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SOY GORDA (ESEGÉ)

Ese claro objeto de deseo

Alejandro, el magno

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En estos días y noches de verano, en que el descanso es propicio para la lectura, muchas y muchos quedamos cautivados por la letra impresa en páginas de papel. En estas jornadas en las que privilegiados que pudieron juntar unos morlacos, viajamos hacia la costa marítima o a las altas cumbres, materializamos aquello que fue un anhelo durante el año de trabajo: leer. No los libros de estudio ni los de trabajo, sino aquellos que elegimos por el puro placer de la lectura.

Son tiempos, todo hay que decirlo, en que se anuncia la extinción del libro en papel, la dominancia del Kindle u otros dispositivos parece una verdad irrefutable y esa desaparición supuesta reiteraría la experiencia del dvd o el teléfono de línea (como me gustaba digitar los números en el disco). La revolución neolítica contemporánea arrasará con todo lo anterior, y convertirá a antiguos objetos en meras piezas de museor?

No lo sabemos. Sí, que abundan los libros traccionados por el amo y señor marketing intentando convencernos de que los hemos elegido libremente, esos que se digieren rápido y  no suelen coincidir con los más nutritivos. Las donaciones de volúmenes para bibliotecas son desechadas y las editoriales cortan los de temporadas anteriores con guillotinas, algo  que nos produce sufrimiento a  quienes los amamos.

Ese es el contexto en que descubro en la biblioteca de mi amiga y colega Patricia, Pats, nieta de libaneses,  el gordo El infinito es un junco, de Irene Vallejo, sobre la invención de los libros en el mundo antiguo, de la editorial Siruela.

La colaboradora de El País Semanal, autora de la antología Alguien habló de nosotros (2017) investigó con minucia la historia y se arrojó a la escritura de un título que no sólo sacia curiosidades bibliófilas, sino que está narrado con una elegancia poco habitual.  

Y porqué el junco, un junco, porque de allí proviene el papiro con el que se fabricaron los soportes de lectura luego de la piedra dura. Los libros, esa lucha tenaz contra la destrucción, tuvieron a su gran defensor en Alejandro, el magno, que enviaba a misteriosos grupos de hombres a caballo a recorrer los caminos de Grecia para hacerse de las preas escritas, en los violentos territorios fe un mundo en guerra casi constante.

Alejandro, como algunas cabezas de la Argentina del siglo XIX que quisieron hacer grande a nuestra nación, no sólo ejerció la violencia, sino que fue un hombre culto, en el polo opuesto de quienes nos gobiernan, quienes a lo sumo han leído algún libelo de economía y la están aplicando rápido y mal. Smith y Ricardo se volverían a morir de inmediato si se levantaran de sus tumbas.

El rey de Egipto les ha confiado a los caballeros la misión de ir hacia la otra orilla del mar para satisfacer su sed de posesión… artística y cultural. Libros, buscan libros. Son cazadores que rastrean esos objetos que conformarán la biblioteca absoluta y perfecta, la colección de casi todos los libros que aparecieron desde el principio de los tiempos.

Esa era la monarquía que reinaba, como hoy lo hace la web. Vallejo se convierte en la improbable compañera de viaje de aquellos hombres que buscaron tesoros dispersos que irían a parar a Alejandría “la capital del sexo y la palabra”.  

El infinito es un junco son casi 450 páginas, pero vamos a detenernos en el papiro, ese que crece en el jardín de otra amiga y periodista, Alejandra, nieta también, como Pats, de sirio libaneses. El junco de papiro, cuenta Vallejos y me saca en esta especificidad de la ignorancia, aunque la reafirma en mucho más, el papiro decía, hunde sus raíces en las aguas del Nilo. “El tallo tiene el grosor del brazo de un hombre y su altura se eleva entre tres y seis metros. Con sus fibras flexibles, las gentes humildes fabricaban cuerdas, esteras, sandalias y cestas”.

Moisés fue salvado de las aguas por flotar en una canasta de esos juncos. Y durante siglos los sabios del Próximo Oriente escribieron en rollos de papiros. Expertos creen que papiro y faraón son sinónimos.  

Los egipcios descubrieron que con papiro podían fabricar hojas para la escritura. Los reyes se apropiaron de la manufactura y distribución de ese material. Segan juncos en la ribera del río y el susurro de sus pasos despierta a los pájaros dormidos. Luego depositan en los talleres brazadas de juncos, los descortezan y cortan tiras que luego pegan y alisan con piedra pómez para que no se noten las junturas.

La realización de esos rollos es un avance fantástico. El lenguaje ya tiene su casa, un hogar en la materia viva. Piedra, barro, madera quedan atrás, sólo para usos ornamentales. El libro nace en la médula de una planta acuática. Es flexible, liviano, no pesa y transportará todo el saber y la aventura de la experiencia humana. Va hacia atrás para recoger los frutos de la humanidad y lanzarlos al futuro para hechizarnos con su magia.

Prosigue Vallejo: “Hoy existe una iniciativa llamada Proyecto Rosetta que aspira a proteger de la extinción a las lenguas humanas. Los lingüistas, antropólogos e informáticos responsables del proyecto, con sede en San Francisco han diseñado un disco de níquel donde se las han ingeniado para grabar en escala microscópica un mismo texto en su traducción a mil idiomas. Aunque muriese la última persona capaz de recordar alguna de esas mil lenguas, las traducciones paralelas permitirían rescatar las sonoridades y significados perdidos”.

Los libros son pedazos dispersos del universo que forman un conjunto dotado de significación. Nos ordenan frente al caos de alrededor. Son el refugio que nos guarnece como especie y protege todo aquello que hace memoria y tememos olvidar.

LH/MF

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