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OPINIÓN

Desastres de baja intensidad cada lunes

Delcy Rodríguez llamó a EEUU a "trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación".

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El día que Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro sentí, solo por algunas horas, la sensación de que algo realmente había pasado. Uno de esos acontecimientos que pueden cambiar la trayectoria del mundo.

Me recordó mis tiempos en la redacción de Russia Today, en Moscú, cuando aparecían los famosos y ponderados Breaking News. Algunos era falsos llamados de atención que se diluían en cuestión de minutos. Otros podían durar horas, o alargarse durante todo un día. En algunos de ellos —la muerte de Fidel Castro, por ejemplo— la sensación era la de estar viviendo un momento histórico: ¿Qué pasará ahora? ¿Cómo será el mundo sin la presencia de uno de los mayores líderes políticos del siglo XX?

No pasaron demasiados años de aquellos días —de la muerte de Fidel tan solo diez—. Sin embargo, mi sensación es que ya no se producen acontecimientos de magnitud histórica. Pareciera que nada ni nadie va a alterar un estado en el que, grandes o pequeños, los conflictos y acontecimientos políticos transcurren en un estado de baja intensidad que, sin embargo, solo profundiza el deterioro democrático y económico.

A las pocas horas del secuestro de Maduro, en un chat de colegas, comenté: no creo que un escenario así pueda darse sin complicidad de las propias autoridades de Venezuela. No estaba muy equivocado a la luz de lo que sucedió con Delcy Rodríguez y su anuncio de “abrir la economía” el miércoles pasado en la presentación de una serie de leyes de expolio en el Parlamento Nacional.

No fui el único, por supuesto. Fueron varios los que lo infirieron así. Estoy seguro que, incluso, muchos no habían leído demasiado para sacar esa conclusión. Debe ser la acumulación de datos y hechos históricos. La experiencia, que a esta altura permite sacar esas conclusiones arriesgadas sin equivocarse del todo.

Me pregunto cuánto habrán tardado algunos periodistas en entender lo que sucedía en el Chile de Salvador Allende, cuando Estados Unidos propició el golpe de Estado que dio pie a la dictadura de Augusto Pinochet. Durante mis años en la facultad de periodismo, varios años atrás, mi sensación era que aquel golpe de Estado orquestado por Washington era algo que solo nosotros compartíamos de forma cómplice. Nadie esperaría que el diario La Nación lo reflejara así en un aniversario del golpe.

Esta vez, sin embargo, la portada del Financial Times llevaba una nota firmada con el titular: “La operación en Venezuela sigue el mismo libreto de la CIA en Chile”. No es que de pronto el principal diario financiero del mundo se volvió progre ni que sufra un ataque de buen periodismo, es que todo resulta ya tan evidente, tan explicito y pornográfico que no hay forma de hacerse el desentendido.

Debería ser algo bueno, pienso, pero lo cierto es que hay algo de esta nueva era que resulta perturbador, confuso. Mi feed de Instagram reflejó decenas de artículos de las principales revistas y diarios de Estados Unidos y Europa…todos gritando a cuatro vientos que lo de Trump era inadmisible, autoritario, muy preocupante. Sin embargo, ¿pasó algo o solo comentamos lo inadmisible?

Quizás si mañana China invade Taiwán, Rusia los bálticos, y Chile, Bolivia, digamos, bueno, ahora sí; ahora sí que lo que hizo Trump tiene un correlato histórico; habilitó a hacer lo mismo que hizo él, y lo que se inaugura es una nueva era sin el menor orden legal internacional. (Ni siquiera pour la galerie, como funcionó durante los últimos 30 años entre las principales potencias —Kosovo, Irak, Libia, Mali, etc., etc.)

Leo sobre el periodista alemán Egon Erwin Kisch, uno de los grandes reporteros de los años 30 en Europa del Este. Corresponsal de guerra, soldado durante la primera guerra mundial. La tragedia bélica, explica el escritor Uwe Wittstock, lo convenció de integrar las filas del partido comunista. Desde entonces, “sabe qué dirección va a tomar la Historia del mundo: el camino hacia la revolución proletaria”.

¡Qué tiempos aquellos! Había gente que confiaba en esa clase de desenlaces. Me pregunto qué habrá sentido Delcy Rodríguez, hija de un guerrillero marxista de Venezuela, al acordar con Donald Trump la entrega del petróleo venezolano.

En fin, mientras hoy todo parece expuesto de forma burda, en el siglo XX, era más bien necesario advertirlo, estar atento, no tomarse a la ligera ciertos hechos. El libro que menciona las andanzas de Kisch —deportado por el nazismo en el año 33— se llama Febrero de 1933 y muestra la persecución y el hostigamiento que sufrieron los intelectuales alemanes a medida que el régimen nazi fue consolidándose.

Muchos de ellos se apuraron a dejar el país antes de que fuera demasiado tarde. En el año 1933, mientras Adolf Hitler asumía como canciller y consolidaba su poder, muchos políticos alemanes fueron complacientes o miraron para otra parte. Ante ese panorama, los más lúcidos advirtieron sin dudarlo que lo que estaba por instalarse en Alemania sería una sangrienta cacería. En efecto, la SS y la SA ya operaban casi sin mosquearse en las calles de Berlín.

Una nota del diario New York Times firmada por Lydia Polgreen, ex directora editorial global del mismo periódico, señala sin vueltas que Trump está destrozando la democracia de Estados Unidos.

“El derrocamiento del cruel dictador venezolano no es solo un ejemplo del resurgimiento del imperialismo estadounidense ni del desmantelamiento de los últimos restos del derecho internacional y del orden basado en reglas. Es también una demostración extraordinaria de cómo Trump está haciendo colapsar las divisiones fundamentales de la Constitución estadounidense: entre la aplicación de la ley y la acción militar, entre el poder ejecutivo y el legislativo y, sobre todo, entre lo extranjero y lo doméstico”.

Aquí en Madrid, desde que Trump ganó las elecciones presidenciales por segunda vez, se radicaron miles de ciudadanos estadounidenses. Muchos de ellos “huyendo” del autoritarismo del mandatario norteamericano. Lo mismo sucedió en Francia, donde crecieron los visados de residencia, o en Irlanda donde muchos realizaron solicitudes de ciudadanía aprovechando el origen de su descendencia.

Esta semana, el actor George Clooney, que reside en territorio francés, criticó abiertamente a Trump. En tiempos donde el entretenimiento se impone sobre la reflexión intelectual, no es menor. ¿Alcanza sin embargo? Siento que hacer un paralelismo entre Estados Unidos y la Alemania prenazi de 1933 es demasiado. De igual forma que me parecería hacerlo entre el naciente régimen nazi y el gobierno de Javier Milei, que pretende involucrar al ejército en actividades internas del país, y cuyo aparato de propaganda recibiría las mejores felicitaciones de Goebbels.

El problema es que, de un momento a otro, la situación alcance una extensión de la que regresar sea difícil cuando no imposible. Con el triunfo de un candidato demócrata en las próximas elecciones de Estados Unidos, ¿se volverá atrás con lo que hizo Trump o se consolidará el dominio sobre la economía de Venezuela? ¿Criticarán el autoritarismo de Milei y el endeudamiento cómplice?

El problema, además, es que nos acostumbramos a estos desastres de baja intensidad; a que nada nos sorprenda demasiado, nada justifique un grito de terror, una advertencia considerable. Mañana, Trump anunciará que sus militares están listos para asumir el mando de Groenlandia, y no sé si veremos algo más que un buen titular de un medio global y el post que redactó el equipo de comunicación de un mandatario europeo, antes de que un soldado aterrice en la principal isla del ártico.

AF/MF

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