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Los usó como escudo

Nuevos documentos revelan cómo Jeffrey Epstein se rodeó de destacados científicos para apoyar sus ideas racistas y misóginas

Mails Epstein

Antonio Martínez Ron

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Entre los más de tres millones de archivos vinculados a Jeffrey Epstein revelados a finales de enero por el Departamento de Justicia de EE.UU. hay una lista de casi 30 científicos de alto nivel, entre los que aparecen nuevas figuras de renombre. Ninguno de ellos participó en las actividades ilegales de este financiero estadounidense condenado por delitos sexuales contra menores, pero formaron parte de un círculo de celebridades científicas a las que Epstein agasajó y patrocinó para lavar su imagen y dar cobertura a sus ideas racistas o misóginas

Además de mencionar a figuras destacadas como Noam Chomsky o Bill Gates, esta nueva remesa de documentos contiene correos de Lisa Randall, física teórica de la Universidad de Harvard en Cambridge, quien bromeó con Epstein sobre su arresto domiciliario después de su encarcelamiento en 2008 por solicitar sexo con una menor. Según la revista Nature, estos nuevos documentos —en los que también aparecen Stephen Kosslyn, neurocientífico vinculado a Stanford y Harvard, y Corina Tarnita, profesora en Princeton—, revelan que los vínculos de Epstein con la comunidad científica eran más profundos de lo que se sabía hasta ahora.

Tras su condena por delitos sexuales en 2008, el empresario pedófilo mantuvo relaciones con científicos prominentes, algunos de los cuales continuaron asociándose con él y recibiendo financiación de sus fondos. Epstein invirtió millones de dólares en proyectos de física teórica, biología evolutiva y genética de instituciones como Harvard, MIT y Arizona State University, lo que provocó algunas renuncias y suspensiones. También financió investigaciones y organizó costosas conferencias y fiestas de investigación a las que asistieron personalidades como los físicos Stephen Hawking y Kip Thorne

Los nuevos documentos publicados muestran que Jeffrey Epstein buscó el apoyo de un círculo aún más amplio de científicos para validar ideas y proyectos controvertidos relacionados con raza, cognición y género, en los que trascendían preceptos supremacistas, como la posibilidad de mejorar el genoma humano y transmitir ciertos rasgos para crear humanos superiores.  

Un “club de chicos”

“Epstein era básicamente una fuente de ingresos para los científicos”, asegura Dan Vergano, editor senior de la revista Scientific American en un podcast de The Guardian sobre el tema. A través de agentes literarios como John Brockman, y las conexiones de su pareja y compinche Ghislaine Maxwell con el mundo editorial, crearon “un club de chicos de reuniones científicas, donde Epstein era el anfitrión y el financiador”, relata Vergano.

En este “club de chicos”, el intercambio en privado de ideas racistas y sexistas era frecuente. Uno de los casos más llamativos que se conocieron ahora es una serie de correos electrónicos de 2016 entre Epstein y el científico cognitivo alemán Joscha Bach, por entonces profesor del MIT, en el que decían cosas como que “los niños negros en EE.UU. podrían tener un desarrollo cognitivo más lento” y hablan de cambios genéticos para “hacer más inteligentes a los negros”. En el mismo intercambio se habla de la falta de habilidad de las mujeres en “ámbitos altamente abstractos”. 

En la última remesa de documentos aparece también un intercambio de mensajes en 2016 con el médico Peter Attia en el que bromean sobre una mujer adulta a la que se refieren como “mercancía”. También hay un correo de David Gelernter, profesor de ciencias de la computación en Yale, en el que presenta a una exalumna como la candidata ideal para un rol de editora en un proyecto a la que describe como “muy pequeña y guapa rubia”. Y añade: “No sé qué preferirías vos físicamente, pero ella es lo que yo preferiría”. 

Los archivos de Epstein ofrecen una visión de la verdadera misoginia que existe en la cultura científica, mayoritariamente masculina

Dan Vergano Editor senior de Scientific American

Anteriormente, Epstein había discutido con el exprofesor de biología humana de Stanford, Nathan Wolfe, sobre la posibilidad de desarrollar una “viagra femenina” a partir de un virus que excitara a las mujeres y se proponía hacer un estudio en tiempo real con estudiantes universitarias. Epstein también quería invertir en investigación para modificar genéticamente embriones y manifestó su voluntad de tener muchos hijos (según The New York Times, había planeado “sembrar” su ADN embarazando a 20 mujeres a la vez y discutió la idea con varios científicos de alto nivel).

De una forma u otra, todos los científicos que aparecen relacionados con Epstein en estos archivos aseguraron a distintos medios que desconocían sus actividades delictivas y se arrepintieron de haber mantenido algún tipo de vínculo con él o de haber recibido financiación de sus fondos.

Misoginia en la cultura científica

“Los archivos de Epstein ofrecen una visión de la verdadera misoginia que existe en la cultura científica, mayoritariamente masculina”, asegura Dan Vergano. “Y estos ejemplos reflejan la forma en que habla esta gente cuando está sin máscara”. En su opinión, Epstein usó a los científicos como escudo, para proteger su reputación y aparecer como un filántropo en vez de como un delincuente. “Creo que era una forma de hacerse más atractivo para el público de lo que, a simple vista, les habría revelado su verdadera identidad. Pero parece claro que, tras su condena de 2008, los científicos deberían haberle prestado atención”.

Además de quienes aparecen en la lista de 30 científicos de la nueva remesa, los archivos de Epstein incluyen otros nombres destacados en el grupo de influencia que quiso construir su alrededor y que en ocasiones parecía una red de apoyo mutuo. Es el caso de Lawrence Krauss, físico teórico entonces en la Universidad Estatal de Arizona, que recibió apoyo económico de Epstein y hasta le pidió consejo sobre cómo defenderse de las acusaciones de acoso sexual por las que finalmente fue expulsado de la universidad. 

El caso Epstein socava la integridad de la investigación cuando las personas pueden elegir líneas de investigación que les atraen simplemente porque pueden pagarlas

Naomi Oreskes Historiadora de la ciencia

La periodista científica británica Angela Saini, autora de dos libros sobre el sexismo y el supremacismo en ciencia, lleva años argumentando que son las redes de individuos las que mantuvieron vivos el sexismo y el racismo en el ámbito académico. “Los archivos de Epstein ofrecen pruebas concretas de cómo operan estas redes”, asegura. “No es casualidad que el biólogo Robert Trivers, quien en una ocasión le dijo a la gran primatóloga Sarah Blaffer Hrdy que debería centrarse en su rol como madre en casa, solicitara financiación a Epstein. El desprecio por la capacidad intelectual femenina iba de la mano de la denigración de las jóvenes de las que Epstein abusó”.

Teresa Samper, socióloga de la ciencia de la Universitat de València, cree que Epstein no necesitó promover una ciencia abiertamente misógina. “Actuó como amplificador de corrientes científicas ya existentes, como las representadas por Steven Pinker, que tienden a biologizar las desigualdades al separar la relación entre cerebro y sexo de los contextos sociomateriales en los que se producen”, señala. “A Epstein le bastó con rodearse de investigadores con enorme autoridad cultural —científicos estrella como el propio Pinker o Lawrence Summers, antiguo presidente de la Universidad de Harvard, campus que Epstein visitaba con frecuencia— para dotar de respetabilidad a ese marco de ideas”.

Un problema de integridad

Algunos especialistas, como la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes, ya habían señalado otro gran problema: la manera en que las grandes fortunas pueden distorsionar la investigación científica, condicionando la discusión pública y financiando las investigaciones que van en la dirección que les interesa. “No se trata solo de que una persona horrible haya podido comprarse un halo de respetabilidad”, escribió. “El caso Epstein saca a la luz un problema mucho mayor: socava la integridad de la investigación cuando las personas pueden elegir líneas de investigación que les atraen simplemente porque pueden pagarlas”.

“Es inaudito que alguien que proporciona financiación esté involucrado con la investigación a ese nivel”, asegura Jesse Kass, matemático de la Universidad de California en Santa Cruz, en Nature. “Debería haber una discusión seria [en círculos académicos] sobre qué salió mal y cómo evitar que eso vuelva a ocurrir en asociaciones con financiadores privados”. “La pregunta es qué quería Epstein cuando organizaba fiestas con multimillonarios donde los científicos estaban en el menú, como si fueran una especie de adornos del evento”, concluye Dan Vergano. “Y esto plantea la cuestión de hasta dónde están dispuestos a llegar los académicos para obtener financiación”.

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