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ENSAYO GENERAL

Insoportable en serio

Lena Dunham

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Un amigo me preguntó, cuando quise convencerlo de leer la memoir de Lena Dunham, qué hacía ella escribiendo sus memorias tan joven. Lo gracioso es que Famesick, publicado a meses de que Dunham cumpliera los cuarenta, no es ni siquiera su primer libro de memorias; los auténticos fans ya habíamos leído No soy ese tipo de chica, la colección de ensayos que publicó en 2014, casi cuando Girls acababa de salir. Yo, que amaba Girls, leí el libro con un entusiasmo que se me fue desinflando a medida que avanzaba. Me pareció que no le hacía justicia a su autora, a su talento e inteligencia. Me dio la sensación de que la forma del libro no le quedaba bien a Dunham. La tradición del ensayo personal norteamericano es peligrosa; tiende demasiado a la moraleja y la educación, y hay que estar muy inmunizado contra el optimismo y las conclusiones para evitar terminar sonando como la versión sexy y millennial de un manual protestante. Todo eso era cierto, pero leyendo Famesick entiendo otra cosa: el problema central es que, en 2014, a Lena Dunham todavía no le había pasado nada. El libro no tenía acontecimiento, en el sentido más metafísico de la palabra de algo que irrumpe y transforma mundos y subjetividades, y por eso tampoco tenía tesis: dos cosas que Famesick, y deberán aceptarlo incluso sus detractores, tiene de sobra.

Famesick es una palabra inventada, un neologismo construido a imagen y semejanza de la palabra carsick (que se arma con las palabras car —auto— y sick —enfermo— para referirse al mareo que algunas personas sufren en medios de transporte) y en cruza con la palabra fame, fama: significa algo así, entonces, como “enferma de fama”. Y el libro se trata de eso, en varios sentidos: de la enfermedad y la fama, de cómo la fama puede enfermar o ser una enfermedad, de cómo pueden llevarse la enfermedad y la fama, y quizás, sobre todo, de lo que la enfermedad y la fama tienen en común. 

En las redes sociales se estuvo comentando, más que nada, el chisme; que si Jack Antonoff engañó a Lena Dunham con Lorde, que quiénes serán los actores y directores a los que refiere sin nombrar, que si Adam Driver le tiró una silla a Dunham durante una grabación de Girls, que si su socia Jenni Konner habrá sido tan manipuladora como el libro la pinta o por qué no aparece mencionada Taylor Swift (si será, tal vez, la única persona a la que Dunham auténticamente le tiene miedo). El chisme solo es divertido; hay que decir que poca gente viva y trabajando tiene tan poco pudor con los nombres propios como ella, y hay algo valioso, en este momento del mundo en que todos quieren quedar bien con Dios y con el diablo, en ese desparpajo. Es parte de lo que hizo que Girls fuera tan buena como fue: una verdadera exposición de las miserias millennials, y no solamente una serie más sobre cuatro amigas.

Pero más allá del exhibicionismo, o más bien, ahondando en él con más profundidad, aparece entonces lo más interesante que tiene Famesick: la tesis central del libro, según la cual la fama y la enfermedad serían experiencias más similares de lo que puede parecer a primera vista. Esta idea puede sonar absolutamente banal; incluso irrespetuosa del sufrimiento de la amplia mayoría de las personas que sufren padecimientos crónicos y que, a diferencia de Dunham, no tienen para compensarlas los recursos que proporcionan la fama y la fortuna. Es probable que lo sea, banal e irrespetuosa; pero también parece incluir algo cierto, profundo, y bastante difícil de explicar.

Hay dos líneas narrativas dominantes en el texto: el nacimiento de Girls y la carrera profesional que Dunham construye a partir de esa serie, por un lado, y el deterioro de su salud y la búsqueda de explicaciones y soluciones, por el otro. En el relato de los problemas en torno a su endometriosis, es muy interesante seguir el vínculo con el productor musical Jack Antonoff, su novio de esos años. Mientras gente que conoce menos a Dunham la va juzgando por hacerse famosa (cada persona que la vio dos veces en la vida y le escribe pidiéndole un favor piensa que ella se hace “la importante” si no satisface su demanda), Antonoff, que sí la conoce, parece ir tomándole bronca por sus malestares sempiternos. Hay algo en común en esos dos roces que a primera vista son tan distintos: es el resentimiento contra quien se pone en el centro de la escena, sea por algo “bueno” o por algo “malo”. En el primer caso, la implicancia es que en el fondo Dunham no se merece su éxito; en el segundo, que está mintiendo o exagerando sobre su dolor, o que incluso si no lo estuviera, ella goza de la atención en algún sentido. Algunos críticos y lectores en internet dan por hecho que Dunham deja mal parado a Antonoff en el texto; yo creo que no es así. Creo que efectivamente ella le concede, a él y a todo el mundo, que es insoportable; no insoportable y encantadora como un personaje de Diane Keaton, insoportable en serio. Dunham afirma varias veces que su dolor es real frente a la desconfianza a la demás; y así y todo, acepta también que eso te puede convertir en alguien que, hacia el afuuera, no puede evitar unos despliegues de hipersensibilidad y egocentrismo que la hacen difícil como amiga, como colega, como hija o como novia. Dunham no culpa a Antonoff por ir abandonándola a medida que ella se enferma cada vez más; por el contrario, se venga como una persona de bien, engañándolo con un amigo de la infancia. Es un final desprovisto de moralina para una relación que se merecía exactamente eso: todos estuvimos un poco mal, a otra cosa mariposa. Creo que es en el relato de esta relación donde se despliega la tesis sobre la doble cara de la exposición, el modo en que exponerte, en tu arte y en la vida, te hace al mismo tiempo vulnerable y narcisista. 

Hay más cosas valiosas en Famesick, un libro muy bien escrito: grandes retratos de Adam Driver y Jemima Kirke, la radiografía de una una relación madre e hija tremenda, plagada de codependencias, complicidades y envidias, y un fresco completísimo de la clase cultural de NY (Lena no es nepobaby en el sentido de hija de millonarios, sino en el de hija de artistas, más como lo son acá los niños criados a clases de teatro con padres sociólogos que como lo sería la hija de una celebridad; ella hace mucho hincapié en la diferencia, y Bourdie le daría la razón). Pero lo profundo de Famesick es esa exploración de la figura de la víctima, el tropo millennial por excelencia, valiéndose de la intersección entre notoriedad y padecimiento; en esa investigación está la inteligencia y la capacidad de observación que hizo posible Girls, y que hace que sí, que a pesar de ser infumable, Lena Dunham sea la voz de una generación.

TT/MG

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