El psicoanálisis (no) es imposible: cuando enfrentar duele, pero transforma
En un momento en el que proliferan las soluciones rápidas y las promesas de resultados inmediatos, aparece un libro que avanza en sentido contrario: El psicoanálisis (no) es imposible. Una introducción a su práctica, de Verónica Buchanan y Luciano Lutereau. Publicado por Paidós, el texto no busca intervenir en la coyuntura del debate teórico ni convertirse en un manual para especialistas. Más bien, se presenta como una conversación sostenida a lo largo de años de práctica compartida —literalmente, porque ambos autores comparten consultorio— con un objetivo concreto: transmitir cómo se ejerce el psicoanálisis en su dimensión más cotidiana.
Desde esa perspectiva, el libro no intenta decir cómo deberían ser las cosas, sino cómo se las arregla un analista frente a aquello que siempre desborda cualquier esquema previo: la singularidad de cada paciente. Esa lógica también organiza la escritura. Cada capítulo fue construido en un ida y vuelta constante, pero el punto más fértil —según relatan— aparecía “cuando uno intentaba pensar con la cabeza del otro”. Algo de esa experiencia, cercana a lo que ocurre en un análisis, convierte al libro en más que una suma de voces. Es, en sí mismo, un ejercicio compartido de pensamiento con una idea central: los analistas no se forman únicamente en la teoría, sino en los tropiezos. Es en los casos difíciles —cuando algo de la propia persona queda implicado— donde se produce el verdadero aprendizaje.
“No es un libro para colegas, sino para cualquiera que quiera saber cómo funciona el análisis. Creo que más que para analistas es un libro para pacientes y analizantes. Aunque también toca temas difíciles de la práctica, como el tema del dinero, la agenda, la duración de la sesión. La de psicoanalista hoy es una profesión precarizada y es preciso hablar de estos temas sin rodeos”, explica Lutereau.
Uno de los ejes más contundentes del libro condensa su posición en una afirmación tajante: en el análisis, el único sujeto es el paciente. El analista, en cambio, ocupa un lugar de objeto. La inversión no es menor. A diferencia de otras prácticas terapéuticas, el analista no se presenta como guía ni como modelo, ni dirige el tratamiento desde un ideal propio. “Quiere decir que el tratamiento no se hace desde un punto de vista del analista. Como objeto no quiere decir que sea una cosa, pero sí que está destituido de su subjetividad. Aunque la persona del analista se inmiscuye todo el tiempo, y no depende de la voluntad sino de su propio análisis”, explica Buchanan. Esa tensión es central: el analista no desaparece, sino que “presta” su persona. Y ese préstamo abre una serie de problemas concretos que no pueden resolverse con recetas. “Jacques Lacan decía que el analista presta su persona para la transferencia. Y esa persona se impone: cuando un paciente se interesa por su vida privada o le atribuye frases que nunca dijo. ¿Tiene sentido desmentir? ¿Hay que esconderse si uno se cruza a un paciente en la calle? Nada de esto se resuelve con consignas, sino revisando la práctica concreta”, indica Lutereau. Por su parte, Buchanan agrega que el conflicto no es un problema a evitar, sino una parte esencial del proceso: “Solo hay un cambio real cuando se atraviesa el conflicto con el analista. Mil veces salí de sesión odiándolo, pensando en dejar, pero después aparece un sueño, el enojo se vuelve reflexivo y la tensión se revela como constructiva”.
En esa línea, los autores retoman una intuición clásica de Sigmund Freud: el sufrimiento no es un error a eliminar rápidamente, sino el motor mismo del análisis. “Freud advertía que no hay que erradicarlo demasiado rápido, porque eso impediría el verdadero fin de un análisis, que no es dejar de sufrir —eso no lo puede asegurar nadie— sino que el sufrimiento modifique nuestro modo de vivir”, señala Buchanan y cita un poema de Silvina Ocampo: “Por no querer sufrir sufrí muchísimo. Por no buscar la dicha fui feliz”.
Frente al auge de la autoayuda, las terapias breves y ciertos discursos de las neurociencias, los autores adoptan una posición deliberadamente a contramano. “La vigencia del psicoanálisis es su anacronicidad. No es para todos, y a veces ni siquiera es una solución. Sirve para muy poco, pero para lo poco que sirve es lo mejor”, retoma Buchanan y recuerda a Donald Winnicott para subrayar que el análisis aparece justamente donde otras prácticas no alcanzan. Allí donde proliferan diagnósticos, etiquetas y recomendaciones, el psicoanálisis insiste en una pregunta más incómoda: ¿qué posición tiene cada sujeto frente a su propio sufrimiento? Ese desplazamiento rompe con la lógica de la víctima pasiva y restituye al paciente a un lugar activo en su experiencia. El libro también insiste en que no hay recetas, pero sí hay método. No se trata de improvisar. “El método es la asociación libre y sus efectos. No es decir cualquier cosa, sino hablar para encontrarse con algo que sorprende, como si uno no lo hubiera dicho”, explica Lutereau. La transmisión, entonces, no consiste en enseñar reglas, sino en mostrar cómo cada analista construye un estilo propio. “Se trata de vivir, y de que haber registrado algo produzca efectos. El psicoanálisis es eso que ocurre mientras conversamos, sin demasiadas exigencias”.
Lejos de ofrecer un programa o una doctrina, El psicoanálisis (no) es imposible propone, en última instancia, una ética: sostener lo singular, incluso cuando eso implica incomodidad, incertidumbre y falta de garantías. En una época marcada por la urgencia, el libro apuesta por otra temporalidad. No elimina el sufrimiento, pero abre la posibilidad de transformarlo. No promete soluciones rápidas, pero sí abre una posibilidad: entender mejor qué nos pasa. Y esa propuesta —más lenta, más incómoda— puede ser justamente la más valiosa.
MR/MF
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