Vida de ricos: cómo la crisis fabricó una nueva élite que ya no se esconde
“Mi marido me compró un auto de un color que no me gusta. Me regaló una Honda Hrv color lata y yo quería cualquier otro color. No me escucha. No me ama” Carol, Problemas de Millonarios, Vuelta y Media por Urbana Play.
“El lujo es vulgaridad”, esa frase que infundió Carlos Alberto el Indio Solari en el saber popular argentino a principios de la década del 90, se resignifica hoy como una contracultura entre la clase alta de los Rolex, las Ferrari, los aviones privados, la ostentación.
La vida de ricos aparece en la escena pública con un aumento del 91% en los patentamientos de autos de alta gama como Mercedes Benz, Audi, BMW y Volvo entre 2019 y 2025. Con un ingreso de Ferraris que empieza a acercarse a las cantidades que se veían en la década del 90. Con el desembarco de marcas premium como Dolce & Gabbana en los shoppings de la Ciudad de Buenos Aires. Con un récord histórico de vuelos privados en el aeropuerto de Córdoba para la final del Torneo Apertura 2026 entre River y Belgrano de Córdoba.
Con influencers que se autoproclaman traders exitosos como Matías Cardozo que en el relato de su historia Desde 0 a millonario a mis 20 años, dice haber llegado en 2025 a cumplir su sueño: vivir en Miami, tener el auto de sus sueños; repite sueño.
Aún con la novedad del alarde, casi un 60% de la población no mira mal al que tiene plata, y ese porcentaje aumenta a 66% si los consultados son de clase baja. “En un país en el que es tan complicado crecer económicamente, sobre todo para los sectores bajos, aquel que logra sortear los desafíos económicos, hacer guita o mantenerla y ganarle a la Argentina por astucia, adquiere un valor”, explica Juan Lautaro Lucarini, coordinador de research de la consultora Moiguer –fuente de estos datos–.
La crisis causó nuevos millones
“Compramos una lancha nueva, más grande, para 12 personas, que no entra en ninguna guardería. No tenemos dónde guardarla”, Maira, Problemas de Millonarios, Vuelta y Media.
Este alarde de riqueza tiene un eco global con referentes como Elon Musk, Mark Zuckerberg y Donald Trump. Pero también una originalidad local, gracias al momento político y la estructura económica.
El escenario político lo resume una frase del discurso de Javier Milei en el World Economic Forum de Davos en 2024: “Para nosotros, el que gana dinero no es un malvado. Para nosotros, el que gana dinero es un benefactor social. Es decir, un héroe”.
El económico lo explica Mariana Heredia, doctora en sociología autora de ¿El 99% contra el 1%? Por qué la obsesión por los ricos no sirve para combatir la desigualdad: “Desde la década del 70, las sociedades occidentales se han vuelto cada vez más desiguales. La particularidad Argentina es que entra en esos patrones generales de occidente como de a saltos, no como tendencias. Y dentro de esa clase alta que logra concentrar una parte importante de la riqueza, están quienes empiezan a darse cuenta de que está en condiciones de darse los gustos que se dan otras clases altas como comprar carteras carísimas, autos de marca y pasearse por por la ciudad con ellos”.
¿Quiénes son?
“El año pasado nos fuimos a navegar medio lejos, a las islas Vírgenes Británicas, que alquilamos un velero por allá. Una persona de clase alta gasta lo que se le cante el culo, y está todo bien”, textuales etnográficas Moiguer.
Hacen yoga, meditación o ayurveda, toman suplementos, practican tres deportes y medio en promedio —el doble que el resto de las clases. Salen a comer varias veces por semana, compran ropa en el exterior y el 65% usa marcas como On, Lululemon, Moncler o Golden Goose.
La mitad tiene casa de fin de semana —contra el 5% de la clase media y baja. Casi todos tienen auto, muchos tres o más, siempre nuevos. Uno de cada cuatro tiene lancha. El 63% viaja en business, el 27% voló alguna vez en avión privado. Sus destinos son Estados Unidos, Europa o el Caribe.
Con un ingreso familiar promedio de US$ 7.900 mensuales, el 6% de la población argentina (2.8 millones de personas) es de clase alta. Concentran el 34% de la riqueza en un país donde el salario mínimo alcanza para comprar doce pizzas al mes —en Uruguay alcanza para 51–. Esta cifra no solo exhibe un retroceso notable: en 2015, ese mismo salario mínimo argentino alcanzaba para consumir 33 pizzas, según Moiguer. También una brecha que, paradójicamente, hace que ser rico en Argentina sea relativamente barato, dado que el poder adquisitivo en dólares convierte a Buenos Aires en una ciudad de primer mundo a precio de liquidación.
Por esta condición, la clase alta argentina se está reconfigurando. “Hoy puede ser clase alta un hogar con una pareja de profesionales gerentes de una empresa, que no necesita tener tres mil hectáreas arrendadas. La clase alta dejó de ser sinónimo de campo y apellido”, dice Lucarini.
En ese 6% conviven hoy los herederos —el 44%, para quienes la distinción siempre estuvo naturalizada— con un 39% de autoconstruidos que expandieron el capital heredado, y un 17% que Moiguer llama Fast Money: llegaron sin título universitario —el 79% no completó la universidad— y con una percepción distinta de lo que significa el éxito. El 31% prefiere vestirse con ropa que muestre las marcas, contra el 16% de los herederos. El 28% aspira a tener un Rolex, contra el 9% de los autoconstruidos. “La distinción se compra y se exhibe”, sintetiza la consultora.
Problemas de millonarios
Todos los miércoles desde hace unos pocos meses, Sebastián Wainraich, Julieta Pink y Pablo Fábregas escuchan problemas de millonarios en el programa de radio Vuelta y Media: un matrimonio de argentinos en Estados Unidos que tuvo que comprarse dos autos para ocupar el espacio de estacionamiento de la puerta de su casa, y evitar ver el auto del vecino, una chica a la que su cartera no le pega con el color del auto que le regaló su marido, otra mujer a la que no le entra un pantalón de diseño que se compró en Japón, y no tiene con quién dejar a su hija para volver a cambiarlo.
“Nosotros hacíamos muchos sketch de humor que, en este contexto, dejaron de ser graciosos, porque son realidades. Y siempre el chiste interno es que la realidad nos está dejando sin un montón de sketch que hacíamos respecto al progresismo o realidades laborales que eran parodias y que hoy son tristes. Esta sección es la que más prendió de todas”, dice Julieta Pink en diálogo con elDiarioAR.
Los problemas de millonarios encantan tanto al público oyente –a los que desde el equipo de Urbana temían que podía caerles antipáticos, por el nivel de ostentación en esta coyuntura– como a los millonarios, entre quienes, por un corte viral, “se corre la bola y quieren participar, aunque no sepan ni qué es el programa, ni qué es Argentina”, exagera Julieta. “Nos llaman millonarios de todo el mundo que, claro, sabíamos que existían. Pero lo curioso es que tengan ganas de hablar”, agrega.
“Y del lado de los oyentes, yo escucho la necesidad de poner el cerebro en remojo. Genera como una especie de wannabe, que te invita a jugar un ratito a tener esos problemas y después volver a tu vida de ir a buscar la tercera marca del supermercado”, reflexiona.
Por qué el programa que tuvo éxitos como Charla con Dios, Taller de engaño, Escuela de boludeces y Gorda con Helado, hoy se vuelve tendencia con Problemas de Millonarios puede ser un síntoma de época. “Nos sorprende muchísimo la repercusión, porque en Vuelta y Media no trabajamos por la viralización, tenemos el programa de siempre y las cosas que prenden, nos sorprenden”, dice Julieta Pink.
“Después de mucho tiempo, la clase alta vuelve a perder cierto pudor. Se está mostrando más, habla con muchísima más desfachatez de lo que tiene, de lo que hace, de lo que consume y de lo que deja de consumir”, complementa Lucarini. El analista atribuye esta desvergüenza a que la clase media dejó de funcionar como refugio de la población en general. En una encuesta que Moiguer realizó en 2004, el 94% de los argentinos respondía que era de clase media. En el 2024 repitieron la pregunta, y ese número bajó al 72%, a la vez que, por primera vez, emergió un 1% que se autopercibe de clase alta.
Juventud, divino tesoro
Zuckerberg, Musk, Galperín y Trump tienen imagen positiva en más de la mitad de los jóvenes de clase alta de 16 a 25 años, según Moiguer. Mostrar lo que se tiene dejó de ser un problema. El 53% no tiene ningún reparo en exhibir cómo gasta la plata —más del doble que los adultos de su misma clase. El 66% quiere que la marca que usa comunique éxito y status. “Es un efecto publicitario muy fuerte desde las redes y la música, que en los últimos años tuvo muy poca contracultura”, dice Mariana Heredia.
“Lo singular de la Argentina es que esas clases altas se encontraban en el Nacional Buenos Aires o en la UBA con gente que era hija del almacenero o de una maestra”, agrega. Con el aumento de la desigualdad, ese circuito se cierra cada vez más, y los jóvenes de clase alta viven en countries, van al colegio privado, luego a la universidad privada, no toman transporte público.
“Lo que se va dando en los últimos años es una segregación social cada vez más clara, donde es probable que los jóvenes de clase media alta solo se hayan encontrado con alguien de otro sector social en la empleada doméstica o en el jardinero”, observa Heredia.
La empatía se volvió abstracta, muy distinta a la de un pibe del mismo estrato que cursa en la pública junto a alguien que se tomó tres colectivos para llegar. “No significa lo mismo la justicia social para alguien que cree que está él y la empleada doméstica, que para alguien que entiende que hay una gradación y que de todas maneras, por el lugar donde nació, le va a resultar mucho más difícil llegar”, dice la socióloga.
Latinoamericanización de Argentina
Argentina fue, durante décadas, una anomalía en América Latina. Un país más poroso que sus vecinos, que celebró la movilidad social, que tuvo obreros metalúrgicos y clase media que consumía, que mezcló en el Nacional Buenos Aires o en la UBA al hijo del empresario con el hijo del almacenero. Esa singularidad se está erosionando. La industria cae, el agro y la minería crecen, y la estructura que distribuía —con todos sus problemas— se achica.
“Este agravamiento de la desigualdad, esta erosión de las protecciones laborales y de las instituciones públicas no arrancó con Milei”, dice Heredia. Arrancó en los 70, dio saltos en los 80 y en los 90. Los primeros gobiernos kirchneristas intentaron revertir algo, pero la tendencia es clara.
Todavía quedan algunas singularidades como los hospitales públicos, las universidades, pero el margen se achica.“¿Cuánto de esta estructura implica un cambio? Es una pregunta que nos hacemos todos”, cierra Heredia.
NR/MG
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