Darío Lopérfido: vanguardia, poder y controversia
Darío Lopérfido murió a los 61 años en Madrid, arrasado por una enfermedad impiadosa: ELA. Fue un hacedor cultural, un provocador, un rebelde con una habilidad tremenda para construirse a sí mismo. Hijo de la clase media porteña y trabajadora, un pibe de barrio que no terminó el secundario, fue levantando poco a poco cada ladrillo de su imagen. Nada quedaba librado al azar: sus gustos, sus modales, las palabras, su manera de moverse; todo en él parecía haber sido elegido tal como quería.
Convivían en Lopérfido dos etapas: la que lo forjó como el visionario que dejó su huella en la cultura porteña de los '90 y, luego, la de los comienzos del nuevo milenio, la del político.
De aquella primera etapa quedan sus primeros pasos como director del Centro Cultural Ricardo Rojas, al que convirtió en el refugio de la vanguardia y la resistencia de la Argentina postdictadura. Luego llegó el salto a la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, desde donde pergeñó festivales icónicos como el Buenos Aires No Duerme y otros que aún perduran, como el de cine independiente, el BAFICI.
Extremadamente delgado, de ojos azules y mirada penetrante, tenía una risa tan fácil como la sonrisa sobradora. Cada paso que dio fue calculado y siempre hacia arriba.
La Secretaría de Cultura fue el trampolín hacia las ligas mayores. Desde allí conquistó a dos nombres clave: Antonio y Aíto de la Rúa, los hijos de su jefe político, que por entonces aún compartían cuarto en la casa paterna de Recoleta. Esa llegada le permitió entrar de cabeza al cerrado círculo del entonces candidato presidencial Fernando de la Rúa, un hombre desconfiado hasta de su propia sombra.
Juntos, Lopérfido y los hijos presidenciales, conformaron el llamado “grupo sushi”, un nombre que tenía más que ver con el menemismo que con el nuevo gobierno de la Alianza. En el reparto de cargos, a Lopérfido le tocó la estratégica Secretaría de Cultura y Comunicación. Ocupaba una oficina en la Casa Rosada, con vista a la Plaza de Mayo y muy cercana a la del Presidente.
A Lopérfido le gustaba el poder, los disfrutaba. Pero a poco de empezar, el nuevo gobierno empezó a hacer aguas y el grupo sushi, que había mostrado destreza para diseñar una campaña electoral moderna —de allí surgió el spot “Dicen que soy aburrido”—, una vez en el poder no pudo reaccionar. Mientras Argentina se derrumbaba en la peor crisis desde el regreso de la democracia, el grupo sushi insistía en suplir la falta de política con imagen.
Terminada la Alianza, el grupo quedó desarticulado y sumergido en el ostracismo. No se les escuchó nunca una autocrítica sobre su participación en aquel desastre. A Lopérfido tampoco.
Pero el exsecretario no se iba a resignar. Le llevó varios años hasta que pudo reaparecer, esta vez, de la mano de Mauricio Macri como director del Teatro Colón.
Si la provocación fue el sello que transformó a Lopérfido en un gran hacedor cultural, un vanguardista, en política fue su costado más cuestionable. Fue en 2016 cuando, sin que la discusión estuviera en agenda, soltó que los desaparecidos no eran 30.000 y que “ese número se arregló en una mesa” para “conseguir subsidios”. Fue eso: una provocación de la que nunca se arrepintió y siguió sosteniendo cada vez que pudo.
El diagnóstico de ELA lo encontró casi al borde los 60, lejos de Argentina y con un hijo pequeño. Fue la pieza de su vida que no pudo controlar. El 7 de diciembre publicó en Seúl una columna en primera persona contando su vida con ELA. “Tener ELA es una mierda” fue el título, y allí escribió: “La ELA es una enfermedad de una ordinariez insoportable. No hay anécdotas para contar”.
MG
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