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Opinión

Una Argentina que se cae a pedazos

El viejo Citroën

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El Citroën 2CV fue durante muchos años uno de los autos más populares de Argentina. Era el de clase media trabajadora, el del papá de Mafalda. Un auto accesible, fácil de manejar, con techo enrollable que hacía más llevaderos los veranos y los viajes interminables al rayo del sol por la ruta 2. Pero había algo que lo distinguía del resto. Era difícil de volcar, como la clase media.

Pero esa clase media, alguna vez “orgullo nacional” y “símbolo de un país pujante”, está cada vez más maltrecha. Parece que a diferencia del viejo Citroën hoy sí es fácil de volcar. Un informe del Instituto Argentina Grande señala que el 47% de los hogares no llegan a fin de mes y que en ese contexto las mujeres y la clase media son los más perjudicados. ¿Y qué hacen para sobrevivir? De todo. Según el mismo informe, el 33,7% de los hogares gastaron sus ahorros, el 16,2% pidió plata prestada a algún amigo o familiar, el 14,9% terminó endeudándose con alguna entidad financiera mientras que el 10,1% no tuvo más remedio que vender alguna pertenencia.

Este sábado, publicamos en elDiarioAR una nota sobre otras estrategias: la compra de alimentos vencidos o a punto de vencer, comida que en otro momento se desechaba o que en muchos casos se donaba a comedores que podían consumirla de inmediato antes de la fecha de caducidad. De la mano de la desesperación por conseguir un queso a buen precio, vinieron las apps que ofrecen bolsas a precio de ganga, una verdadera tómbola de alimentos en la que uno paga dos mangos por algo que no sabe bien qué es. Puede tocar un queso brie francés a horas de vencerse o un yogurt de segunda marca de ese gusto que detestamos.

El sábado anterior ya habíamos contado de otro florecimiento que viene de la mano de la mishiadura, el de la comida chatarra en reemplazo de la salida familiar. Un balde de papas fritas con mini hamburguesas para comer en casa y adiós a la vieja tradición de sentarse en el restaurante del barrio a compartir un plato de pastas.

Días atrás, al hablar por Radio Rivadavia, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, dijo: “Antes nos ayudaba gente en Cáritas que ahora son también gente que nos viene a pedir”.

Son señales que muestran un deterioro que va más allá de las cifras de pobreza que muestra el Indec.

Pero el Gobierno, el Presidente en particular, prefiere aferrarse a los números que circulan en su mundo diseñado por recortes del algoritmo de su cuenta de X. Javier Milei celebró la inflación de 2,6% de abril casi como la atajada del Dibu Martínez a Berghuis en los penales del Mundial 2022 pero pasa por alto datos alarmantes como el cierre de 24.437 Pymes que se produjo durante su gestión. Hay sectores particularmente golpeados: entre noviembre de 2023 y febrero de este año el empleo privado registrado en el sector textil bajó 18,5% y 13,5% en la construcción.

Esta clase media que tiene que decidir si gasta los ahorros que tenía para irse una semana a San Clemente o arregla el calefón, es la misma que ya no tiene nada para dar cuando le toca el timbre porque lo que sobra se vende. Es la misma que ya no puede pagar una prepaga y empezó a atenderse en un sistema público cada más detonado. Otro informe del Instituto Argentina Grande señala que 742 mil personas se pasaron al sistema público de salud durante la gestión libertaria. Como informamos en elDiarioAR, el área de Salud Pública sufrió un recorte nominal de $63.021 millones, con un golpe particularmente fuerte sobre el programa “Acceso a Medicamentos, Insumos y Tecnología Médica”, que perdió $20.000 millones y quedó con serias dificultades para sostener la provisión de tratamientos y fármacos de alta complejidad.

Mañana, el Presidente intentará ordenar lo que hasta ahora no logró hacer. Poner fin a las internas dentro de su gabinete. Para eso buscará hacer una demostración de poder en el Tedeum –una jugada arriesgada ya que el arzobispo Jorge García Cuerva no suele ser alguien que calle sus opiniones– arrastrando a todos los ministros a los que convocó después a una reunión en la Casa Rosada.

En esta Argentina que festeja haber conseguido a precio de oferta un yoghurt vencido y vende por dos mangos el pantalón que antes regalaba, a Javier Milei parece costarle cada vez más poner orden en su tropa. No es poca cosa perder autoridad cuando la economía está bajo la lupa del FMI y los números penden de un hilo.

MG

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