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CRÓNICA

La monja que se arrodilló ante el dolor 

Mónica Astorga, la monja que le cambió la vida a las mujeres trans de Neuquén

Pablo Montanaro

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Por

Ilustraciones: Delfina Filloy

—Trabajadora sexual, ¿qué más puede hacer una travesti?

Romina se sincera cuando le preguntan a qué se dedica. No es la única mujer trans reunida en esa tarde de julio de 2006. Katy dice: “Quiero tener una cama limpia para morir”; Victoria cuenta que sueña con cortar el pelo en una peluquería propia; Luján quiere ser cocinera.

Quien escucha a todas es la monja Mónica Astorga. Unos días antes de ese encuentro, Romina había ido hasta la Parroquia del barrio Progreso de la ciudad de Neuquén para dar el diezmo como un gesto de fe. Y para buscar a la monja Mónica en el Monasterio de Carmelitas Descalzas en Centenario. Ella las iba a escuchar, le dijeron.

Ahora la monja está atenta a sus historias, sus miedos, sus sueños, y descubre una realidad brutal: setenta mujeres trans viven en Neuquén de la prostitución, sin otra salida posible, empujadas por el desprecio, la pobreza y el abandono.

Las invita a rezar en la capilla. 

—Cómo puedo rezarle a Dios si fui rechazada por mis padres y familiares —pregunta una de ellas.

—Tengan fe porque si no están muertas —responde Mónica. 

En el claustro silencioso de un monasterio, donde el mundo parece detenerse para dar lugar a la oración, Mónica elige tenderles la mano como su misión sagrada. “Yo estaba preparada para rezar por el mundo, pero nunca había escuchado algo tan crudo. Ahí entendí que mi lugar estaba con ellas. Dios me pidió que las ame”, dirá años después. 

**

Antes de ser la monja que abrazó a las travestis cuando nadie lo hacía, Mónica fue una niña que pelaba papas en una cocina sin mesa, de una casa de techos altos que olía a humedad y resignación. Tenía siete años y ya quería ser monja. No porque alguien se lo dijera, sino porque algo, dentro suyo, le hablaba en silencio.

Vivía en Rauch, una ciudad ubicada en el interior de la Provincia de Buenos Aires. La casa era una construcción antigua, prestada, que compartía con su madre, Vilma, una mujer de manos ásperas y mirada ida, que trabajaba matando y desplumando pollos en un restaurante. 

Mientras Vilma batallaba con cuchillos y plumas, Mónica —pequeña y callada— pelaba papas. Cajones llenos de papas por toda la casa, como si la vida la estuviera entrenando para desprenderse de lo superfluo.

A la escuela iba con guardapolvo nuevo y útiles flamantes. Nadie sospechaba que en su casa muchas veces no comían. Su padre, ausente pero metódico, enviaba una vez al año el dinero justo para lo indispensable. También, una vez al año, se dejaba ver en las fiestas. A veces llegaba con juguetes, pero Mónica prefería los que se armaba sola: una farmacia en un cuarto, un almacén en otro, una escuela en el comedor: 

—Jugaba a vivir —dice ahora.

En el patio, la antena del vecino trepaba como una promesa. Mónica subía hasta el techo, desde donde podía ver el pueblo entero. Allá arriba se sentía libre. Pasaba horas observando, haciendo cruces con un piolín, como si intentara atar el cielo a la tierra, o sostenerse a sí misma para no caer.

—Fueron años difíciles. Nos la arreglábamos solitas. Mi mamá era alcohólica. Yo le pedía que por favor no se muriera porque no sabía qué iba a hacer sola. Vivíamos con muy poco. Pero ella siempre decía: ‘Si alguien viene a pedir algo, no se puede ir con las manos vacías’.

Cuando le dijo que quería ser monja, su madre, Vilma, no se rió ni lo negó. La mandó a jugar con dos hermanas que trabajaban en un hospital. Ahí, en medio de sábanas y pacientes, la niña que pelaba papas empezó a acariciar su vocación con timidez.

Pero la vida no aflojó. Al terminar la primaria se mudó con unos tíos a Flores, en la Ciudad de Buenos Aires. Le prometieron que no le faltaría nada. 

—Fue todo mentira. Pasé a ser su sirvienta. Me daban algo de plata, pero no me alcanzaba para los útiles. Empecé a trabajar. Les daba la mitad de mi sueldo y con lo otro estudiaba.

Fueron años de tristeza muda, de sonrisas forzadas, de rabia bien disimulada. Hasta que una amiga, sin saberlo, le tendió una soga al alma: la invitó a un grupo religioso. Mónica se negó. Estaba enojada con Dios. ¿Cómo no estarlo? Pero fue. Y cuando entró a la iglesia sintió lo mismo que sentía de chica en Rauch: cobijo, refugio, una tibieza inexplicable.

Ese grupo tenía planeado un viaje a Neuquén. Mónica no avisó a nadie. Tomó el tren y se fue con destino a esa ciudad del sur que no conocía. Llegó a un barrio humilde, humilde de verdad, y allí, entre calles de tierra y techos bajos, encontró lo que sería su destino.

Con 20 años ingresó al Monasterio de la Santa Cruz y San José, de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Eran dos casas prefabricadas, austeras, sin lujos ni promesas. Cada monja tenía un cuartito y un cajón de frutas donde guardar su ropa. No había adornos, pero sí propósito. Y para ella, con eso bastaba. Ese diciembre pasó la mejor Navidad de su vida. Sentía paz. 

El monasterio parecía más un refugio que un templo. Y ella, que venía de tantas tormentas, lo abrazó como un milagro silencioso.

Llevaba una vida contemplativa dedicada a la oración. Ese era su lugar, desde allí podía sostener y empujar a quienes más lo necesitaran o se sentían solos o sufrían alguna marginalidad. Y allí pasó más de la mitad de su vida. Rezando. Ayunando. Tejiendo. Buscando a Dios en el silencio. Hasta que Dios le habló con la voz quebrada de una travesti que dejaba un billete en una parroquia.

“Jesús no estuvo con los mejores. Estuvo con los olvidados”, se dijo. Y eligió seguir ese camino, aunque se quedara sola. Aunque le dieran la espalda. 

***

Después de aquel encuentro con las chicas trans, Mónica comenzó a pensar de qué manera podía ayudarlas para que dejen de prostituirse en las calles. 

Lo llamó a Germán Cazeneuve, un exsacerdote, que era vicepresidente de Cáritas Diocesana. Le presentó un proyecto para poner una peluquería donde podrían trabajar algunas de ellas. Y en junio de 2008 se inauguró Lourdes en el barrio Bouquet Roldán, atendida por Vicky, Laura y Romina.

La peluquería se convirtió en un espacio de encuentro y contención para personas trans, funcionando como un punto de referencia en la comunidad. Y con el tiempo se consolidó como un centro de la Asociación Civil Vidas Escondidas, que nuclea a integrantes de organizaciones LGTB. 

Tiempo después Mónica Astorga logró abrir un taller de costura en el que empezó a trabajar Katy, la misma que al conocer a la monja había pedido una cama limpia para morir. 

Las chicas, como las llama todavía Mónica, fueron confiando poco a poco en la religiosa que para poner en marcha ambos proyectos contó con el apoyo de Marcelo Melani, obispo de Neuquén.

Melani nació en Florencia, Italia, en 1938, y a comienzos de los años ’70 arribó a Bahía Blanca como misionero y en 2002 fue nombrado el tercer obispo de Neuquén, sucesor de Jaime De Nevares y Agustín Radrizzani. 

Dos años antes de cumplir 75, edad que marca como límite el Código Canónico, Melani presentó su renuncia ante el Papa Benedicto XVI, quien la aceptó. La renuncia anticipada de Melani se produjo tras ser acusado por el Vaticano por supuestos “abusos litúrgicos” como no utilizar alba y estola durante las celebraciones eucarísticas. Lo que más molestaba en el Vaticano era el estilo abierto y desestructurado en lo formal y con un trato igualitario entre sacerdotes y laicos.

A pesar de los 11.500 kilómetros que distancian a la ciudad de Centenario -donde está ubicado el monasterio- y la Ciudad del Vaticano, en Roma, Italia, el Papa Francisco conoció profundamente la labor que llevaba adelante la religiosa. 

 “A vos y al convento los tengo cercanos a mi corazón, como también a las personas con las que trabajan”, le escribió por mail Francisco a Mónica en julio de 2017. Y la instó a no dejar su tarea con las trans: “En la época de Jesús, los leprosos eran rechazados así. Ellas son los leprosos de la actualidad. No dejes el trabajo de frontera que te tocó”. 

La religiosa conoció a Jorge Bergoglio en 1987 en el Colegio Salvador antes de su nombramiento como uno de los cuatro obispos auxiliares de la arquidiócesis de Buenos Aires.

La monja Mónica Astorga creo las primeras viviendas para mujeres trans. Tuvo el apoyo del papa Francisco.

En 2013, convertido en el 266° papa de la Iglesia católica, Francisco se enteró del nuevo proyecto que estaba impulsando Mónica: construir 15 viviendas para mujeres trans en el barrio Confluencia de Neuquén. 

Neuquén, tierra de vientos secos y memorias agitadas, escribiría una página inédita en el mapa del mundo. No por sus pozos de petróleo ni por los piquetes que alguna vez hicieron de Cutral Co un emblema de protesta. Esta vez, la capital patagónica sería faro por levantar las paredes de una obra profundamente humana: el primer complejo habitacional para mujeres trans. Doce monoambientes, doce llaves que abrirían puertas a la dignidad.

Era su obra más soñada porque Mónica quería un techo digno para quienes venían durmiendo en pasillos o en la calle. Pero el proyecto estaba siendo muy resistido por algunos vecinos del barrio que no querían que ese lugar se convirtiera en Sodoma y Gomorra. Sin embargo, la monja nunca cedió ante las críticas.

—Mucha gente está esperando que esto fracase para seguir condenándolas —dijo en aquel entonces. 

Por momentos sentía que todo el esfuerzo no valía la pena, que estaba sola. Había días en que la vencía la desesperanza pero esa oscuridad se disolvía cuando aparecía una trans con otra historia dura y eso a Mónica le devolvía “ese fuego”, ese ardor místico —como en Teresa de Ávila— que la empujaba a continuar. 

En agosto de 2020, en plena pandemia por el Covid-19, con unos 300.000 infectados y más de 6.000 víctimas fatales en todo el país, en Neuquén, allí junto al río Limay, se levantó el primer complejo habitacional para mujeres trans mayores. No son apenas ladrillos: son un desvío en el curso de la historia, un resquicio por donde entra la dignidad.

Érica Díaz fue una de las chicas que estrenó su casa ese invierno. Abrió la ventana y vio a sus perros corretear por el patio. Esa escena mínima la conmovió más que cualquier acto oficial, hacía quince años que vivía en una pensión. “Nunca pudimos vivir dignamente en una casa linda, siempre caemos a los lugares peores. La hermana Mónica dijo: ‘vamos a hacer un proyecto’. Tardó diez años y gracias a Dios ahora estoy en mi casa”, dijo aquel inolvidable día.

A la monja Mónica Astorga las beneficiarias le enviaban fotos de cada rincón de sus viviendas. Una le escribió: “El baño de la casa es más grande que el cuarto donde yo alquilaba”. Mónica sonreía y guardaba esas imágenes como testimonio de un cambio profundo. 

—La mayoría de las trans que acompaño fueron expulsadas de sus casas entre los 8 y los 15 años. Algunas nunca más vieron a su familia. 

Luján Acuña, enfermera y referente de las trans adultas mayores, fue una de las que puso palabras a lo que latía en ese acto colectivo: “Nosotras somos las encargadas de cambiar esta historia moderna, contemporánea. Se va a hablar de nosotras mucho más allá de nuestras muertes, porque fuimos las primeras mujeres trans que entablamos un lazo tan fuerte dentro de la Iglesia Católica. Esto nos da la certeza de que el mundo nos tiene que dar el lugar que nos corresponde: ciudadanas de primera”.

Allí donde antes cabía apenas el sueño de una cama para morir, ahora había ventanas abiertas, patios con perros jugando y mujeres que, por primera vez, decían con certeza: “esta es mi casa”.

*** 

Cuando la gente le preguntaba cómo podía ser que estuviera acompañando a travestis, Mónica respondía, a quienes querían escucharla, que era el regalo más grande de su vida. Algunos la llamaron “la monja pro-gay”. Pese a las críticas no se detuvo. No para redimirlas —como a veces se interpreta con torpeza— sino para devolverles algo que el mundo les robó: dignidad.

Cada nombre era una historia. Cada historia, una herida. Muchas llegaron rotas. Algunas se fueron en paz. A esas, Mónica las acompañó hasta en su último suspiro:

—Morían solas, sin familia, sin nadie. Y muy jóvenes. No llegaban a los 40 años.

A mediados de diciembre de 2020, el actual obispo de Neuquén, Fernando Croxatto, visitó a Mónica y le dejó claro que su camino con las trans no era bien visto en la Iglesia. 

—Me pusieron frente a una disyuntiva: ellas o la vida contemplativa. Y elegí a ellas —confesó hace un año.

Tampoco las hermanas del monasterio de Carmelitas Descalzas estaban de acuerdo con la dedicación de Mónica con las trans. 

Cayó en una fuerte depresión y le dijo adiós al convento que había sido su casa durante 40 años. 

—No me fui por decisión propia. Me empujaron —explicó en aquel momento. 

Jamás renunció a su fe y entendió que “seguir a Jesús” en ciertas ocasiones implica “desobedecer estructuras”.

Decidió trasladarse al Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, ubicado en pleno centro de Córdoba capital, en abril de 2021. Ni bien arribó al edificio fundado en 1628 por el militar español Juan de Tejeda, escuchó la advertencia: 

—Esto no es una casita trans. 

En el verano de 2023, cuando ya no pudo más, pidió al Vaticano su salida. Pero no se fue sola. Se llevó consigo la fe, la dignidad y la certeza de haber caminado con los descartados. En julio del 2024, Francisco, el Papa de las periferias, le escribió. Le pidió que no aflojara. Le dijo que Dios también amaba a las trans. Pero sus palabras llegaron tarde. Mónica ya estaba herida. La fe seguía intacta. El voto, no.

—Le dije a Francisco que realmente no podía seguir dentro de tanta hipocresía en la Iglesia. Me lo respetó. Me respondió que le producía mucho dolor y que sentía que habían sido inhumanos conmigo.

Su corazón se partía: “Yo nunca quise dejar mis votos, pero tuve que pedir la dispensa. Fue dolorosísimo”.

El 9 de octubre de 2024 una carta desde la Ciudad del Vaticano llegó a las manos de Mónica, pero no traía alivio. Mónica Astorga, la monja que había abrazado la fe a los siete años y resistido la incomprensión de su familia, recibía finalmente lo que nunca deseó: su desvinculación como Carmelita Descalza. 

“El Dicasterio para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, consideradas atentamente las razones expuestas, concede que la Hermana María Mónica Astorga, depuesto el hábito religioso, queda separada definitivamente de su Monasterio. Tenga presente la hermana que, según el can. 702, 1, nada puede exigir de su Monasterio”, decían las primeras líneas de esa breve notificación.

Después de leerla, le pesaba el alma, pero aun así no se quebró. En su corazón latía un Dios que camina con los últimos, no con los puristas. Mónica ya no era una carmelita descalza. Y todo lo que hacía no era un capricho rebelde. Hasta entonces vivió en silencio un largo calvario, donde el amor al prójimo incomodó a los que nunca lo tocaron con las manos.

“No formó ni formará parte de mi deseo ni voluntad dispensar mis votos como Consagrada a Jesús. Aún habiendo estado a la espera de su llegada, no puedo negar que mi corazón se siente roto y sangrante”, escribió la religiosa en su cuenta de Facebook el día que el Vaticano aceptó su solicitud de dimisión. 

***

A sus 60 años, con una vida dedicada al servicio, Mónica no tiene aportes jubilatorios ni bienes. “Lo único que tengo es la paz de haber hecho lo correcto. Las trans siempre estuvieron sepultadas, hasta por la Iglesia. Esa sigue siendo mi lucha”, dice.

Mónica tuvo que reinventarse sin hábito, sin claustro y sin el rezo coral de la comunidad que había soñado desde los 19.

Desde marzo de 2023 vive en Buenos Aires, en el barrio de Flores, en un departamento que la Iglesia le cedió después de insistir mucho.

Sus únicas pertenencias son las heridas y los abrazos. Hoy camina por las calles de Flores, discreta, pequeña, de jeans y sandalias. Su paso se confunde con el de cualquiera en el barrio. Pero basta que sonría para que se revele algo distinto: una luz serena, como si llevara dentro la obstinación de alguien que nunca se resigna. 

No perdió la fe: la trasladó a otro altar, el de los cuerpos dolidos que atiende en su consultorio de podología. Estudió la carrera y abrió un espacio con ayuda de “las chicas”. Atiende a pacientes particulares, pero sobre todo ofrece su tiempo en el Archivo de la Memoria Trans y en el Hospital Borda. 

—Todos descuidamos nuestros pies, pero ¿quién se anima a tocar los de los más marginados? Yo quiero darles alivio —dice acerca de su nueva profesión.

Todavía sigue recibiendo mensajes de Neuquén. Fotos de patios recién baldeados, de cortinas nuevas, de cumpleaños en el complejo. No se siente vacía: “Sé que hay muchas personas solas a las que acompaño desde mi oración”.

En las homilías que escucha cada tanto, si el mensaje le resulta ajeno, se levanta y se va. “Se habla mucho, pero en concreto no se hace nada. Jesús nunca estuvo con los mejores, sino con la gente descartada. Y yo sigo ese camino”.

Mónica ya no está en el convento, pero el Evangelio sigue en su andar. Entendió que a veces, para seguir a Dios, hay que bajarse del altar.

Algunas noches le cuesta dormir. Entonces reza en silencio. No ya por el mundo entero, como cuando estaba en el convento, sino por nombres propios, por las que todavía viven y las que ya no. Las que al fin tuvieron una cama limpia para morir y las que, gracias a su empeño, hoy tienen una cama limpia para vivir.

Esta crónica ganó la VII edición del Concurso de Crónica Patagónica, organizado por la Fundación de Periodismo Patagónico en alianza con la Univesidad Nacional de Río Negro.

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