La tecla xenofóbica
Milei no va a dejar gesto de Trump sin imitar. En estos días envía a la Policía Federal a hacer redadas en el barrio de Liniers para cazar inmigrantes ilegales, a la manera de la infame ICE, mientras los referentes libertarios en redes sociales y en los medios agitan el fantasma de una invasión de delincuentes indocumentados. Como dejó en claro Julio Bazán, movilero de TN, la policía detenía gente “aleatoriamente” en la calle pero, curiosamente, el 99% era de tez morena. Los liberfachos salieron a justificar: si buscaban extranjeros era “normal” que eligieran detener a los de rasgos “bolivianos”. Para ellos era una pura cuestión estadística. No se les ocurrió que pudiera haber inmigrantes ilegales blancos. Ni les importa que la principal colectividad inmigrante sea la de los paraguayos, de fenotipo indistinguible del de las clases populares bonaerenses. Tampoco, que hay una buena porción de la nuestra población que tiene rasgos andinos y tez marrón. Y por otra parte, cuando la Policía busca a un sospechoso de tez blanca y ojos azules no detiene gente al voleo en Puerto Madero. Detrás de la súbita histeria por la inmigración ilegal hay xenofobia. Y detrás de la xenofobia, el conocido racismo argentino. Molesta el extranjero insuficientemente blanco.
No pocas veces en la historia argentina hubo políticos que trataron de apretar la tecla de la xenofobia. Lo intentaron las élites en tiempos del Centenario, cuando culparon a los extranjeros por los disturbios sociales y las “ideas foráneas” y aplicaron deportaciones sumarias. Durante la Semana trágica de 1919 inventaron una conspiración de “rusos” y jóvenes de clase alta llegaron a realizar un pogrom contra los judíos. En los años treinta e incluso bajo el peronismo los nacionalistas de derecha culparon a rusos o “eslavos” por la difusión de ideas comunistas. Los judíos fueron objeto de racismo en varios momentos. Pero lo cierto es que la xenofobia nunca llegó a ser un movimiento arraigado. La población argentina era demasiado consciente de su carácter inmigratorio como para permitirlo y los lazos de solidaridad siempre predominaron.
Detrás de la súbita histeria por la inmigración ilegal hay xenofobia. Y detrás de la xenofobia, el conocido racismo argentino. Molesta el extranjero insuficientemente blanco
Los inmigrantes de países limítrofes se volvieron foco especial de la xenofobia durante la última dictadura, cuando comenzaron a ser hostilizados por el Estado de diversas maneras (incluyendo la deportación) y se impusieron restricciones más severas a su ingreso al país, para preservar –según informó un funcionario– la “calidad” de la población. Poco después, como parte de la campaña del Estado nacional para regularizar la situación de los inmigrantes ilegales, en 1986 se notó cierta xenofobia. En Florencio Varela, por ejemplo, algunos comerciantes e inspectores se las agarraron contra las vendedoras ambulantes bolivianas con expresiones racistas. En los años noventa la discriminación contra los inmigrantes de países limítrofes se intensificó. Políticos como Menem y Duhalde hicieron de ellos el chivo expiatorio perfecto para culparlos por el creciente desempleo. Parte de la burocracia sindical –en especial la de la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA)– contribuyó en el mismo sentido.
En agosto de 1998, por ejemplo, la UOCRA convocó una masiva movilización para exigir mejores medidas de seguridad laboral. Los obreros bolivianos que asistieron tuvieron que agruparse en una columna aparte. Desde las columnas principales les dirigieron entonces exclamaciones agraviantes, como “somos argentinos y no bolitas”. En 1999 funcionarios estatales también acusaron a los inmigrantes de países limítrofes, sin ninguna evidencia, de ser la principal causa de la creciente inseguridad. Al año siguiente una revista de gran circulación publicó una recordada e infame portada que denunciaba una “invasión silenciosa”. La ilustraba la fotografía de un hombre de tez morena en el Obelisco, intervenida para que pareciera que le faltaba un diente. Supuestamente ejemplificaba la invasión de bolivianos y peruanos, pero luego se supo que el hombre de la foto era perfectamente argentino, solo que había tenido el mal tino de nacer en el Noroeste.
El contexto de la rebelión de 2001 puso por un tiempo en sordina ese tipo de intervenciones, que sin embargo volvieron en 2010 de la mano del gobierno de Mauricio Macri en la ciudad de Buenos Aires, que acusó a los inmigrantes de países limítrofes, sin ninguna prueba, de ser los principales responsables de los delitos. Desde entonces, periódicamente, funcionarios y periodistas de derecha intentan activar el odio xenófobo para ganar votos. Sin embargo, a pesar de que no caben dudas de que parte de la población tiene prejuicios contra los inmigrantes, la Argentina todavía no conoció movimientos masivos de agresión como los que se ven en Europa o EE.UU., ni el tema es un movilizador central de votos, al menos por ahora.
Veremos si los libertarios logran traernos también esa plaga.
EA/MG
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