Capitalismo implosivo recargado
En octubre de 2023, antes de que Trump ganara su reelección, publiqué en elDiario.ar una columna que advierte sobre la etapa implosiva en la que ingresó el capitalismo. Como señalaba allí, era esperable que viésemos mayores niveles de violencia y rapiña sobre recursos que se vuelven escasos y un debilitamiento mayor del estado de derecho y la democracia.
El primer año de Trump al frente de la Casa Blanca aceleró esa deriva de una manera alarmante. El propio mandatario ya reconoció abiertamente que EE.UU. ignorará cualquier legalidad internacional. En esencia no es nada nuevo: al menos desde la Guerra de Irak (2003) las tropas de EE.UU. se sintieron libres de desatar ataques de gran escala sin respaldo de la ONU. Lo distintivo del bombardeo a Venezuela es que ahora ya no pretenden tener excusas válidas. No se toman la molestia de fabular “armas de destrucción masiva”, como aquel cuento que legitimó la masacre de iraquíes. Ahora anuncian que se impondrán por la fuerza militar simplemente porque pueden y les conviene. A propósito, qué patético el espectáculo de la derecha argentina tratando de sacar alguna excusa de la galera –que era por “la libertad” de los venezolanos, que se desalojaba un tirano o un “narcotraficante”– mientras Trump se empeñaba en aclarar que lo único que le interesaba era el control del petróleo.
Hay que decir, sin embargo, que no llama la atención (ni escandaliza lo suficiente) que EE.UU. lance bombas y fuerce cambios de régimen en países habitados por poblaciones no-blancas. Al contrario, lleva casi dos siglos haciéndolo. Más aún, toda la historia del capitalismo es la historia de la violencia colonial y el despojo del mundo no europeo.
Lo que sí aparece como una novedad es la disposición de Trump de hincar el diente sobre los recursos y el territorio de sus aliados europeos. Los líderes del viejo continente contemplan azorados cómo su principal socio anuncia que se quedará con Groenlandia por las buenas o por las malas. Han quedado mudos, sin saber qué decir. Irónicamente, la integridad territorial de los miembros de la OTAN se ve comprometida por primera vez en la historia de la alianza. Y no es por alguna avanzada de esos horribles rusos contra los cuales se estableció, sino por la del principal socio estratégico, el que se suponía que los iba a defender de cualquier amenaza.
Nada de esto debe interpretarse como una simple megalomanía de Trump. Pase lo que pase con Groenlandia, está claro que el hombre está decidido a darle a los europeos el tipo de trato que normalmente propina a los demás. Hay movimientos en ese sentido desde hace tiempo. Su Secretario del Tesoro, el inefable Scott Bessent, lo dijo con todas las letras en agosto pasado: la política de tarifas y la presión para que sus aliados de la OTAN aumenten el gasto militar apunta a forzarlos a redirigir inversiones y compras hacia compañías estadounidenses, de modo de favorecer la reconstrucción de la industria local. En sus palabras, lo que intentan es convertir los excedentes de sus aliados en un “fondo soberano de inversión” manejado por EE.UU. Asombrado, el periodista que lo entrevistaba tradujo la expresión a otra más simple: sería una “apropiación extraterritorial” inédita en la historia. Con apenas menos sutileza se lo podría llamar una extorsión. Desde el punto de vista político hay gestos parecidos, como las inéditas sanciones que Trump impuso a funcionarios europeos que aplican regulaciones que afectan a empresas estadounidenses, a dirigentes de ONGs que denuncian sus atropellos o a jueces de la Corte Penal Internacional que someten a juicio a personas que a ellos les simpatizan. Sanciones, como si fuesen venezolanos, serbios o iraníes y no los respetables miembros de la Unión Europea que son.
Que el colapso del orden legal y económico internacional puede revertir esta vez no solo en violencia y perjuicios contra pueblos insuficientemente blancos sino también contra la “gente bien” es algo que comienza a evidenciarse también dentro de EE.UU. Con una velocidad sorprendente, Trump convirtió a la pequeña ICE –la agencia de control de inmigración ilegal– en una fuerza armada considerable, en la que, según todos los testimonios, reclutó a los marginales que pululaban en grupos y grupúsculos de extrema derecha, los que ahora tienen cobertura legal para su amor por los disparos y su odio por los zurdos. Se suponía que irían contra los inmigrantes ilegales, pero como se comprobó en estos días, sus violencias se descargan también contra ciudadanos nacidos allí, con papeles y coloración de piel inobjetables. Las calles de EEUU de pronto exhiben escenas de bandas encapuchadas secuestrando gente en autos sin identificación que creíamos exclusivas de países del Tercer Mundo. Si matan a un extranjero, es prueba de que no debía estar allí. Si matan una mujer rubia, anglosajona, madre de tres niños y poeta, como Renee Good, aplica el comodín preferido de Patricia Bullrich: era una “terrorista”. ¿Qué otra cosa iba a ser si era progresista y se oponía a las políticas autoritarias? Para la dictadura del capital, cualquier resistencia es por definición terrorismo.
Mirando todo esto desde la periferia, uno se siente tentado a entregarse al placer morboso de pensar que ahora que los del norte son objeto de maltratos y expoliaciones acaso aprenderán una verdad vieja como el mundo: que la violencia que uno inflige sobre otros tarde o temprano regresa. Acaso entiendan que, si no alzan la voz frente a un genocidio en Gaza o un bombardeo en Caracas, alimentan un monstruo que tarde o temprano los devorará también a ellos. Hannah Arendt lo dijo hace décadas en referencia al nazismo: que su racismo asesino no vino de la nada, sino que fue incubado, ensayado y perfeccionado durante décadas en los espacios coloniales que ocupó Europa. La deshumanización requerida para violentar al otro revierte inevitablemente sobre los victimarios.
Ojalá fuese solamente una cuestión moral, pero no lo es. Existen impulsos materiales, económicos, geopolíticos, para el incremento de la violencia y el colapso del estado de derecho. La deriva implosiva del capitalismo empuja hacia allí, especialmente en el orbe occidental, en franca decadencia frente a sus competidores. Toda esa presión que durante siglos proyectaron hacia afuera, hoy se vuelve hacia adentro. Más explotación, más vigilancia, más discursos de odio, más intolerancia, más fuerza desnuda. La salida de esta ciénaga requerirá sin dudas aprender la lección de Arendt, pero también, inevitablemente, construir un movimiento político y una visión estratégica que nos saque de la barbarie del capital.
EA/MG
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