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OPINIÓN

La OMC en zona de descenso: ¿por qué su crisis importa más de lo que parece?

Archivo - Fachada de la OMC

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A fines de marzo del corriente año, la Organización Mundial del Comercio (OMC) celebró la decimocuarta reunión de su máximo órgano decisorio, la Conferencia Ministerial (CM14) en Yaundé, Camerún. Las sesiones, previstas para los días 26 al 29, se extendieron hasta la madrugada del 30 sin alcanzarse consenso como para plasmarlo en una declaración suscripta por todos los miembros. 

El resultado fue magro: hubo algunos logros (que serán más adelante mencionados) pero no se renovó una regla clave sobre comercio digital y no se pudo avanzar en consensuar un mandato para mejorar el sistema de solución de controversias, el mecanismo que permite a los países resolver disputas comerciales en el marco de la OMC. 

Tampoco se logró aprobar una hoja de ruta sobre la reforma de la Organización (objetivo intensamente discutido en meses previos en la sede en Ginebra) con el objetivo de agilizar su funcionamiento, mejorar su sistema de toma de decisiones, transparencia y otras cuestiones relacionadas con las condiciones de competencia y acceso a mercados. 

A pesar de su importancia, la OMC tiene una presencia relativamente baja en la agenda periodística pública. 

Para intentar entender porque el tema importa, conviene dar un paso atrás. 

Fue creada, como sucesora del GATT, en el año 1995 y es el principal foro internacional e intergubernamental donde se negocian y administran las reglas del comercio entre países. Reúne a 166 miembros y establece disciplinas que ordenan el intercambio de bienes y servicios, reducen barreras y aportan previsibilidad. Además, ofrece un mecanismo institucional para resolver disputas cuando esas reglas no se cumplen. 

Hay una razón que explica buena parte de por qué la OMC sigue siendo relevante todavía: el principio de Nación Más Favorecida (NMF). Eso significa que, en la mayoría de los casos, un exportador argentino enfrenta condiciones similares a las de sus competidores internacionales, y que cualquier ventaja otorgada a otro país tiende a extenderse al resto de los miembros. Así, una negociación bilateral se convierte automáticamente en un beneficio multilateral. 

Ese fue el mecanismo que ha permitido reducir los aranceles globales durante décadas sin necesidad de negociar con cada país por separado. 

Según las estimaciones más recientes de la propia OMC, publicadas en marzo de 2026, cerca del 72% del comercio mundial de mercancías se realiza bajo este principio. Hasta  comienzos de 2024, esa cifra era del 80%. La caída de ocho puntos porcentuales en apenas dos años refleja una gradual erosión de su vigencia. 

Para países como Argentina, el paraguas jurídico que brinda la OMC no es menor. En un escenario donde las grandes potencias tienen mucho más poder de negociación, funciona como un nivelador. Garantiza y protege, por ej. a un exportador argentino compita bajo las mismas reglas que uno europeo, estadounidense o chino. Sin esa cobertura jurídica común el comercio internacional se parecería mucho más a una negociación permanente entre desiguales. La OMC ayuda a nivelar la cancha. 

Esto tiene implicancias concretas. Nuestras exportaciones agrícolas dependen de reglas que limiten subsidios y barreras en otros mercados. Su sector de servicios, como el software y la economía del conocimiento, necesita acceso estable a mercados globales. Y, en general, como economía de tamaño medio, el país se beneficia más de reglas multilaterales que de negociaciones bilaterales donde el poder de negociación es claramente asimétrico. 

En el sensible, inestable e imprevisible escenario internacional actual, la reunión de Yaundé llegaba con expectativas muy moderadas y poco oxígeno. Pero, al menos, se buscaba renovar la moratoria que establece que los países no deben imponer aranceles a las transmisiones electrónicas (como descargas de software, contenidos digitales o servicios en la nube) una regla vigente desde 1998 que facilitó la expansión del comercio digital. También se esperaba avanzar en disciplinas sobre subsidios a la pesca, más allá de lo ya acordado. 

Este último punto, como el anterior, no es para nada menor ni mucho menos teórico. Algunos subsidios estatales al sector pesquero reducen artificialmente los costos de operación y pueden incentivar una explotación excesiva de los recursos. En la práctica, eso favorece la pesca sin control y aumenta el riesgo de agotamiento de ciertas especies, con consecuencias económicas y ambientales de largo plazo. 

Cabe señalar que el Acuerdo sobre Subvenciones a la Pesca, adoptado en 2022 tras más de veinte años de negociación, entró en vigor el 15 de septiembre de 2025. Argentina, destacado participante desde el inicio de la negociación, depositó su instrumento de aceptación en julio de 2025, contribuyendo a ese hito. En Yaundé, los ministros acordaron continuar las negociaciones para completar algunos temas pendientes y tratar de aprobarlos en la próxima ministerial, de aquí a dos años. 

Encontrar una causa de este resultado es muy difícil y sería imposible asignar a un sólo factor esta situación. Las razones son varias, pero hay un elemento de fondo que explica en buena medida este resultado. 

El problema –hoy- reside en el propio diseño del sistema. La OMC funcionaba (y fue pensada) sobre la base de la “universalidad”: sus reglas deben ser aceptables para 166 países con intereses y realidades muy distintas. Con el tiempo, esa virtud se convirtió también en una limitación. Alcanzar consensos amplios en un contexto tan heterogéneo y sumado a ello de tanta fragmentación e incertidumbre es cada vez más difícil, sino imposible. El mundo de hoy no es el de 1995. 

Cabe recordar que la última gran ronda de negociaciones multilaterales, la Ronda Doha, fue lanzada en noviembre de 2001 y lleva casi veinticinco años sin cerrarse. Y el sistema de solución de controversias, que durante años fue uno de los pilares más sólidos de la organización, está funcionando parcialmente sin tener operativo el Órgano de Apelación (la segunda instancia de una disputa comercial). 

Hay otro factor clave que es más político y como tal, obviamente admite varias interpretaciones: las principales potencias no lograron, o no buscaron, cerrar previamente un acuerdo mínimo que pudiera ser adoptado en la Conferencia Ministerial. 

En la práctica esto refleja un cambio de incentivos: para los actores más relevantes, el costo de una OMC “en modo ahorro de batería” hoy parece menor que en el pasado. Ninguno de los grandes jugadores del sistema reclama a viva voz sobre mayor apertura en la OMC y ninguno quiere ver amenazado sus propios mercados internos por una mayor apertura multilateral o por un mayor paquete de normas que limiten sus capacidades regulatorias nacionales. 

Parafraseando a Cervantes: “no ladran, Sancho…” señal que se puede seguir así. En ese contexto, sostener el statu quo se vuelve, implícitamente, una opción aceptable. 

Días antes de la CM14, el representante comercial estadounidense distribuyó un documento en el que calificó al orden comercial internacional supervisado por la OMC como “insostenible” y propuso, entre otras cosas, una reevaluación del principio de Nación Más Favorecida, pilar histórico del sistema multilateral. 

Que el principal socio fundador de la OMC cuestione (en algunos puntos con cierta razón) abiertamente su regla más básica dice mucho sobre la profundidad de la crisis. Por eso, entre otros factores, la amenaza “del descenso” que en términos futboleros se mencionó en el título de ese artículo. 

No obstante, en Yaundé hubo algunos avances parciales que merecen rescatarse. Se adoptaron decisiones sobre la integración de economías pequeñas al comercio mundial y, también, 66 miembros, que representan alrededor del 70% del comercio mundial, acordaron avanzar con la implementación interina del Acuerdo sobre Comercio Electrónico, un instrumento plurilateral que incluye la prohibición de aranceles a transmisiones electrónicas entre los participantes que adhirieron. 

Estos logros parciales no compensan el resultado final e ilustran hacia dónde se desplaza el sistema: de lo universal a lo plurilateral y bilateral, lo que hace pensar que la lógica de funcionamiento del principio de la nación más favorecida, como un pilar para nivelar y no distorsionar el campo de juego, esté cada vez más erosionado y bajo presión. 

Pese a todo lo anterior una versión “light” de OMC sigue en pie. Muchos de sus acuerdos y reglas básicas continúan vigentes y sus comités y órganos técnicos mantienen su funcionamiento regular. Esto es importante porque en esos órganos técnicos se discute la razonabilidad y basamento jurídico de muchas normas, algunas de ellas barreras encubiertas al comercio, que de otro modo tendrían vía libre para aplicarse. 

Pareciera que el multilateralismo pierde tracción como generadora de acceso a mercados y los esquemas de formatos bilaterales, acuerdos regionales o iniciativas más acotadas entre grupos de países resultan más agiles. Desde una perspectiva, suman acceso a mercados externos, pero al mismo tiempo diluyen la validez del sistema multilateral. La propia Argentina no es ajena a esta tendencia: en febrero de 2026 firmó un acuerdo bilateral de comercio e inversiones con Estados Unidos, apenas semanas antes de la CM14, en un movimiento que refleja tanto las oportunidades como las tensiones inherentes a un mundo tan drásticamente cambiante. 

Yaundé encendió las señales de alarma como nunca antes había sucedido con tanta claridad. Su resultado no fue (ni quizás sea) el fin de la OMC sino una señal muy clara de sus límites actuales y de lo que –razonablemente- debería esperarse de ella en adelante. 

El sistema multilateral de comercio sigue siendo el principal mecanismo que tienen países como Argentina para competir en condiciones relativamente equitativas, defender sus mercados y evitar un escenario dominado exclusivamente por relaciones de poder. 

Ahora bien, pretender un funcionamiento plenamente uniforme y equitativo hoy resulta poco realista. La OMC hoy puede ofrecer previsibilidad y un mínimo común de reglas compartidas. No mucho más. 

La alternativa, como se dijo, un mundo más basado en acuerdos selectivos y negociaciones bilaterales, no siempre es más favorable para economías de tamaño medio, pero tampoco es un mundo donde la Argentina no pueda moverse. 

En síntesis, la OMC todavía puede salvarse. Pero el margen es cada vez menor: requiere menos nostalgia, mucho más pragmatismo y lectura de la realidad y voluntad política. Está en zona de descenso y cada punto, de local o de visitante, vale oro. 

El autor es diplomático argentino.

AR

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