El otro Dolina: “Mi viejo es una especie de superhombre, un artista renacentista que hace todo”
Portar apellidos no es para cualquiera. Hay apellidos que ennoblecen, que humillan, que son un karma, y hay apellidos que de tan grandes cuesta apropiárselos. Dolina es sinónimo de una erudición que conjuga música, literatura, reflexión filosófica y humor y que alcanzó a un público masivo sin perder un sello artístico.
Cara redonda, pálido, pelo lacio, si no tuviera el apellido Dolina, nadie diría que Martín es hijo de Alejandro. “De niño me parecía al Al Pacino de Carlito's way”, dice Martín, “ahora me parezco más a Porcel”, bromea. Tampoco se parece a su mamá ni a su hermano. “Tenemos unos genes que no agarran bien”, se ríe.
Más allá de la lejanía física no pueden negar el parentesco. “Existe un gen Dolina que tiene que ver con la curiosidad, con estar interesado en cómo funcionan las cosas, sobre todo en el arte”, dice Martín. Ese gen en común también se expresa cuando Martín y su hermano se ríen con su padre viendo La pistola desnuda, o cuando reconocen el código propio de chistes que les dejó Les Luthiers. Y no es lo único que tienen en común los tres. Juegan el mismo partido desde hace más de 20 años. Todos los martes a las siete de la tarde, se enfrentan blancos y azules. Martín juega junto a su padre para los azules. Todo un desafío, considerando lo calentón que es Dolina cuando juega a la pelota, pero lo cierto es que se entienden y después de verlos hay que decirlo: los Dolina son buenos jugadores de fútbol.
A los 6 años, Martín caminaba con su padre por la calle. Pararon a comprar unas revistas y el tipo del puesto de diarios se las dio gratis. “Cuando mi viejo me explicó, con mucho pudor, que me las habían regalado en agradecimiento porque el vendedor era oyente del programa, lo increpé: '¡Le hubieras pedido más cosas!'”. Ese gesto reveló para el niño que el apellido Dolina no era solo un nombre en casa. Aquel día entendió que para la gente su papá significaba algo distinto.
Niño precoz
Martín era un niño youtuber al que sólo le faltó una cosa, YouTube. Filmaba películas de detectives en VHS con sus primos. Él se encargaba de las historias que incluían desde persecuciones en triciclo hasta un tipo que se escapaba tirándose por el inodoro –efecto que Martín logró sacando la tapa del inodoro de su casa y por la que el sospechoso fingía meterse– pasando por muertos con sangre artificial. “Tik tok llegó demasiado tarde”, concluye.
Colabora con su padre desde los once cuando cantó en la opereta Lo que me costó el amor de Laura. “Cuando era chico sentía que iba a ser una estrella del espectáculo”, dice Martín 29 años más tarde. “Quería ser actor y cantante”. A los 15 pisó su primer escenario por esa misma opereta. “Ahí pensé que aquello se iba a cumplir”.
El ingreso de Martín al programa de radio de Dolina fue fortuito. Colaboró, junto a su hermano con algunas canciones en vivo. Parecía cosa de verano y, sin embargo, desde entonces no pararon de cantar covers en el programa de su padre –en su repertorio ya tienen más de 200 canciones–.
Martín vivió la época de oro de su papá lo que también le dejó algunas anécdotas exóticas: A los diez años conoció a Diego Armando Maradona. “Todavía era jugador” dice Martín y agrega: “Hice un comentario gracioso hablando de fútbol, dije: ‘lo único que aprendí en las canchas de Marangoni es a rasparme”’. ¿Y se rió de tu chiste? pregunta este cronista. “No se rió, pero me miró con ternura”.
En 1998 Ernesto Sábato le pegó una piña. Fueron a ensayar la opereta Lo que me costó el amor de Laura a Santos Lugares, donde vivía Sábato. El escritor bajó la escalera corriendo y se jactó: “Estoy viejo, pero muy fuerte”. Mientras decía esto, excitado, le pegó una piña a Martín que tenía 11 años. “Me quedó doliendo el hombro”, recuerda.
Durante una gira, en Londres, con el programa de radio, corrió por las calles a Stephen Hawking. La cosa es así, vio a una señora elegante llevando a un señor en sillas de ruedas. Martín dudó, pero su hermano Alejandro insistió: “¡Es el físico, se nos escapa!”. Una escena dolinezca típica. Dos hermanos corriendo al cuadripléjico más famoso de la historia. “Al final le sacamos una foto de atrás” Martín se ríe hoy, “no se ve nada”.
Papelera de reciclaje
Con su participación en La venganza será terrible como trabajo principal, Martín se animó a otros proyectos: desde guionar una serie llamada Chateros –donde cuatro amigos se enviaban videos por el chat de Facebook y cada video era un sketch– hasta una comedia musical que escribió junto a su hermano y su papá, pasando por la redacción de un guión que le llevó un año y medio y que no funcionó. Martín agrupó estos trabajos en una carpeta cuyo nombre lo dice todo: Proyectos que me metí en el culo. “Ninguno funcionó” se lamenta, “y tiene más archivos de los que me gustaría”.
Pero hay un proyecto audiovisual que eludió esa carpeta. Se trata de una propuesta que les acercó el director Juan José Campanela: que su padre hiciera un programa sobre charlas y canciones con la idea que quisiera. “¿Y qué tal si hacemos un falso documental sobre un show de televisión que no existió?” Martín les propuso a su padre y a su hermano que se engancharon al instante. El programa se hizo. Año: 2004. Canal: Encuentro. Allí Martín aplicó todo lo que había aprendido en sus años de estudiante de la licenciatura en Dirección Cinematográfica en la Universidad del Cine. “Fue como hacer la tesis de la carrera que no terminé”, dice Martín, quien hizo de todo en ese proyecto: cantó, escribió los guiones junto a su hermano Alejandro y a su papá y editó en la posproducción. Y entre tantas tareas hubo una especial. En una escena de desnudez en la que el actor principal tuvo pudor, Martín lo reemplazó y tuvo que dar algo más íntimo que su talento. “En el canal Encuentro debo ser el primer y único culo que salió al aire”.
Lazarillo de la farándula
Más allá de 40 años siendo una celebridad, Dolina desconoce la farándula. Por suerte Martín le aporta su creatividad para evitar papelones.
En eventos sociales, muchos se acercan a saludar a Dolina. Para que su padre no quede mal, Martín ideó una estrategia: “Si yo le decía 1, significaba que esa persona era apenas conocida y que mi viejo no iba a quedar mal si no lo saludaba por su nombre, en cambio si le decía 5, el saludo tenía que ser efusivo”. ¿El resultado de la puesta en práctica de esta escala? Un fracaso. “Se acercó un cantante de rock famoso y yo le dije 3. Mi viejo me miró y ahí me di cuenta de que se había olvidado del valor de cada número. Nos reímos los dos y, al famoso, apenas lo saludó”. Buscar la risa es algo que está muy presente en la vida de Martín. “El humor”, repite siempre, “es un clonazepan gratuito”.
A Martín no le pesa ser hijo de una celebridad. Le genera presión que su padre sea, precisamente, Alejandro Dolina. “Mi viejo es una especie de superhombre, un artista renacentista que hace todo”, Martín levanta las cejas, “eso es abrumador”. Esa magnitud personal, y la crueldad con que la gente mira “a los hijos de” y, además, la obsesión de su padre por la excelencia, también le generan un conflicto. “Si mi viejo fuera Arnaldo Arné”, Martín se ríe, “no sería lo mismo; es buen actor, pero nada más”.
Martín saca uno de sus gatos de arriba de la mesa y sirve otro vaso de Coca zero: “Trabajar con papá en la radio lo disfruto, pero en algún momento me satura”. A los 40 se cansó de las giras que hacen con La Venganza: “A los 20 me encantaban, pero ahora ya no”, reflexiona Martín: “Salvo que seas mi viejo, él no afloja”.
“Siento que se me está pasando el tiempo”, confiesa Martín, preocupado. Y en eso descubre otra característica del gen Dolina que siente no haber heredado por completo: a diferencia de su hermano y de su padre, a él el paso del tiempo le resulta un obstáculo. “Ojo, tampoco es que me junto con gente de 40 a compartir renuncias”, dice, “pero sí me pesa un poco más que a los otros Dolina”.
Su propio camino
Son tiempos de cambio en todos los sentidos para Martín, hasta en su casa que está en refacción. “Esperá un poquito” dice, se saca el chicle de la boca y lo pega en un caño que pierde agua. En la entrada, a los pies de la escalera, hay un charco. “Tengo a los plomeros trabajando en la casa”. La imagen es literal y simbólica: la refacción es un mapa de lo que se está moviendo adentro.
“Yo creí que iba a trabajar dos años en La venganza será terrible. Creí que las puertas se iban a abrir solas. No pasó. Cuando pestañeé por quinta vez ya llevaba 15 años en el programa. Ahí empezó la pulsión de escapar del seno familiar”.
En 2021 empezó a trabajar con los humoristas y actores Martín Garabal y Adrián Lakerman. Tras dos proyectos frustrados –Martín pensó “Más archivos para la carpeta del culo”–, en 2024 lanzaron Edición Especial, un programa en el canal de streaming Luzu.
“Martín no tiene comparación con su padre”, dice Garabal que era oyente del programa de Dolina desde antes de conocerlo a Martín. “Tiene una risa lúdica y tierna, pero ejecuta sus chistes desde una postura pesimista y oscura”. Garabal hace una pausa. “Lo veo, incluso, más melancólico que al Negro, pero Martín es más desenfadado y le gusta también el humor grosero y el doble sentido”.
En 2025 el más chico de los Dolina pasó de la producción a la mesa del programa –además de sumar notas en la calle–. “Martín encontró su personaje al aire en la improvisación y fue espectacular ver ese crecimiento y formar parte de su desarrollo profesional”, dice Garabal.
“Esto fue lo primero que hice grosso por fuera de lo familiar”, se enorgullece Martín.
“En el streaming puedo putear. Mi viejo jamás putea en público”, se compara. “Eso lo hice a propósito porque me da risa la idea de la fotocopia de la fotocopia que va empeorando la calidad”. Así Martín ejecuta su plan de marcar distancia con ese legado impecable que, aunque admirado, lo asfixia. “Cuando uno es el hijo de alguien talentoso y prestigioso –que admiraría, incluso, si no fuera mi viejo– es muy difícil no separarse porque la comparación te liquida, y con razón”.
Ese estilo para su personaje no es la única distancia que tomó Martín. De más joven eligió estudiar cine, la rama que menos explotó su padre.
Martín busca distancia no por rebeldía sino por necesidad: quiere equivocarse con su propio nombre, correr riesgos que no formen parte del canon familiar y evitar convertirse en una fotocopia.
Lo que viene
Hoy sigue haciendo La venganza con Alejandro Dolina –un legado del que todavía no se pudo despegar– y además tiene dos proyectos para el 2026 –una primicia que no le dijo a nadie– y ambos son musicales. El primero ya tiene nombre, Duetox. Martín planea recitales donde él y una celebridad canten, con una orquesta, una canción chabacana. “Me gustaría cantar con Juliana Gattas, porque tiene mucho humor además de talento”, anhela.
El otro proyecto, más íntimo, se trata de tocar en vivo 20 canciones propias. “La idea es presentarlo con público, que sea como un álbum efímero que no se graba nunca”. Martín agrega: “Una suerte de quémese después de tocarse”.
Martín no lo dice, pero lo sobrevuela el temor de que otro archivo engrose la carpeta de proyectos que se metió en esa parte del cuerpo que lo hizo marcar un hito en canal Encuentro.
El futuro, dice, depende de él y de nadie más: “Empecé tarde mi carrera por fuera de la familia. Mi papá se hizo popular a los 40”. Él tiene, justamente ahora 40 años. Señal de que aún hay tiempo de despegar y que un día su apellido caiga y su nombre, al fin, remonte vuelo propio.
NG/MG
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