Papeles que viajan
Escucho el precioso disco Años después, de Edgardo Cardozo, cuya imagen de tapa exhibe una abrumadora soledad. Es el asiento de cuerina marrón, tajeado, de un antiguo vagón de tren. Igual que aquel en el que me sentaba con mis hermanas cuando recorríamos el oeste con el boleto naranja y blanco en la mano, que el guarda picaba. Media hora de Haedo a Caballito los domingos, para visitar a la bobe que revolvía la olla humeante con sus comidas judías y caminábamos despreocupadas con mis primos para subir a la calesita en Plaza Irlanda.
Era el tiempo demorado de los buzones rojos, el de la espera y las cartas de ida y vuelta donde se exhibía todo tipo de letra. Hay un tema que canta Cardozo, de inquietante melancolía y letra muy breve, que dice: Cartas como fotos blanco y negro/ que el desgarro del sobre me revela/ Cartas como ausencias/ las que no llegan/ las que hubieran cambiado el sentido de todo.
Dice, y habría que confirmarlo con las autoridades del correo, que pese al email y a las redes, las cartas de papel volvieron. Es un gesto pequeño, artesanal, de resistencia, que regresa. Se abre con delicadeza un sobre, tal vez se reconoce la letra, se acarician las hojas que pasaron por las manos de otra persona. En un contexto vertiginoso, escribir a mano y enviar ese texto íntimo es una forma de conectar de verdad.
Para este año, las cartas cobrarán auge entre las generaciones z y millenial, según Pinterest Predicts 2026. Apoyan su hipótesis en el aumento de los sellos en un 105 por ciento, en un 35 de cartas de amigos por correspondencia y en un 45 de cartas a mano.
Hoy escribimos en un mundo que corre hacia no se sabe dónde. La escritura lenta nos interpela, involucramos el cuerpo de otra manera, pensamos especialmente en alguien, se lo mostramos. Es un modo de prestarle atención, cederle tiempo y espacio a la conversación sin voz o de bajo volumen.
Tal vez alguien vuelva a pedir “quemá esas cartas”, mientras la mayoría deja de lado la opcion de la fogata y digita la tecla de borrar/delete o envíen lo escrito a la papelera de reciclaje.
¿Seguirán existiendo esos escritores fantasma, como en la novela El corazón en invierno, de Kevin Barry (Edhasa) donde el protagonista, lírico y desvergonzado, es el autor de cartas de amor ajenas, en el pueblo minero de Butte, Montana? ¿Alguno de ustedes mojó sus labios en los últimos meses para pegar una estampilla? ¿Sigue existiendo el papel de avión, finito y transparente?
Las amistades epistolares fueron (son) un lugar de afecto y reflexión. Contiene pasiones, peleas, amores, sorpresas, bellos encabezamientos y la firma, única. Hace un tiempo, en Seúl, surgió el primer café postal: Nuldam Space. Se replicó en París, en el café Pli y en Buenos Aires, en el barrio de Retiro, con el agregado de que en la versión porteña funciona desde fin de 2025 la unidad postal oficial del Correo Argentino 5828.
La gestora de Café Posdata es Carolina Barone, oriunda de Venado Tuerto, Santa Fe, descendiente de trabajadores ferroviarios, estación donde las cartas y las encomiendas formaban parte del cotidiano.
En Posdata hay noventa casillas postales, el menú te llega como una carta y la mayor parte de las actividades ocurren con diarios, libros, sobres, sellos, stickers, es decir: papel. Hay lapiceras para escribir y, eso sí, podés usar el código QR para tener wifi.
Un profesor de Mataderos, Nito Basavilbaso, le escribió doce cartas a su amigo Julio Cortázar, en la ficción que protagonizó Juan Palomino y que se repone de tanto en tanto. Se llama Cartas para Julio y su autor es Gabriel D. Lerman (Astier Libros).
Dice Lerman, “me cautivó algo bastante obvio: la centralidad que tenía el género epistolar en las relaciones interpersonales de hace cincuenta años. No había chat ni Skype ni Internet, pero tampoco había demasiado teléfono, ni tanta posibilidad de retruque o reposición de información”.
Era otra manera de estar en el mundo. “En las cartas se expresaba todo: desde un complejo pensamiento teórico, una posición política, hasta el listado de ropa a llevar en un viaje o un pedido de devolución de libros o el aviso de olvido de un cepillo de dientes. Todo se ponía en las cartas. Con posdatas, con adendas, con anexos, con notitas al margen. Y esperar una respuesta específica por escrito podía significar el cambio de rumbo de una vida”.
La correspondencia entre Albert Camus y Rene Char, dos de los mayores escritores franceses del siglo veinte, parece escrita hoy. “Cada vez seremos un incordio para la frivolidad de los explotadores de nuestra época. Este nuevo combate apenas comienza y con él, nuestra razón de existir”, escribió el segundo.
Ya te llegará fue el título que Eterna Cadencia eligió para publicar la correspondencia que mantuvieron entre 1984 y 1997 lasescritoras Margo Glantz y Tamara Kamenszain, guardada en Princeton. El proyecto nació con el encuentro de un pilón de cartas separadas con una banda elástica. La relación de pareja, la dificultad de vivir de la escritura, el humor como antídoto contra el malestar social, las críticas literarias, los encuentros con pares, son algunos de los temas que recorren con gran vitalidad las plumas de dos mujeres que criaron hijos e hijas mientras escribían textos fundamentales de la literatura latinoamericana.
Glantz es una de las voces imprescindibles de las letras mexicanas de los siglos XX y XXI. Tiene un estilo “saltarín y elegante”, en tanto que la escritura de Tamara, una de las inspiradoras de la carrera Artes de la Escritura en la UNA, es más “concentrada”.
Las cartas también son testimonio de los horrores de la humanidad. Contaba el periodista español Jesús Ruis Nestosa que el jerarca nazi Himmler le escribía a su mujer que lamentaba “tanto haberme olvidado de nuestro aniversario por primera vez” y en otra, muy escueta: “Viajo a Auschwitz. Besos: tu Heini”. Ella: “¿Cuándo nos dejará esta banda de judíos para que podamos disfrutar de la vida?”.
Son legendarios los intercambios epistolares entre Alejandra Pizarnik y Silvina Ocampo, Virginia Woolf y Vita Sackville-West, o Simone de Beauvoir y Violette Leduc. Para ellas, era un modo de pensar en voz alta, de sostenerse, de existir en el campo literario que a veces las dejaba de lado.
Detenerse, escribir y leer sin urgencia nos da otra percepción de la temporalidad. Lo hacemos en un mundo que va cada vez más rápido. Volver a las cartas es una manera de recuperar el tiempo, el pensamiento, la atención y la conversación amable.
LH/MF
0