Los pies en la tierra
Una mujer en pantalones y suéter despliega su cuerpo en toda su extensión; para nadie, para el sol nomás. Está descalza, en medias, con los ojos cerrados y una pierna flexionada, formando entre la rodilla y la superficie sobre la que está acostada en una azotea un ángulo perfecto, glorioso, un ángulo de escultura helenística. Su sombra proyecta un rayo perfecto. En el fondo, la ciudad: sus techos y una chimenea sacando humo. Seguro viste esta foto, y pensaste que era Nueva York en los 60, pero no hay rascacielos ni edificios famosos, solo los bloquecitos anodinos, todos parecidos y a la vez desparejos, anárquicos, que se ven desde las terrazas de los edificios del centro porteño, las terrazas que no son ningún rooftop, que no son lo suficientemente altas para darte lo que se dice una vista. La foto se llama “Veraneando en la ciudad” y es de Annemarie Heinrich, la más famosa fotógrafa argentina.
Hace dos días se estrenó Annemarie, el documental que Mariana Sanguinetti, bisnieta de Heinrich, hizo sobre su bisabuela. Era un desafío por muchas razones: primero, son siempre difíciles estos documentales sobre gente fallecida, en los que se trata no solo de hacer buenas entrevistas a los que quedan si no, y quizás sobre todo, de encontrar la manera de darle vida al archivo, de armar un relato que te haga sentir todo lo que hay y no todo lo que falta, disfrutar de lo que ves y no lamentar lo que no se puede ver. Segundo, la complicación del vínculo familiar: hay que ser fría para poder distinguir entre lo que a una le gusta y le interesa porque es objetivamente valioso, y lo que una quiere porque es pariente. Requiere mucha entereza, también, hacer una película que tu familia va a entender como un homenaje, porque de hecho lo es, y al mismo tiempo hacer una película tuya, tuya para el mundo. Annemarie logra todo eso, y una cosa más: reflejar en el tono liviano y emotivo de la película, en su falta de grandilocuencia que jamás es falta de ambición, el tono mismo de su protagonista.
Creo que son tres preguntas simples, interesantes y efectivas las que recorren el documental. La primera es una pregunta práctica: ¿cómo reunir y cuidar todo el archivo de la obra de Annemarie? La película abre con esta cuestión: vemos a Sanguinetti, la directora y narradora, muy chiquita en una muestra de su bisabuela, y acto seguido a una especialista discurriendo sobre la cuestión de todo el material que dejó Heinrich, su valor y la dificultad para preservarlo. La pregunta es, de nuevo, simple, pero tiene un doblez cuando justamente se trata de una fotógrafa, alguien cuya obra consistía, de alguna manera, en dejar testimonio de su tiempo. Esa foto preciosa, “Veraneando en la ciudad”, es exactamente eso: la imagen de una época, de una femineidad fresca y sin remordimientos que la época empezaba a inventar. También son eso, por supuesto, las fotos de Evita, de Mirtha, de Graciela Borges o de Mercedes Sosa.
Esto me lleva a la segunda pregunta que, creo, anima a la película, desde un lugar mucho más sugerido pero igualmente presente: la de la relación de Annemarie con la belleza, y en particular con la belleza femenina. Me gusta que efectivamente este tema no esté explicitado: sería muy poco elegante y muy poco Annemarie haberlo “dicho”, pero a la vez resulta imposible no pensar en eso escuchando el amor, la calidez y la felicidad con la que Graciela Borges y Mirtha, porque son las que quedan, hablan de ser fotografiadas por Annemarie. Tantas veces escuchamos hablar de fotógrafos predadores y femme fatales que recuerdan con dolor fotos que la memoria popular ha consagrado como epítomes de sensualidad, de la male gaze o la idea de que en el mundo del espectáculo las mujeres solo pueden relacionarse con la belleza a través de la envidia, la inseguridad y la competencia; y ahí están esas divas, hablando con lágrimas en la voz de la mujer que gozaba de hacerlas brillar en el momento en que menos lo esperaban, la mujer que lejos de jugar a que ese momento tuviera que ser rimbombante no paraba de hablar mientras las fotografiaba, porque la belleza femenina no tiene por qué ser callada, quieta o solemne.
Y por último, la pregunta que lleva a la tesis que Sanguinetti explicita en el off más brillante y emotivo de la película: ¿qué es lo que lleva a una persona, a una mujer, a esa mujer, a convertirse en una artista? No solo el cúmulo de acontecimientos: llegar a un país en el que una no entiende el idioma y elegirse un oficio para el cual no hacen falta muchas palabras; tener la picardía para comprar una cámara, empeñarla para revelar las fotos, cobrar las fotos y volver, con esa plata, a comprar la cámara, y así sucesivamente. No solo el cúmulo de acontecimientos, sino lo que la lleva a ella a hacer todo eso, además de la subsistencia: cuáles eran las razones desde su punto de vista, cuál era el relato de su vida y su obra. La verdad, dice Sanguinetti, es que para Annemarie parecían ser casi indistinguibles la necesidad de trabajar y la pasión por trabajar. Todo indica que a fotografiar bebés por encargo le ponía el mismo amor que a sus experimentos surrealistas; que para ella el arte y el oficio no eran cosas tan diferentes. El concepto que usa Sanguinetti es el de sentido común: para Annemarie, ser feminista era sentido común; ser fotógrafa en una época en la que casi no había (Annemarie, de todos modos, cuando le pregunta, contesta hablando de las que sí existían, maestras como Melitta Lang y Rita Branger; en lugar de aceptar el mito de su propia individualidad que le propone el periodista que la entrevista, responde mencionando a otras) era sentido común. Hacer obra, en el fondo, no era más que sentido común. Annemarie es un perfil excelente de un personaje singular, pero se siente también como la radiografía de una generación de mujeres que fueron feministas de casualidad, grandes artistas de casualidad; o no estrictamente de casualidad, pero sí sin buscarlo, solamente porque les gustaba mucho su trabajo.
TT/MG
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