidad en ese entonces. Sueños que no fueron valorados salvo por algunos allegados y conocedores de arte. Y por la propia artista que se propuso mostrarlos en el ’67, dejando anotados Apuntes sobre fotomontaje, donde cita los movimientos surrealista y dadá, a artistas como Georg Grosz y Man Ray. Años más tarde, esa serie integró una gran retrospectiva en la Fundación San Telmo, 1981.

GS, Mujer hilando, Gran Chaco (1964)

“Pero fue cuando vino la gente del Foto Fest, de Estados Unidos, en 1972, llevándose esos materiales a Houston cuando empezó el gran interés internacional”, puntualizaba Silvia Coppola. “Y pensar que en la revista Idilio trabajaban personas del ámbito intelectual que preferían usar seudónimo: Luisa Mercedes Levinson era Lisa Lenson; Gino Germani, el fundador de la sociología local, firma Richard Rest… Mi madre no tenía el menor complejo, al contrario: era de las pocas personas conocidas que usaba su nombre. Ella siempre pensó que había reflejado el estado de cosas de las mujeres desde su propio punto de vista, el de alguien que venía de la vanguardia europea, con otra mentalidad”.

MS/MG

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