El Congourbano
El vocabulario argentino no deja de ofrecernos innovaciones terminológicas que nos hablan del gran drama que recorre nuestra historia como nación: la enorme dificultad que tiene una parte de la población para aceptar como conciudadanos a la otra.
Al menos desde fines del siglo XIX, nuestras clases acomodadas y no tanto asociaron sistemáticamente a las clases populares a lo negro, como modo de proyectar sobre ellas los prejuicios habituales que padecían los afrodescendientes. Ya a los seguidores de Yrigoyen los llamaban “negritos”. Más recordado es el “cabecitas negras” que se introdujo para rechazar a los de Perón, más tarde simplificado por “los negros”, sin más, para que no queden dudas. En nuestro país, el desprecio clasista por el mundo popular se combina con un intenso racismo y ambos con las identidades políticas.
Esa imaginación clasista/racista, además, se plasma sobre el territorio de nuestro país, en el que se imaginan concentraciones diferentes del “problema”. De los “cabecitas negras” se decía que invadían Buenos Aires llegados del interior mestizo. Desde hace mucho, incluso en la prensa, es un lugar común asociar el Conurbano con los “negros” o directamente extranjerizarlo, como si en verdad perteneciese al África y no a la Argentina. Los once millones de personas que lo habitan, entonces, no serían un cuarto de nuestra población, sino invitados indeseables. Todos somos argentinos, pero hay algunos más argentinos que otros. Los argentinos somos blancos, pero igual está lleno de negros. Raro.
El ascenso de la derecha –primero la macrista y luego su continuación mileísta– sumó términos nuevos a esa visión desgarrada y esquizofrénica de lo que somos. Desde 2014 se hizo común el nombre “Peronia” para referir a ese otro yo de la Argentina, ese país deforme que ocupa nuestro mismo territorio e impide florecer a la Argentina “bien”. Aquí la sospecha ya no pesa solo sobre las clases populares o sobre los peronistas, sino sobre el país todo.
Con el giro hacia la ultraderecha del macrismo-mileísmo se añadieron otras palabrejas. Una de ellas es el acrónimo “Congourbano” (“Congo” + “Conurbano”), que africaniza a la periferia de Buenos Aires de manera bastante transparente. La primera aparición que hallé es de 2004, en la cuenta de Twitter de alguien que reúne todos los elementos para un estereotipo de los fachos actuales: varón joven, blanco, racista, misógino, homofóbico, obsesionado por sus músculos, amante de todo lo estadounidense y hoy, previsiblemente, mileísta. Para 2017 el término ya era tan frecuente que llegó a un diccionario. Luego de 2019 su uso se disparó y hoy es moneda corriente en redes sociales. Para entonces se sumaron otros términos que con frecuencia lo acompañan: “marrón/marronaje” para aludir a las clases populares, “peronegros” para los peronistas y “Argensimia” que, al igual que Peronia, hace a la nación entera culpable de los males que los racistas/clasistas imaginan que nos afectan.
El uso de estos términos está insistentemente asociado a fantasías de exterminio. Hay que matar a los negros/marrones/peronegros. Hay que fumigar el Congourbano. Matarlos a todos. Hay que aniquilar a Peronia/Argensimia para rescatar a la Argentina verdadera. Difícil construir una vida democrática desde esas visiones.
Como explica la académica británica Sara Ahmed, el espacio geográfico siempre adquiere el color de los cuerpos que lo habitan. “Congourbano” es un excelente ejemplo. No importa la tonalidad de la tez que tenga quien viva en Lanús, José C. Paz o San Martín: aunque sea blanco se verá por default asociado al territorio amarronado en el que mora. Será un congourbanés.
En sintonía con ella, la antropóloga Rita Segato argumentó hace tiempo que los cuerpos están inevitablemente conectados con el territorio en el que habitan, con la historia de sus violencias y despojos. En América Latina, la tez oscura y los rasgos faciales de la mayoría de los habitantes son las marcas más evidentes de esa conexión. Son cuerpos latinoamericanos y, por ello, asociados a lo indígena y a la afrodescendencia, al mestizaje, a un pasado de violencia colonial, servidumbre y esclavitud. Pero, como advirtió Segato, la contigüidad con esos cuerpos y con esas historias también afecta a los blancos. En el orden racial mundial, la marca del mestizaje se desborda sobre el territorio latinoamericano y sobre todos los cuerpos que lo habitan, incluidos los de tez blanca.
Harían bien en tenerlo en cuenta los que inundan las redes con lamentos racistas por lo que somos y fantasías de lo iguales a los estadounidenses (blancos) que seríamos si no hubiese que compartir el espacio con todos esos peronegros. Desde el punto de vista de un estadounidense o un europeo, también ellos serán “latinos” o “sudacas”.
EA/MG
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