Desafíos para el desarrollo de la Inteligencia Artificial en Argentina
Hoy el mundo parece estar de acuerdo en algo: la Inteligencia Artificial vino a cambiar las reglas de juego. En un futuro más incierto que nunca, la IA permite un acceso rápido a la información, recopila, ordena y mejora muchas cosas; pero también rompe otras, toma los datos de nuestras interacciones en redes y nos manipula.
Hay cambios concretos en la dinámica laboral: empleos reemplazados por la IA y por varias tecnologías en general. Por ejemplo, en varias autopistas no hay más cabinas de peajes manuales y en el supermercado ya se puede pagar sin cajeras/os. Esa gente que ya no tiene trabajo, ¿a qué se dedica? ¿Cuán fácil sería reconvertirse a hacer otra cosa?
El mundo también se reconfigura en la forma de vincularse de los países. Cada vez importan menos las leyes y reglas de cada país o de los organismos internacionales. Ahora hay tecnomagnates que compran voluntades, inciden en la información (verdadera o falsa) que reciben las sociedades, intervienen en política y gobiernos. Esto no sólo pasa en Occidente. Hace décadas que China ya no copia, sino que desarrolla robots que hacen varias tareas hasta ahora “humanas”. Ya no es la carrera al espacio, ahora es la carrera de las máquinas.
Para esas empresas, magnates y países desarrollados, el resto del mundo sólo interesa como proveedor de materias primas: alimentos, minerales, energía, agua. En esta geopolítica, Argentina parece estar tan “afuera del mapa del desarrollo” como tantos otros países africanos o asiáticos que son más pobres que nuestra sociedad. ¿Queremos eso para Argentina: ser sólo proveedores de materias primas?
El uso de los recursos vinculados a IA no es para nada menor. El centro de procesamiento de datos (“datacenters”, “hyperscalers”, “megacampus”) más grande de Estados Unidos utiliza la misma cantidad de energía que un país pequeño: de 24 a 32 Teravatios por año. Para dar una idea: la represa de Yacyretá, la más grande de Argentina, produce aproximadamente 20 Teravatios anuales. Al consumo de los servidores se suma el gasto en enfriar esos equipos, que implica mucha electricidad y también agua. No es casual que algunas personas imaginen a la Patagonia como territorio posible para hacer enclaves de IA, de datacenters, de centros masivos de cómputo.
En Argentina efectivamente tenemos una gran capacidad técnica, pero muy pocos componentes vinculados a los centros de datos se producen en el país. Pero tenemos un problema grave con nuestra matriz energética, en particular con líneas de transporte de alta tensión que ya están prácticamente colapsadas. La falta de inversión en infraestructura eléctrica por parte del Estado, que para peor ahora bajo el Gobierno de Milei pretende privatizar la empresa estatal que maneja esa red de alta tensión (Transener), hace que sea imposible producir más energía en las regiones con más potencial de nuestro país y transmitirla a donde se consume, sean ciudades, industrias o datacenters. ¿Se imaginan competir contra los centros de datos por la energía eléctrica?
Por suerte, la tecnología también comienza a dar respuesta a estos problemas. Hay una propuesta bastante interesante, que viene a entrelazar dos sectores donde en Argentina tenemos ciertas ventajas competitivas (no naturales, sino generadas por nuestro trabajo). Podemos aprovechar el desarrollo 100% argentino de reactores nucleares modulares, en los cuales el Estado ha puesto mucha investigación durante décadas; y donde pese a que varios Gobiernos han intentado frenarlos, los avances logrados son importantes. No es la única opción: generar energía renovable con parques solares y eólicos, almacenada en baterías para los momentos en que no hay viento ni sol suficientes, hoy es una opción viable gracias al abaratamiento y optimización de estas tecnologías.
Pero en nuestro país, el desarrollo de energía nuclear lleva más de 80 años de impulso por parte del Estado Nacional. Lógicamente, el inicio de este desarrollo fue planificado desde el Estado y luego fue sostenido (y financiado) por muchos gobiernos que la entendieron como parte crucial de una política de desarrollo productivo. El Estado generó institutos especializados (el Balseiro, por ejemplo) lo que permitió que se generaran empresas (INVAP, IMPSA) donde se investiga y desarrolla tecnología de punta a nivel mundial. Eso ha generado eslabonamientos productivos de alta tecnificación; es decir, algo que siempre queremos para nuestro país: trabajo bueno y de calidad. Y eso se retroalimenta virtuosamente con otras áreas donde se pusieron recursos, tiempo y planificación para generar innovaciones tecnológicas: por ejemplo, la existencia de Arsat y sus satélites se derivaron de una gran inversión pública en Ciencia y Tecnología, pero a su vez permitió ampliar los servicios de Arsat para construir el centro de datos más grande de Argentina. El Centro Nacional de Datos de ARSAT se ubica en Benavídez (Provincia de Buenos Aires) y es una de las infraestructuras tecnológicas más seguras y confiables de Argentina: cumple con los estándares internacionales de ciberseguridad más rigurosos (certificado con Tier III por el Uptime Institute). No lo usa sólo el Estado, sino que es infraestructura pública que sirve al sector privado: proveedores de Servicios de Internet (ISPs), Fintech y entidades financieras, carriers, logística, empresas de base tecnológica que necesitan servidores dedicados o almacenamiento, por ejemplo, compran estos servicios a ARSAT.
Ahora bien, eso no significa que todo sea lindo y color de rosas. Debemos mirar para qué queremos, como sociedad, usar los centros de datos y de IA que se instalen en nuestro país. Repitamos que esto ya está ocurriendo a nivel global: tecnomagnates (como Elon Musk) quieren tener un control total de la información que llega a la sociedad, lo cual no sólo inhibe la libertad de prensa sino que puede tergiversar, pervertir y adulterar la información que tenemos para tomar decisiones, como ciudadanos, clientes y como personas en general.
Como cualquier sector productivo, pero más aún siendo un enclave estratégico, es importante que el Estado controle qué se hace con los datos almacenados. Esto implica exigir garantías suficientes de resguardo y privacidad; pero también limitar su uso para intentar reducir la manipulación, las fake news, o el uso abusivo para negocios o intereses privados. Todos/as sabemos cómo funcionan las redes sociales, con empresas que buscan vendernos cosas o partidos políticos que fomentan una indignación selectiva mientras scrolleamos la pantalla. Pero ¿alguna vez te preguntaste de dónde obtienen esas redes sociales la información para saber qué mostrarte?
Estamos a tiempo de corregir estos problemas. La IA debería ser colaborativa, esto implica que sea utilizada a favor del bienestar social, y no como un mecanismo de manipulación social. Estamos en un momento de la historia donde hay disponible mucha información, pero al mismo tiempo sufrimos retrocesos cognitivos claros. La IA no debería anular nuestra capacidad de razonamiento, sino que podría ayudarnos y acompañarnos a pensar mejor.
En Argentina esto puede ser también un aporte a retomar un sendero de desarrollo: hay que analizar críticamente qué cosas se pueden producir acá y que no. Los recursos humanos argentinos tienen una altísima capacidad, aún con todos los problemas a los que nos hemos enfrentado durante años y el desfinanciamiento al sistema científico nacional (universidades públicas, centros de investigación) que se profundizó con el actual Gobierno de Milei. Hay que revertir esa pérdida de competitividad: sólo con buenas políticas de Ciencia y Técnica, bien financiada, tendremos investigación y desarrollo. Sólo teniendo políticas claras y sostenidas podremos crecer. En ese camino, la IA debe ser una herramienta que no nos controle ni manipule, sino que nos acompañe y potencie. Para ello, necesitamos trabajar un programa a largo plazo y sostener políticas, estar de acuerdo desde la sociedad que cosas no son negociables. No podemos virar con cada cambio de gobierno el rumbo del país, es importante que tengamos un objetivo claro y lo sostengamos, que nuestra dirigencia vaya acorde a esos lineamientos y que no sigamos retrocediendo en los laureles que supimos conseguir. Los avances en Ciencia y Técnica son nuestros laureles, educación de calidad, técnica. Debemos mejorar muchas cosas, pero sin tirar abajo todo lo logrado. No hay que demoler, hay que mejorar las estructuras existentes. Sabemos que no será fácil remontar aquello que están destruyendo, pero también sabemos que tenemos la capacidad y los recursos. Muchas personas que se fueron de sus puestos de mala manera, volverían, otros tantos seguro que no, pero Argentina ha sabido repatriar cerebros cuando se lo propone. A eso apostamos, en eso estamos, y eso queremos para nuestro país.
Mientras estábamos cerrando esta nota, nos enteramos que el gobierno inició los trámites para privatizar los activos de la Comisión Nacional de Energía Atómica, EE.UU. se quedaría con el uranio y el, muy avanzado, desarrollo de los Reactores Modulares.
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