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OPINIÓN

Recordando el “Malón de la Paz”

El Malón de la Paz partió el 15 de mayo de 1946 y recorrió 2.000 kilómetros, integrado por 174 kollas de comunidades de Salta y Jujuy.

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Hoy se cumplen ochenta años de un pequeño acontecimiento sorprendente, que marcó un punto de inflexión en los reclamos de los pueblos originarios. El 15 de mayo de 1946, 174 kollas de varias comunidades de Salta y Jujuy iniciaron una larga marcha a pie en demanda de la devolución de sus tierras, que dos meses y medio después los llevaría a la Plaza de Mayo.

Todo comenzó con un episodio perfectamente habitual. Una tarde de 1945, en las alturas de la Puna, León Cari Solís pastaba sus animales en tierras que consideraba propias, pero que el Estado había entregado a otros en propiedad privada. Como en varias partes del noroeste, los terratenientes obligaban allí a los kollas a pagar un tributo por cada animal, cultivo o pozo de agua que tuvieran. Para asegurarse la obediencia, era habitual que emplearan castigos físicos. Eso, precisamente, fue lo que pasó esa tarde, cuando hombres del propietario sorprendieron a León y le exigieron un pago. “Si nunca he pagado los arriendos, ¿los voy a pagar ahora que está Perón?”, les respondió desafiante. Por su osadía le dieron una golpiza y se llevaron parte de sus animales. Mascullando rabia, León decidió recolectar cientos de firmas para un petitorio que él mismo llevó a Buenos Aires en septiembre, acompañado por otros dos referentes de su comunidad. El 17 de octubre los sorprendió en la gran ciudad y sin dudarlo sumaron sus tres almas a la multitud reunida en la plaza. Ellos también hicieron historia. Días después consiguieron que un funcionario de la Secretaría de Trabajo y Previsión (STP), el teniente Mario Bertonasco, finalmente los atendiera.

Allí nació entre ellos la idea de organizar una gran marcha hasta Buenos Aires. Debatieron el asunto con otros referentes de los kollas; algunos opinaban que no serviría para nada. Pero las dudas se disiparon a principios de 1946, poco después de las elecciones, cuando recibieron una carta de Bertonasco instándolos a marchar. Indudablemente el propio Perón estaba en conocimiento de la idea y la había aprobado. Para él se trataba de una buena oportunidad de realzar su imagen. Algunas de las tierras que reclamaban los indígenas eran propiedad nada menos que de Robustiano Patrón Costas, un líder conservador que, además, era accionista de una de las principales petroleras estadounidenses. Una marcha de kollas permitiría mostrar un Perón magnánimo atendiendo el reclamo de los más olvidados, combatiendo a la oligarquía y al imperialismo yanqui y repudiando el pasado de la década infame, todo al mismo tiempo. El único costo a la vista: expropiarle a Patrón Costas algunos de sus terrenos y ayudar a unos pobres indios a llegar a Buenos Aires. 

Para resaltar su condición de católicos marcharon con íconos religiosos (entre ellos el de una virgen morena de Copacabana)

Para los kollas también se trataba de una oportunidad única. El Estado argentino no les había dado hasta entonces sino violencia. En 1916 se había creado una Honorable Comisión de Reducción de Indios que se suponía se ocuparía de su bienestar, pero el desinterés era tal que sólo en 1927 fue reglamentada. Tanto los kollas como otros pueblos se habían cansado de enviar pequeñas delegaciones a Buenos Aires a plantear sus reclamos, sin resultados. Pero algo parecía estar cambiando. En su gira proselitista por la zona, Perón había prometido la reforma agraria y en los meses anteriores había tenido varios gestos de simpatía hacia los pueblos originarios. Puesta bajo la órbita de la STP, la Honorable Comisión de Reducción fue redenominada Dirección de Protección al Aborigen y recibió mayores atribuciones. La oportunidad bien valía el esfuerzo de organizar una gran acción que les permitiera salir de la invisibilidad y recordarle a Perón que cumpliera con sus promesas. El costo, claro, era enorme: había que caminar 2000 kilómetros... La posibilidad de recuperar sus tierras, sin embargo, les dio el valor para encarar la marcha. 

Si querían lograr sus objetivos, había que pensar estratégicamente. Una marcha a pie de Jujuy a Buenos Aires sin dudas llamaría la atención de la sociedad sobre el hecho de que los indios seguían existiendo y sufrían la peor de las explotaciones. Pero mostrarse así llevaba el riesgo de reactivar los prejuicios en su contra. Por ello, los kolla debían demostrar que eran respetuosos del Estado y de sus autoridades; más aún, que ellos mismos eran verdaderos patriotas. Además, tenían que mostrarse ya “civilizados” y dignos miembros de la congregación católica. En fin, presentarse como kollas, pero sin que pareciera, por ello, que no eran parte del pueblo argentino. El nombre que decidieron utilizar estuvo cuidadosamente pensado a tal efecto. Se llamaron un “malón”, haciéndose cargo de los prejuicios que el ser indio evocaba (incluso si los kollas en verdad nunca habían hecho malones), pero le agregaron “de la Paz” justamente para contrarrestarlos. El nombre completo fue el de “Malón de la Paz por las rutas de la Patria”. Para resaltar su patriotismo, durante todo el trayecto utilizaron la bandera y participaron como invitados en desfiles militares durante las fechas patrias, aunque mostrándose con sus ropas e instrumentos musicales tradicionales. Para resaltar su condición de católicos marcharon con íconos religiosos (entre ellos el de una virgen morena de Copacabana). Y por supuesto, no rechazaron portar imágenes de Perón o símbolos de su partido cuando alguien se los acercaba. Otra estrategia fundamental era buscar aliados. Los kolla tenían sus propias autoridades y durante la marcha tomaban sus decisiones mediante una especie de consejo de referentes de cada comunidad. También tenían sus propios contactos con el mundo de la política. El fundamental era Viviano Dionisio, hijo de uno de los referentes principales del Malón. Como muchos jóvenes kolla, Dionisio había accedido a la educación escolar, gracias a lo cual había conseguido empleo como administrativo en una mina. Allí uno de sus compañeros de trabajo lo había convencido de presentarse a candidato a diputado provincial por el Laborismo jujeño, cargo que obtuvo en las elecciones de 1946, convirtiéndose en uno de los primeros indígenas en acceder a una banca. Su apoyo y sus gestiones fueron fundamentales para el desarrollo del Malón. Así y todo, era fundamental tener aliados entre los blancos y los maloneros tuvieron varios. El principal fue sin dudas el propio Bertonasco, que viajó para ponerse a la cabeza de la marcha. Los kollas no tuvieron problemas en permitir que el teniente apareciera ante la opinión pública como el “jefe” del malón, lo que los ponía a salvo de cualquier problema y les daba un vínculo directo con la STP. 

En parte gracias a la ayuda oficial, los medios de comunicación prestaron gran atención a los maloneros, que a su paso por las diferentes localidades fueron cosechando más y más muestras de simpatía. En Tucumán, Córdoba y Rosario tuvieron muestras de solidaridad cada vez más multitudinarias. El paso por la pampa húmeda fue de una repercusión inesperada. Al llegar a Pergamino el 21 de julio, el recibimiento fue apoteósico. En esa región, en la que todavía se recordaba el “Grito de Alcorta” de 1912, había fuertes sindicatos y ligas de arrendatarios. Tal como los kollas, aguardaban que Perón cumpliera la promesa de una reforma agraria. Si los kollas lograban su objetivo –pensaban– entonces se abría una posibilidad para que todos los sin tierra reclamaran las suyas. De hecho, antes de la llegada de los maloneros, una Sociedad de Arrendatarios e Hijos de Pequeños Propietarios Pro Reforma Agraria, había convocado a que se diera un recibimiento masivo a los indígenas. A Pergamino llegaron delegaciones de chacareros de Junín, Salto, Rojas, San Pedro, Baradero, Chacabuco, 9 de Julio y Chivilcoy. En nombre de las 60.000 personas que dijeron haber convocado ese día, la entidad se apresuró a enviar un telegrama a Perón pidiendo que se concedan las peticiones de los maloneros pero, de paso, solicitando mejoras para su propia situación. Por esos días evaluaron también la posibilidad de imitar a los kollas y organizar una gran marcha de chacareros sin tierra a Buenos Aires. Mientras tanto, la visibilidad que venía ganado el reclamo kolla había despertado expectativas también en otras naciones originarias. En su paso por San Antonio de Areco, los maloneros recibieron la visita de una delegación de caciques patagónicos encabezados por Jerónimo Maliqueo. El multitudinario acto público realizado allí se cerró con discursos en mapuche y en quechua y un abrazo entre los referentes de unos y otros que conmovió hasta las lágrimas a la multitud de chacareros presentes. 

Los kollas, que no podían salir de su asombro, no imaginaban entonces que el éxito que habían obtenido sería su perdición. La pequeña caravana que Perón había imaginado como una brillante acción propagandística de pronto se había transformado en un masivo clamor, en el que comenzaban a aunarse no sólo los reclamos de otros pueblos originarios, sino también los de los criollos y “gringos” más pobres de la pampa húmeda. Y el problema era que Perón no tenía ninguna intención de expropiar latifundios en cumplimiento de sus promesas de campaña. Tras dos meses y medio de marcha, el 3 de agosto el Malón de la Paz finalmente arribó a la Capital. Perón invitó a una delegación a ingresar a la Casa Rosada, les prometió atender sus demandas y se abrazó con algunos de ellos frente a la multitud en el histórico balcón. Se trató de un símbolo inédito de reconocimiento: parecía que los pobladores originarios finalmente eran aceptados en la mesa nacional. 

Pero los maloneros esperaron varios días sin que llegaran las buenas noticias sobre los títulos de propiedad que reclamaban. Poco a poco el tema fue desapareciendo de los diarios. Las autoridades intentaron convencer a los incómodos huéspedes para que volvieran a sus provincias a esperar allí la decisión de Perón. Pero ellos se negaron: no habían caminado 2000 kilómetros para irse con las manos vacías. Pronto los maloneros quedaron incomunicados: no se les permitía salir ni se autorizaba el ingreso de nadie al Hotel de Inmigrantes, donde irónicamente habían sido hospedados. Finalmente, en la madrugada del 29 de agosto más de un centenar de efectivos policiales irrumpió en el Hotel obligando a los maloneros, gases lacrimógenos y golpiza mediante, a subir a un vagón de tren especial, cerrado, que los llevó de vuelta directo a la Puna. Como el asunto inevitablemente trascendió, Perón fingió no saber nada y designó una comisión investigadora para averiguar quién había dado la orden de mandar de vuelta a los kollas. La comisión nunca investigó nada y el asunto fue olvidado. 

Aunque tuviese ese final, el Malón de la Paz se convertiría en uno de los primeros hitos del movimiento indigenista en la Argentina, al instalar por primera vez en la agenda pública los problemas de los pueblos originarios y al contribuir a la creación de lazos de solidaridad entre ellos. 

EA/MG

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