Tríptico poético de Jim Jarmusch sobre las complejas relaciones de familia
Artista versátil y multifacético que tanto te hace una película como un disco con su grupo Sqürl o compone una banda sonora, escribe un guion o realiza collages con fotos que él mismo toma, Jim Jarmusch –después de aplicarse en su cine a temas bien diferentes (zombis, vampirismo, café y cigarrillos, samuráis)– se arrima ahora a los famosos lazos de sangre. Ya saben ustedes: ese grupo humano formado por personas ligadas por la consanguineidad o por íntima afinidad (matrimonio o algo equivalente), considerado tradicionalmente como base del orden social, ejem.
Y lo hace con esa radicalidad que lo distingue, sobria y tirando a nonchalante, adjetivo que le cae como anillo al dedo ya que está queriendo mudarse a su querida Francia por causa del totalitarismo trumpiano. Con esos modales decontractés, subvierte el trajinado melodrama fílmico o teatral que suele incluir choques, revelación de secretos, malentendidos, desahogo de emociones intensas y purificación final del vínculo entre padres, madres y sus descendientes ya en la adultez.
Nada de eso le interesa a este cineasta que prefiere aquí la vía del humor subyacente, la observación a cierta distancia, los diálogos inconducentes por no decir absurdos –un toque de Beckett por aquí, otro de Pinter por allá–, esa supuesta trivialidad en la superficie que atenúa mentiritas piadosas o no tanto, hipocresías comunes y corrientes. Siempre sin bajar línea directa y desbaratando lugares comunes, convenciones e ideas recibidas, justamente poniéndolos graciosamente en evidencia. Por caso, “se eligen los amigos, los amantes, no la familia”, suelta un personaje.
Diez personajes y varios skaters encontraron un autor
En Father Mother Sister, todo sucede en tres episodios interrelacionados, como movimientos de una pieza musical. Una sonata, digamos, porque una sinfonía le parecería demasiado a nuestro Jim, habitualmente un poquitín escéptico, considerándose un amateur antes que un profesional en cualquiera de los emprendimientos en las artes que cultiva. O probablemente aceptaría ser llamado un diletante en alguna oportunidad.
Entonces, aunque a algunos reseñadores les ha parecido que los tres episodios de este reciente estreno local eran independientes entre sí, lo cierto y concreto sería, según palabras del propio JJ, que se trata de variaciones sobre un mismo tema. Que los brindis (con agua, té, café), los relojes Rolex, los skaters, las frases hechas, el dinero, los autos, la droga, etcétera, que aparecen y reaparecen en todos los capítulos no son meros guiños o coincidencias: en cada ocasión hay una familiaridad que surge y cobra sentido bajo esa mirada que prefiere ser neutra, con un resabio de indulgencia, del realizador. Que no quiere saber nada de que se hable de sus episodios como de un rejunte de cortos independientes, porque trabajó mucho para tender lazos, establecer relaciones.
Asimismo, Jarmusch decidió cuidadosamente la ubicación de cada uno de los relatos protagonizados, respectivamente, por tres personajes (en el del medio, se cuela uno más, tangencial). O sea: hijo e hija que visitan al padre viudo en New Jersey; dos hijas que van a tomar un té anual con su madre escritora exitosa en Dublín; hermano y hermana gemelos (mestizos afronorteamericanos, para más datos) que se reúnen cariñosamente en París después de la muerte de sus padres en un accidente de avión. Esta es la zona más emocional de la cinta, también la más relajada, donde nadie engaña a nadie.
Porque en los caps 1 y 2 hay actitudes tramposas, puestas en escena minuciosas –del padre, de la madre, de una hija– para sacar ventaja, imponer un ritual, no tener que dar explicaciones. Pero los gemelos se quieren mucho, se sinceran, evocan con amorosa clemencia a sus padres, descubren divertidos algunas travesuras de ellos. Y hasta la portera del edificio -tercer personaje- que se les aparece cuando los jóvenes están en el departamento deshabitado pero con rastros en paredes y puertas (Françoise Lebrun, que encabezara La maman et la putain, clásico de Jean Eustache, hace más de 50 años: una elección muy adrede de JJ) les dice a Billy y a Skye, denotando su buen corazón, que salvó las cosas de los fallecidos aunque debían tres meses de alquiler.
Esta tercera parte del tríptico sucede en un barrio parisino nada turístico, el Bajo Pigalle cuyas calles surcan en coche los gemelos como enfilando por el túnel del tiempo. Si bien en algún momento, la modernidad de los jóvenes skaters girando y revoloteando en sus tablas nos trae un soplo de frescura, despertando admiración la increíble habilidad con que danzan y hacen acrobacias sobre las tablas.
Los misteriosos skaters que brotan de la nada generando poesía y deslumbramiento, están en los otros dos episodios, siempre evolucionando ingrávidos y gentiles –gracias, Antonio Machado– en torno a personajes quietos en sus coches. Nada que explicar sobre la presencia en lugares tan distintos del planeta de esta suerte de equilibristas: pasa que a JJ lo apasiona el skateboard como objeto artístico y símbolo de libertad. Él mismo practicó ese deporte -o puro solaz creativo urbano, ya aceptado por los Juegos Olímpicos en 2020- alguna vez, y le fascina mirar cómo los skaters transgreden leyes de gravedad para inventar movimientos que van perfeccionando por genuino placer, para desplazarse desafiando la interacción gravitatoria en el espacio aéreo. Jarmusch aprecia mucho su audacia, su creatividad para las coreografías, ese espíritu algo salvaje; le resultan la mar de inspiradores. Y porque sí, nomás, dispuso ponerlos en Father Mother…, sumando en el capítulo 1 a la grandísima skater Beatrice Domond, a quien adora y de quien tiene, en su colección de arte, una tabla con su efigie de niña. Bueno, todos los equilibristas que participan en los tres episodios son un espectáculo aparte y, a la vez, integrado narrativamente. En los tres sitios geográficos, el cineasta se contactó con skaters locales y comprobó que realmente son una comunidad afín, que están conectados entre ellos.
Un elenco variopinto de altísimo desempeño
El desprejuicio y la originalidad –exentos del menor esnobismo– de JJ a la hora de elegir a sus actores y actrices siempre fueron una de sus marcas de fábrica, desde que estrenó formalmente en 1984 Extraños en el paraíso, reuniendo en el cast al notable músico de jazz y pintor John Lurie, a la cantante y compositora húngara Eszter Balint, y a su propia esposa de añares, Sara Driver, cineasta productora, musa muy reconocida. Y en su siguiente film, Bajo el peso de la ley, 1986, ya estaba llamando a Tom Waits, sobresaliente músico, compositor y cantante que no necesita presentación, que luego colaboraría con el genial director teatral Bob Wilson en varias comedias musicales; también invitó al comediante italiano Roberto Benigni (década antes de que dirigiera la empalagosa La vita é bella, 1997). Y sumó de vuelta a Lurie, armando de esta guisa un trío de presidiarios injustamente arrestados en Nueva Orleans que escapan, corren por diversos paisajes y conversan, parlotean en tanto que atraviesan parte del país. Porque ya sabemos, docena y pico de films mediante, que JJ no transa ni con las convenciones de la acción ni -mucho menos- con la violencia explícita.
Por consiguiente, no es de extrañar su manera de integrar el elenco de Father…, empezando por su amigazo Waits en el primer episodio, con todo su vozarrón y las mañas de su rol, no solo actuando en falsete para sus hijos Jeff (que le cree devotamente) y Emily (que sospecha e intenta alertar a su hermano), sino que previamente ha montado una puesta en escena del decorado doméstico para pasar por pobretón, ermitaño y hasta lector de grandes clásicos. Fenomenal TW, tan bien asistido -es un decir- por un Adam Driver crédulo, generoso, compungido, culposo… Lo contrario de Mayim Bialik que mira todo por encima del hombro, investiga, saca a relucir alguna evidencia sin que este father se dé por aludido nunca, elogiando su sillón especial para mirar por la ventana el lago, y con el cuadro de un barco a vela sobre el mar encima del sofá. Agua por doquier. Como en todos los caps, delicia grande reparar en los detalles: ay, esas mesitas ratonas triangulares, diminutas; esos cubitos de hielo que father manosea antes de dejarlos caer en los vasos de agua con que convida a sus visitantes…
Una auténtica gloria la presencia de Charlotte Rampling dura como el diamante, más fría que un glaciar (antes de que alguna jodida ley lo haga derretir). Imposible más elegante. Trabaja por primera vez con JJ, bendito sea por convocarla. Ella, la escritora best seller que por algo no quiere que sus hijas Timothea y Lilith lean sus libros (hay que estar de mala leche materna para ponerle a una hija Lilith -googlear si hace falta, que estoy pasada de caracteres-). Pero les impone un té con exquisita repostería, una vez al año. Un encuentro forzado que ellas acatan porque le temen. Ese día, que nos lo cuenta esta segunda entrega del film, están bajo su dominio y bancándose el silencio incómodo, apenas quebrado por diálogos huecos y desamorados. Impecables Vicky Krieps y particularmente Cate Blanchett, cuya capacidad transformista es proverbial. Aquí, como si el director le hubiese lavado la cabeza (con champú moderador de expresividad) luego de cortarle el pelo. Casi irreconocible en su austeridad gestual desprovista de jactancia actoral.
En la última parte del tríptico, como quedó dicho, hay amor, confianza, franqueza, complicidad entre los hermanos, padre y madre queridos y comprendidos por los gemelos que se comunican como solo pueden hacerlo los twins. En el departamento vacío solo hay una caja que aporta el hermano con fotos felices de antaño, documentos fraguados por esa madre y ese padre atípicos. Y hacia el final, esa fugaz visita al depósito donde están muebles y objetos que acumuló la pareja a través del tiempo. Una dulce melancolía tiñe la pantalla. Luka Sabaat está más que correcto, pero la bellísima y seductora Indya Moore -trans no binaria, hija de puertorriqueña y caribeño en la vida real- se roba descaradamente las escenas. Ella sufrió terriblemente el bullying escolar en su temprana adolescencia, hizo un intento de suicidio, salió a flote y a los 15 se transformó en supermodelo de Dior y Gucci. Hoy a los 31, tiene un carrerón como maniquí y actriz a sus espaldas y por delante, a la vez que milita asiduamente por los derechos de la comunidad LGBTQ y ha sido distinguida en más de una oportunidad entre las principales personas “luchadoras por la igualdad, la aceptación y la dignidad de todas las personas”. Brava Indya, bravísima.
Ni drama ni comedia, Father Mother Sister Brother. Un registro otro el del trazo jarmuschiano, que amalgama ironía, acidez, negrura para cerrar con una cierta ternura que a cada espectador, espectadora le puede provocar -en su escala- un efecto desculpabilizador. No hay ni madres ni padres ni hijos/as que sean perfectos/as. Como dice JJ, “todos venimos un poco fallados”. Algunos mucho más que otros, como Trump y sus acólitos que le dan ganas a este artista de dejar los Estados Unidos. Emulando a Piaf canturrea: “J’ai deux amours, New York y París”. Ciudad que de muy joven solía recorrer con la novela Nadja, de André Breton, bajo el poncho, como guía para flâner sin perderse del todo.
MS/MG
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