Mujeres famosas del conurbano
Esta semana culmina la exposición del fotógrafo Walker Evans (St. Louis, Missouri 1903- New Haven, Connecticut 1975) en el Photo Center de la Fundació MAPFRE de Barcelona, curada por David Campany, director creativo del International Center of Photography de Nueva York. Entre las muchas imágenes de este precursor de la fotografía moderna, están varias fotos que forman parte del libro Let us now praise famous men (Alabemos ahora a hombres ilustres), colaboración entre el cronista visual y el escritor James Agee. Publicado por primera vez en el año 1941, el libro combina texto y fotografía y se centra en tres familias de agricultores que, en condiciones de precariedad extrema, viven en el sur de los Estados Unidos a mediados de los años treinta. La cámara y los relatos se enfocan en la vivienda, vestimenta, comida y rutinas laborales de quienes habitan en lo más bajo de la escala social, los autores proponen, con el título irónico, un triple movimiento: resaltar la dignidad de las familias, visibilizar su sufrimiento y elogiar a personas que deberían ser las verdaderas celebridades de la vida moderna.
Let us now praise famous men comienza con fotografías sin texto y más adelante, incluye reflexiones sobre la ética de la representación, que anticipan discusiones actuales, tanto en el periodismo como en las ciencias sociales. Al recorrer la muestra y volver a mirar el libro a más de 80 años de su publicación, no pudimos sino recordar a las muchas “personas famosas” con las que conversamos en nuestra investigación etnográfica en el conurbano bonaerense.
Personas como María S. que está “siempre pensando en cómo hacer para cocinar algo para mis hijos”, y cuenta orgullosa que “siempre aparto una bolsita para cuando no tenga, porque yo sé que en algún momento no voy a tener”. O, como Susana T., que “junta todo lo que tiene” para pagarle a prestamistas violentos que amenazan a su familia por una deuda impaga – “a esos no les importa nada… están endemoniados.” O, Vanessa M., que hace malabares para comprarle “un juguito” a la hija cuando, como única distracción, van los viernes a la cancha de futbol del barrio a ver jugar a su otro hijo, que se avergüenza al escuchar que le dice: “mamá, siempre estás trabajando y nunca tenés plata”.
O, como Marta B., que el sábado compró “un pollo y tres kilos de alitas”, y lo hizo durar hasta el jueves siguiente. Primero a las alitas, “las pusimos en la freidora y se dora [sic] espectacular. Al otro día, ñoquis con alitas”. El tercer día, “tenía el pollo entero. Le saqué la gamba, la alita y la partecita del cuello. Hice un guiso. La otra parte vendría a ser la espalda y lo que quedó del muslo, hice un fideo con tuco al día siguiente. Y después, bueno, fileteo el pecho para hacer milanesas. Así usé el pollo desde el sábado hasta hoy que es jueves”.
O, como Claudia P., que administra un comedor popular, “me levanto todos los días entusiasmada de volver al comedor”. Ella paga a los proveedores, distribuye la ayuda estatal, hace trámites, ayuda con la limpieza. Hacia el final de una entrevista nos contó, con una enorme sonrisa, que estaba por salir cuatro días a la playa en San Clemente, “cuatro días sin pensar ni en números, ni en pollos, ni en cuentas, ni en gente”.
Como las familias de agricultores retratadas por Walker Evans, estas mujeres confrontan diariamente un sinnúmero de carencias materiales. También se enfrentan a algo que acecha de manera cada vez más insidiosa en los barrios marginados: las adicciones y la violencia ligada a la venta callejera de drogas. Elogiemos, entonces, también a Rosa T., quien, en esta conversación, nos cuenta cómo, para “mantenerlo ocupado”, lleva a su hijo Jordan, de 8 años, “al fútbol y a la iglesia” y cómo habla con él sobre los riesgos de vivir en los márgenes. Rosa dice:
“Desde el año pasado que yo le hablo. La otra vez me preguntó qué era la droga, que por qué la gente se enferma con eso […] Yo le dije que la droga es como una sustancia mala […] eso enferma a la gente, porque cada vez quieren más, cada vez quieren más. Y le digo: … ellos como que están como borrachos, como en otro mundo, se olvidan de los problemas […] Te va quemando las neuronas que vos tenés adentro de tu cerebro. Eso no te deja pensar bien. Y vos al no pensar bien tenés ganas de seguir drogándote, salen a robar, te pueden llevar preso, te pueden matar. Yo le digo: vos al no pensar bien, estás alterado y te podés pelear en la calle, te pueden lastimar en la calle, te pueden … todo eso es consecuencia todo de la droga. Y él me dijo que él no sabía eso”.
Rosa le dijo muchas cosas más a su hijo (“No querés ver a mamá sufriendo ¿A vos te gustaría que yo ande llorando?) pero, en años de trabajo de investigación, rara vez escuchamos una admonición que combinara tan lúcidamente los vínculos entre la adicción y la violencia. Por un lado, Rosa le explica a su hijo los efectos psicofarmácológicos de las drogas que se consumen en el barrio. Estas, paco y pastillas combinadas con alcohol, irritan, excitan, enfurecen, o envalentonan a ”los pibes“. Y estos estados emocionales se traducen en comportamientos violentos. Por el otro, en sus palabras, Rosa articula lo que los expertos llaman la ”violencia sistémica“, es decir, la violencia que emerge como resultado de la participación en un mercado ilegalizado. Las disputas entre transas, el castigo por robar o no pagar las drogas, o vender productos adulterados, son los ejemplos más frecuentes en los barrios marginados del conurbano.
En circunstancias que ellas no controlan, carentes de recursos materiales y abrumadas por los riesgos que las circundan, mujeres como Rosa, Marta, María y Susana hacen lo que pueden para confrontar los problemas que conlleva la pobreza. Su persistencia y su lucha diaria por vivir de la manera más digna posible las hace las verdaderas celebridades del mundo actual.
Javier Auyero es profesor de sociología en la Universidad de Texas, Austin, e Investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Escribió junto a Sofía Servián “Cómo hacen los pobres para sobrevivir”, de Siglo XXI Editores
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