Dar que hablar
No sé si es de mala feminista (¿se sigue usando el concepto? Se siente profundamente extemporáneo, como cuando se había reapropiado el concepto de mala madre), pero la realidad es que no sigo las noticias policiales, y no suelo hacer una excepción con los femicidios. No soy experta en el tema, no tengo grandes cosas para decir ni para pensar; trato de leer la data que se produce sobre violencia, eso sí, sobre tendencias o políticas públicas, pero no siento que le sume a nada a nadie mi consumo del minuto a minuto de un crimen. Quizás me equivoco. Quizás es una responsabilidad cívica amplificar esa información aunque una no tenga nada que sumar, o al menos leerla. Realmente no lo veo. De hecho me pregunto, cada vez más, por la pertinencia de la comunicación de los detalles sobre una chica, una familia, un barrio o un pueblo; detalles que se nos comunican como si debieran decirnos algo, pero que sin la mediación de un especialista rara vez dicen nada, y a menudo ni con eso. En la era de la sobreinformación, decir que la información es poder es como mínimo engañoso. No cualquier información es poder; alguna ni siquiera es más que un chisme, un alimento para una conversación de ascensor morbosa en la que la muerte y la violencia sexual se vuelven de pronto un tema posible cuando una se ha cansado del clima o el tránsito.
Creo que a veces nos salteamos demasiado rápido esta discusión. Decimos que lo que hace falta es más periodismo feminista, o una perspectiva feminista; lo digo en primera persona porque seguramente lo he hecho yo misma. Es probable que esas afirmaciones sean ciertas, pero solo en un sentido trivial, en el mismo sentido en que es cierto que para no hacer sensacionalismo hace falta hacer buen periodismo. He leído guías de buenas prácticas, he ido a talleres, y creo que no tenemos un consenso firme ni satisfactorio sobre qué sería una perspectiva feminista sobre un caso policial; cuando digo satisfactorio me refiero, concretamente, a que a mí no me satisface. Se habla de comunicar “el contexto” de un crimen, el “contexto” de cada mujer, de manera respetuosa: pero incluso sin ir a buscar nada escabroso, ¿qué información nos da cómo vivía una víctima? ¿A qué colegio iba, de qué trabajaba, si sus padres estaban juntos o separados, si tenía buena o mala relación con sus hijos, sus ex maridos, sus vecinos, si ganaba poco, mucho, o ningún dinero?
En relación con el caso de Agostina, la chica asesinada cuyos restos fueron hallados estos días por la policía, la discusión aparece dominada por la pregunta de quién es más responsable de lo que le pasó a ella, si su madre o su padre. Más allá del revoleo acusaciones me pregunto de qué me sirve saber todo lo que sé sobre ellos; aunque esa información esté chequeada, aunque sea pública. Pienso en las entrevistas a la madre, en que incluso si solo se le hicieran preguntas bien intencionadas la gente que no trabaja de dar entrevistas se enmaraña (a veces incluso lo hace la gente que sí trabaja de eso), sobre todo si está pasando el peor momento de su vida. Entiendo que es un valor el darle voz a las víctimas, pero no puedo evitar preguntarme si lo entiendo en serio o si es solo una frase hecha que no sé qué significa.
Pienso que el concepto de contexto es una trampa. ¿Qué nos dicen los contextos de las víctimas sobre algo? No lo digo por pacatería ni por prurito progresista: realmente hay víctimas de todos los perfiles, incluso en los casos mediáticos. Yo, que ya dije que ni siquiera sigo el tema con demasiado rigor, puedo pensar en chicas asesinadas de clase alta y de clase baja, buenas alumnas que no salían de noche y “fanáticas de los boliches”. Se habla de prevención, pero ¿en qué nos puede ayudar a prevenir algo, de verdad, tener toda esta “información”? No me refiero, por supuesto, a datos valiosos y constructivos sobre el funcionamiento de las denuncias y el accionar de la Justicia, sino a estos coloridos perfiles personales, que hasta cuando se hacen sin juicios de valor parecen responder más a la curiosidad y la necesidad de generar interacción que a algo de lo que podamos aprender.
Supongo que los modus operandi de los asesinos deberían darnos alguna información que valga la pena, pero eso también termina siendo muy limitado. Se les enseña a las chicas a no confiar en los extraños, aunque las mate, las más de las veces, gente que las conoce; se les enseña todo lo que no deberían hacer, todo aquello a lo que no deberían “exponerse”; se les enseña, entonces, más a mentir que a pedir ayuda, a cubrirse entre ellas para no meterse en problemas con los adultos, antes que a decir la verdad. La verdad es que si realmente intentáramos tomar lecciones de los femicidios que circulan habría que dejar de saludar a los vecinos, a los amigos de tus padres, quizás también a tus padres; no salir de noche, ni de día, ni quedarse en tu casa. No irse de vacaciones sola, ni con familias amigas, ni con tu propia familia. No habría que salir a trabajar, ni enamorarse, ni casarse, ni criar hijos, ni vivir con un tipo, ni vivir sola, ni vivir con tus tíos, ni con tus abuelos. Digo que el concepto de contexto es una trampa, y digo que es una trampa en la que caemos todos, no solo los machistas que siempre quieren inculpar a alguna otra mujer o familiar humilde. Los progresistas también, creo, y a veces sobre todos, terminamos cayendo en el juego de buscar a los verdaderos culpables, que nunca son el asesino, tiene que ser algo más abstracto, más interesante, algo que nos dé un poco más que hablar.
TT/MG
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