Contra la moda
Dice la Inteligencia Artificial que “genial” es un adjetivo que describe algo extraordinario, brillante o muy bueno, y coloquialmente significa estupendo. Se usa para resaltar talento (“un artista genial”) o ideas brillantes (“una idea genial”). También funciona como adverbio para indicar que algo está muy bien (“lo pasé genial”).
Hoy es usual decir genia o genio por mucho menos. ¿La palabra se ha devaluado? ¿O la dinámica de la lengua le da un sentido nuevo o una variación?
Juguetonamente, los artistas visuales Dalila Puzzovio, Edgardo Giménez y Charlie Squirru aparecieron con sus nombres, en 1965, en un panel de grandes dimensiones que interpelaba entre signos de pregunta al público, en Florida y Viamonte. El interrogante fue tomado por la socióloga y doctora en Ciencias Sociales, Daniela Lucena para titular su libro. Más de 400 páginas llenas de información e interpretación de los datos. Un documento ameno que incluye los discursos sobre la ropa más inusual.
¿Por qué son tan geniales? cuenta el vínculo entre el arte y la otra moda en nuestro país. No la que se renueva en cada temporada por la sinrazón del mercado, sino la que cambia por aquella alternativa que corre en paralelo -y en general, en contra- de la indumentaria mainstream. Habla de la historia de esas prendas que no responden a la pretensión de que nos parezcamos unos a otros.
Acá encontramos el cuerpo vestido según la experimentación y resistencia de creadores disruptivos surgidos de la cantera del arte nativo. Lucena propone el concepto poéticas del vestir para enfocarse en la potencia transformadora de la ropa que cuestiona las convenciones con las que habitamos el mundo. Da cuenta de otras sensibilidades, deseos y proyectos.
Dividido en capítulos por etapas cronológicas, el texto arranca en 1940, continúa en 1980 y 1990 y culmina en el milenio actual. Está ilustrado en blanco y negro y color y narra en contexto social el recorrido de las obras que los modistos practicaron con dedicación y entusiasmo, pese al rango inferior en que se ubicó su tarea artesanal respecto de las bellas artes.
En la sección El lujo es vulgaridad, se refiere a Fridl y Walter Loos, quienes huyeron de Austria durante el nazismo y crearon diseños en los que combinaron lunares con rayas en trajecitos sastre, propusieron fajas anudadas en la cintura y el patchwork de impacto geométrico. Toda una novedad. Fridl puso en diálogo lo europeo con lo autóctono de la tradición del noroeste, territorio argentino que la deslumbró. Esa identidad diferente, de estética criolla, llegó a revistas como Vogue y Harpers Bazaar.
“¡Qué problema la creación de un vestido!”, exclamaba la arquitecta Delfina Gálvez. “Pocos objetos tienen funciones más dispares: cubrir y descubrir, poner en valor y disimular, sugerir y frenar, llamar la atención por sí mismo, para hacerlo fijar en su dueña…”.
Lucrecia Moyano, directora artística desde los años 30 de la fábrica Rigolleau, se quemaba los dedos en los hornos de vidrio para crear piezas únicas, les llevaba chocolate a los obreros e ideaba un jardín de infantes para los hijos de ellos.
En la fábrica de alfombras Dándolo y Primi, Moyano llevó a los tapetes las pinturas de Enio Iommi, Rómulo Maccio, Juan del Prete y Martha Peluffo. Y además se ocupó de las vidrieras de la tienda Harrods, donde los maniquíes llevaban los rostros cubiertos como la famosa pintura de Salvador Dalí.
Para los agitados años sesenta, Lucena repone la resistencia de los conservadores a la “juventud disconforme” y habla de la incorporación revolucionaria de la minifalda, hasta entonces sólo admitida como prenda deportiva. Por entonces, el jean emergía a la par que el rock, como el pantalón sexy y rebelde. “Ya no era ropa de trabajo, sino de recreo. El estilo casual había nacido”, señaló Susana Saulquin, socióloga y creadora de la carrera Diseño de Indumentaria de la UBA. En cambio, la directora de la Escuela Normal Nº 4 la condenaba por la inmoralidad de que dejara las rodillas a la vista.
Quebrando la uniformidad del denim, la tucumana Mary Tapia sumó fajas inspiradas en motivos autóctonos. La rubia Tilda Tamar se puso el poncho que también vestía una joven Mercedes Sosa. El aguayo, los buches de avestruz y las chaguas llegaron al territorio del cuerpo humano. Se superó la dicotomía centro-periferia y luego de una muestra en el Instituto Di Tella, Pachamama pret a porter, Tapia se embarcó a París para mostrar su ropa. Con el mate, llegaba la infusión cotidiana más argentina a las telas, inventiva de Puzzovio.
Delia Cancela y Pablo Mesejean escribían en un manifiesto “Nosotros amamos los días de sol, los Rolling Stones, las medias blancas, rosas y plateadas, a Sonny and Cher, a Rita Tushinham y a Bob Dylan. Las pieles, Saint Laurent y el Young Savage Look…”. Le daban la bienvenida al hippismo. “Esta polifonía de prendas y estilos estéticos, presentada como una suerte de intervención pública, reúne muchos de los elementos de moda que definieron la imagen de los jóvenes de aquel tiempo”, señala la autora de ¿Por qué son tan geniales?
En los años de la última dictadura cívico militar, la ropa singular surgió en los sótanos del under. Según el músico Daniel Melero “modo mata moda, de eso estoy seguro… Pero entrar en la tribu del estilo es muy distinto que tener la ropa que está de moda: es el modo de la elección, es el modo en que se lleva”.
Los pantalones ajustados y las estridentes musculosas de los integrantes de Virus le imprimieron sensualidad a sus shows. Sumaron la alegría y el baile, con los diseños de Risuelo, que junto a la modista Cristina Álvarez fundó Ropas Argentinas, con el logotipo de la bandera argentina.
Renata Shussheim, escenógrafa y vestuarista surgida en el Di Tella, diseñó ropa y tapa de disco de Charly García y en la primera Bienal de Arte Joven aparecieron otros diseñadores que fueron boom en los útimos años de la centuria: Gabriel Grippo, Gabriela Bunader y Mónica Van Asperen, entre otros.
Insoslayables son Sergio De Loof y Kelo Romero, con sus ropas de papel y tules creando arte vivo para hombres. Crearon contra el florecimiento de los shoppings con sus marcas extranjeras.
Luego de la crisis del 2001, un grupo de diseñadores jóvenes empezó a copar Palermo. De apenas 25 locales de ropa, la cifra se disparó en 2005 a más de ciento cuarenta, transformando la composición sociocultural del barrio. Pioneros en esa zona porteña fueron Martín Churba y Jessica Trosman. En su articulación con el arte, llevaron a sus prendas las pinturas de Kennet Kemble, representante del movimiento informalista. Y el mundo grunge con esplendor renacentista fue el resultado del trabajo de la pareja con Rosa Skific.
La magia negra de Pablo Ramírez llegó a las galerías antes que a las boutiques. Con la oscuridad dominando las telas quiso reflejar el estado emocional y la resistencia a las imposiciones del cambio en la moda. Ay not dead llevó el misterio en su nombre y se asoció con la galería Belleza y Felicidad Fiorito y con Javier Barilaro, uno de los fundadores de la editorial Eloísa Cartonera, aportando compromiso social.
Lucena evoca sobre el final de su libro a Gilles Deleuze, cuando dice que los poderes no sólo buscan imponer sus reglas, sino gestionar y organizar el miedo, la angustia y la desesperanza, porque un cuerpo entristecido es un cuerpo sometido.
Técnica para adornar la indumentaria, Chiachio y Giannone llevaron el bordado a las galerías y museos, con un ADN propio. Su obra fue a la calle con un desfile con ropa de poetas y escritores: camisa, calzón, bombacha, un corpiño, un gorro. Formaron una bandera que flameó en una Marcha del Orgullo.
LH/MF
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