Sirvén, Africa y los usos del racismo en la prensa argentina

Las "patas en la fuente" en la marcha para pedir la liberación de Perón, el 17 de octubre de 1945

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Pablo Sirvén, en una columna de opinión publicada en La Nación, cosechó la indignación generalizada con un artículo que deja ver una cadena de asociaciones muy habitual en nuestros debates públicos. Plantea allí el peligro de que el conurbano bonaerense, “territorio inviable” y “africanizado”, vuelva a decidir con el peso de sus votos “el destino de la patria”. Y urge a Cambiemos a evitarlo. El encadenamiento es claro: el peronismo, asociado a lo africano y al voto popular, es la amenaza. La patria que está en peligro y necesita de Cambiemos, implícitamente, sería blanca y europea. No es la primera vez que Sirvén plantea esa dicotomía: hace poco ya había comparado a los opositores a Macri –y por extensión, a toda la Argentina, que se empeña en no votar lo que él quisiera que vote– con una tribu de origen africano. En otras columnas y en sus redes sociales, la asociación “Argentina = África” es un procedimiento habitual de autodenigración. 

No hace falta demasiado esfuerzo para identificar aquí, apenas velado, el mismo argumento que en las cloacas de los foros de lectores se hace explícito: el problema son “los negros” que votan. Argentina es inviable por culpa de “los negros” que votan al peronismo. Y el corolario implícito: para que la Argentina fuese un país normal habría que eliminarlos de algún modo. Matarlos a todos. O quizás con un golpe de suerte, como en la reciente fantasía de ese dirigente radical cordobés: que la pandemia  haga una “limpieza étnica” con “los negros de La Matanza”. Listo, así podríamos ser la Argentina que queremos. Todos blanquitos y votando lo que corresponde. 

Señalado lo problemático del argumento, siempre llegan las excusas. “Me refería a África por la pobreza, no aludía al color”, “yo no digo negro de piel, digo negro de alma”. Pero a esta altura, ya no hay discusión posible ni lugar para falsas ingenuidades. Asociar comportamientos o cualidades negativas a un color a o a una etnicidad es discriminatorio. Aquí y en todo el mundo. Punto. 

Nuestra cultura viene de una larga tradición en ese sentido que ya va siendo hora de archivar. Desde el siglo XIX es habitual desacreditar la participación popular en la política por vía de asociarla con alguna supuesta “raza inferior”, sean los indígenas, los afrodescendientes o un genérico “negro” que alude a la mezcla de ambos. Para los unitarios y algunos de sus herederos, el federalismo era “la barbarie” y lo animaban gauchos, indios y mestizos. Para algunos conservadores, Yrigoyen era líder de los “negritos”. Para el antiperonismo, el problema era (y es) la gravitación de los “cabecitas negras”. Y así hasta hoy, en esa matriz narrativa que imagina que en la Argentina hay siempre alguna barbarie que los habitantes europeos, blancos, correctos, cultos, pulcros, están llamados a erradicar. 

Los medios de comunicación argentinos continúan reproduciendo hoy estas formas veladas de racismo de muchas maneras, algunas más sutiles que otras. Se las encuentra por supuesto en las angustias por la “africanización” del país –que no son sólo las de Sirvén–, continuadoras de otras antes más habituales por su “latinoamericanización”. Como si pertenecer a América Latina fuese algo intrínsecamente indeseable y nos alejara de algún destino europeo. También las vemos en esa selectiva aplicación de la dignidad de “cacique” que se otorga a dirigentes políticos a los que, de ese modo, se relaciona con lo indígena. Hay “caciques” en el conurbano o en Formosa, pero no en CABA o en Rosario y raramente se gana el mote un referente radical, liberal o de derecha.  La misma selectividad suele encontrarse en la dignidad de “gente”, que, por caso, merecen vecinos de origen europeo pero no otros de origen mapuche. Se sabe, no toda la gente es igualmente “gente”. 

La discriminación étnico-racial también aparece en los medios de un modo implícito, en esas evocaciones de la historia del progreso argentino, demasiado frecuentes, en las que todo lo bueno nos vino “heredado de los inmigrantes españoles, italianos, ingleses, alemanes”, que nos habrían traído “la vocación por el trabajo duro”, la honestidad, y quién sabe qué otros atributos morales incomprobables pero que, implícitamente, queda claro que no poseían los habitantes que estaban aquí antes de su llegada. Y que tampoco tendrían quienes habitan hoy fuera de la pampa gringa que ocuparon esos abuelos europeos que tenían la virtud de no pedir nada al Estado y que trabajaban, a diferencia de esa otra población que llega “del norte” y a la que habría que enseñarle a tener gallineros, cultivar la tierra, o algo

El problema, en verdad, es que los medios de comunicación en Argentina ni siquiera se limitan a las formas veladas de racismo, sino que habilitan también las más abiertas y agresivas. Desde hace años Baby Etchecopar vomita insultos contra los “negros de mierda” en la radio, sin importar las reiteradas recomendaciones del INADI en contrario. Ni a los dueños de las radios en las que trabaja, ni a los anunciantes, ni mucho menos a sus oyentes les parece algo suficientemente preocupante. 

Todo esto es hoy inaceptable. Expresiones de ese tipo dejaron de tener cabida en los medios de otros países hace décadas. No hay motivo para que lo sigamos tolerando. Y no es cuestión de corrección política ni de cultura de la cancelación: los medios de comunicación nos deben una política editorial libre de discriminación étnico-racial y más acorde al siglo XXI.

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