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Entrevista

Federico Jeanmaire: “Vivir es instalarse en una cierta locura que nos inventamos para soportar algunas cosas”

Autor de más de 20 novelas, Federico Jeanmaire, uno de los escritores más talentosos de la literatura argentina.

Agustina Larrea

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“No estoy loca. Solo escribo lo que pienso. Y me sale como me sale. Si estuve dos días enteros reflexionando acerca de la muerte, es porque me pareció necesario hacerlo. Tengo setenta años de edad, exactamente veinte menos de lo que tenía mamá. ¿Cuánto me queda? ¿Cuánto tiempo me queda antes de que los problemas o las enfermedades me hagan la vida invivible? No sé. Es lindo vivir”. En Bali (Entropía, 2026), la reciente novela de Federico Jeanmaire, una maestra jubilada y viuda escribe textos así. Son correos electrónicos que tienen como destinatario a su hermano, un hombre que se fue a vivir a otro país y pareciera ignorarla, incluso cuando ella le cuenta que acaba de morir la madre de ambos después de años de vivir con Alzheimer.

Es a partir de la escritura de estos mensajes que la mujer comienza a reconstruir su vida antes y después de esa pérdida, los días en los que tuvo que cuidar a su madre y seguirla en los vaivenes de esa enfermedad con los recursos que encontró a mano, el duelo que atraviesa y las infinitas posibilidades que se abren a partir de esa ausencia. Con escenas muy graciosas y muy crudas a la vez, Jeanmaire teje un encantador relato sobre el cuidado que, siguiendo los recovecos de la enfermedad, oscila entre lo luminoso y la insoslayable penumbra.

"Bali", de Federico Jeanmaire, salió por la editorial Entropía.

– ¿Cómo nació este libro? 

– Mirá, yo tengo a mi madre enferma con Alzheimer. Este año cumple 94, está en mi pueblo, Baradero. Hasta el año pasado yo iba semana por medio y me quedaba con ella dos o tres días mientras las dos chicas que la cuidaban se tomaban su descanso. Cualquiera que haya vivido la situación lo sabe: es algo tremendamente duro. Cada vez que volvía, pensaba si podía escribir una novela sobre esa situación. Pero claro, estaba muy triste y al pensar en escribirla casi desde lo personal, protagonizándola mi madre y yo, de alguna manera sentía que no me iba de Baradero, que quedaba atrapado en algo. Intenté cuatro, cinco, seis veces y no pude. Hasta que en un momento dado me acordé de otra mujer que había tenido la misma enfermedad: la abuela de Gabriela, la madre de mi hijo. Esta mujer, La Gringa, era una persona súper divertida y cuando empezó con la enfermedad era más divertida todavía. No sabés las cosas que inventaba y cómo se reía. Nosotros íbamos con ganas a verla, a escucharla porque nos divertíamos mucho. Así fue que de alguna manera empecé, aunque claro que mi madre está metida en todo el libro. Y está muy metida por algo que hizo ella y que para mí fue fundamental, y para muchos de mi generación: comprarnos en cuotas los tomos de la enciclopedia Lo sé todo. Eran doce volúmenes de colores, que se vendían casa por casa en los ‘60. A mi pueblo iba el vendedor una vez por mes, llevaba el volumen, le pagabas la cuota y al otro mes te traía el siguiente. Mi mamá fue la que hizo el esfuerzo para que los tuviéramos en casa. Cuando descubrí que quería escribir esta novela volví a leerlos todos. En esta relectura, entendí cómo me había influido teniendo 6 o 7 años.

– Es hermoso el título, la idea de lo completo, de saberlo todo.

– Sí, claro. Es que de algún modo era lo que vos sentías. El volumen por ahí traía un capítulo con la historia de Roma. Al lado tenés un capítulo sobre qué hay dentro de una gota de agua que cae en la lluvia. ¡Y al lado cómo es la vida de los gusanos! Entonces, ese chico que era yo a los 6 lo leía, lo terminaba y decía “lo sé todo”. O sea, fin del misterio para mí.

– La novela es una novela epistolar, está armada con mails que la narradora le escribe a su hermano. ¿Cómo surgió esa forma?

– Yo nunca sé muy bien explicar cómo es que se me ocurren las formas (risas). Lo que sí sé es que, al contrario de otros escritores, a mí la forma se me impone. No es que yo la pienso de antemano y digo “esto lo tengo que escribir de esta manera”. Qué sé yo, por ahí los mismos narradores son los que me van dictando qué es lo que puedo hacer. En este caso que sea una narradora en primera persona es bastante lógico porque la primera persona te acerca más al dolor y también a la diversión, o a lo que sea. La primera persona siempre está más cerca de eso. ¿Cómo se me ocurrió que hubiera un supuesto hermano en otro sitio y que ella le escribiera? La verdad es que no tengo el recuerdo de cómo fue. Pero sí, finalmente me parece que es un recurso que me permitió ir contando la vida del presente de la narradora, la vida del pasado de la narradora, la relación con la madre y con el hermano. Relaciones de familia que estas enfermedades también complican y mucho. Porque, en el fondo, el Alzheimer es una enfermedad que de algún modo implica demencia senil para la víctima y también, a otra escala, implica un montón de demencias para los que tenemos que cuidar en algún momento a esa persona. Porque te juro que vos no salís igual de cualquiera de esas historias. En mi caso particular, soy una persona que podríamos definir como un poco hipocondríaco. O mucho (risas). Desde que le pasa esto a mi madre y yo conviví de esta manera con ella, yo me olvido mucho más las cosas y en algún momento lo empecé a atribuir a que ya estoy enfermo de lo mismo. Y en realidad no sé si es así, no tengo ni idea. Pero ojalá que no sea verdad (risas).

Jeanmaire nació en la localidad bonaerense de Baradero, en 1957.

– En Bali, la narradora, a partir de la enfermedad de su madre, percibe algo parecido y también reflexiona alrededor de cómo pensamos, cómo recordamos y cómo escribimos. De hecho está todo el tiempo hablando del orden y el desorden como organizadores de varios aspectos de su vida. ¿Qué le pasa con eso a esta mujer? 

— Bueno, supongo que también es una cuestión que tiene que ver con esa enfermedad. Esa enfermedad es muy rara porque implica un desorden absoluto en la vida de alguien y en la vida de los que lo rodean. En el libro cuento apenas un par de cosas pero te podría contar miles. Porque vos, cuidando a alguien con esa enfermedad, tenés que estar al mismo tiempo controlando absolutamente las cosas que hace esa persona y al mismo tiempo participando del descontrol. Por ejemplo, qué sé yo, la semana pasada yo estuve con mi mamá y durante todo un día fui un sobrino para ella. El día anterior que había ido yo era su primo el cura. Y no te queda otra que jugar ese papel: estuve contando cosas que ignoro por completo acerca de lo que piensa un cura sobre varios temas. Pero como cuidador necesitás vivir en el desorden para poder ordenar, estar alerta. Al mismo tiempo vos no podés contradecir porque contradecir lo único que logra es un malestar en las personas que puede provocar en ellas momentos jodidos o violentos. Muchas de estas cosas hablan del orden y del desorden. Y sobre todo el orden y el desorden mental que le pasa a estas personas, pero también te pasa a vos como cuidador. A esta narradora de la novela yo intenté escribirla también contando un poco el desorden mental de quien cuida. Porque quien cuida no queda a salvo de la enfermedad. 

– En este escenario tan crudo, fuiste por el lado del humor. ¿Qué te pasa a vos con el humor, con escribir desde el humor? 

– Supongo que, como en casi todo en lo que tiene que ver con un escritor, hay que vincular los libros que te gustan, tu biblioteca y tu forma de ser. Qué sé yo, yo por un lado soy cervantino, o sea que no podría no gustarme el humor. El grotesco no me gusta, por ejemplo, pero sí me gusta la ironía, me gustan un montón de clases de humor. Y me parece que cuentan al mundo de una manera inteligente, no sé, que ayuda a entenderlo o que ayuda a hacerle preguntas, digamos. No sé cómo explicarlo. Después, no sé, trato de reírme de casi todo, incluso de las peores cosas que me pasan. Por ejemplo, si vuelvo de ser todo un día el primo cura frente a mi madre, llego y lo cuento de una manera divertida aunque en el momento quizás no lo haya sido. Por ahí lo que intento en el libro también con el humor es decir algo que tiene necesariamente que pasarle a alguien que cuida a alguien con Alzheimer: cada tanto te tomás algo livianamente y te reís de eso que pasa o es imposible hacerlo. Es muy duro. Muy duro. Porque vos tenés ahí un cuerpo que es igual al de tu madre, pero lo que está adentro no es tu madre, es un hueco lleno de cosas que no entendés. Muchas veces ella se pone a hablar, aunque ahora cada vez habla menos, y no entendés de lo que te está hablando. Entonces tenés que seguirla en un juego que es muy raro.

 – Dijiste recién “yo soy un cervantino”. Es inevitable trazar la línea en esta novela con una protagonista que a partir de leer una enorme cantidad de enciclopedias Lo sé todo y Salvat empieza a desvariar, a armarse sus ficciones, o a viajar en su cabeza con su madre al lado. ¿Trazaste vos también esa línea? ¿Pensaste quijotescamente cuando escribías?

— Sí, pienso que estuvo presente en todo momento El Quijote. De algún modo acá la locura entre comillas de la protagonista es una locura buscada: ella va a buscar los libros a partir de algo circunstancial que sucede y eso la lleva a un primer viaje. En ese sentido no es como en El Quijote, donde al protagonista son los libros los que lo llevan a hacer las locuras que hace. Pero sí, obviamente yo lo tuve presente en todo momento y es algo que me interesa mucho. No sé, vivir es instalarse en una cierta locura que nos inventamos para soportar algunas cosas. Nadie está lejos de eso, todos nos creamos cierta locura para transitar los días. Llevar eso al nivel de los libros me pareció una forma literaria de pensar cómo cada uno se inventa esa locura para soportar determinadas circunstancias de la vida.

El escritor es licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires.

– Por fuera del Alzheimer, en este libro volvés a pensar en la vejez, porque la narradora también lo hace. Y aparece, una vez más, el cementerio como escenario por momentos muy gracioso, un espacio que ya trabajaste desde el ensayo en un libro anterior. ¿Por qué volviste a los cementerios? ¿Qué pasa ahí?

— Bueno, quizás porque estoy más cerca (risas). A mí me pasó una cosa, que supongo que le debe pasar a mucha gente: hasta determinada edad yo no pasaba ni cerca de los cementerios. Pero bueno, a partir de algunas cosas que tuve que atravesar, como la muerte de mi padre o de mi abuela a la que amaba, o de mi tía, empecé a ir muy a cuentagotas al cementerio a visitarlos. Después pasó una cosa que yo cuento en Lo que resta de la vida: mi hijo se va a vivir a Chacarita y tomamos la costumbre de los sábados ir a caminar por el Cementerio Británico o el Cementerio Alemán. No sé por qué lo hicimos, pero nos resultaba curioso inventarse historias con los apellidos, los nombres de los muertos y un montón de cosas. Después, a mí me pasa que si yo voy al cementerio de mi pueblo, en el cual están mi padre, mi abuela y mi tía, cuando los voy a ver me doy cuenta de que entablo un diálogo con ellos. Con el tiempo he descubierto que casi toda la gente que va a los cementerios lo hace. Y por ahí gente que no va a los cementerios lo hace igual, habla con sus muertos en su casa o cuando está en la playa tirado al sol, en los momentos que lo necesita. Digamos que la comunicación sigue abierta con personas que no están. Y entonces el cementerio, después de visitar varios, me parece ahora un lugar si se quiere extraño pero también tremendamente humano. El cementerio también es un espacio que replica los miedos y no sé si un poco también las esperanzas de una sociedad. Los miedos seguro. El miedo a la muerte es algo que te habita no sé si durante toda la vida, pero a partir de cierta edad seguro. Y eso se focaliza en un lugar específico que es el cementerio. La palabra cementerio viene de dormitorio, es donde duermen los muertos. Pero eso quiere decir también que uno imagina que están durmiendo. Por eso es que uno va y a veces habla con ellos. 

Después de visitar varios, el cementerio me parece ahora un lugar si se quiere extraño pero también tremendamente humano. El cementerio también es un espacio que replica los miedos y no sé si un poco también las esperanzas de una sociedad

– En Bali, la protagonista arma como una especie de escenario muy teatral para hacerlo. Se lleva la sillita, tiene diálogos tremendos.

– Sí, yo supongo que eso también tiene que ver con el Quijote seguro y con mi pueblo. Los pueblos son lugares muy locos. Por ahí pasan las mismas cosas que en cualquier gran ciudad, pero ahí te enterás. Y lo de los diálogos me interesa también por cómo son en mi pueblo. Creo que la manera de dialogar se me metió a mí en mi literatura absolutamente porque la gente no pregunta las cosas frontalmente. A veces hay algo que ya sabe porque le llegó un chisme de alguien, entonces te maneja la conversación de una manera como para que si vos tenés ganas le cuentes. Esa forma de dialogar tan elíptica, tan rara, a mí me atrae, me apasiona porque es la historia mía. Es la manera en la cual me crié comunicándome. Es decir, cuidándome de cómo contestaba las cosas y cuidándome de cómo preguntaba las cosas. Entonces la forma de dialogar en un pueblo es muy divertida pero es muy compleja y uno tiene que estar muy atento a cómo se comunica. Vos la tenés que aprender de muy chico para no equivocarte, para no errarle. 

– Pensando en esto de cómo se dicen las cosas, la narradora de la novela en algún momento vuelve sobre sus palabras, da vueltas, confiesa que algo que dijo en realidad no fue tan así. ¿Por qué decidiste exponer esas fracturas del propio relato, contar esa parte también?

– Ahí hay una cuestión que creo que está en muchísimos de mis libros. A mí me gusta exhibir que lo que estoy escribiendo es ficción y lo que estás leyendo es ficción. Y exhibirlo también provoca una cierta cosa tanto en la escritura como en la lectura, algo que tiene que ver con la verdad. Verosímil me parece una palabra antigua ya. Yo creo que la literatura, en todo caso, apunta a una verdad que es distinta de la verdad de la no escritura. Y bueno, ahí hay un punto. En la exhibición se produce un encuentro entre escritura y lectura que creo que es sano, que está bueno, que es decir “bueno, estoy leyendo esto, es una historia, me la estoy creyendo, no me la estoy creyendo”. Por eso apunto a que el sentido lo dé finalmente la lectura y que vos hagas lo que puedas con todo eso que yo garabateé, que yo escribí, que yo ambicioné. El que tiene que poner todo de sí, el que tiene que terminar eso es el lector. 

A mí me gusta exhibir que lo que estoy escribiendo es ficción y lo que estás leyendo es ficción. Y exhibirlo también provoca una cierta cosa tanto en la escritura como en la lectura, algo que tiene que ver con la verdad

– Te voy a citar. En La vida, la novela y el amor, tu libro anterior, hablás de escribir novelas “para poner entre paréntesis el mundo, el verdadero, para lanzarnos al encuentro de otro mundo, el imaginado”. ¿Cómo te estás llevando con ese paréntesis?

– A mí me pasó que, al principio de este momento tan raro de la Argentina, hace dos años y tres meses, me costaba mucho escribir porque me costaba mucho no estar todo el tiempo informándome y pensando por qué llegamos hasta acá, cómo llegamos hasta acá, qué es lo que nos pasó, dónde quedaron todas nuestras ilusiones. Con el tiempo yo no creo que te vayas acostumbrando pero te das cuenta de que hay que seguir viviendo. En otro sentido, me hacer acordar a algunas cosas que trabajé en un libro que se llama Wërra. Ahí el tema, justamente, era cómo vive la gente la guerra. Me acuerdo de haber leído un libro que contaba en Francia, por ejemplo, gente que iba a refugios que por lo general eran sótanos de bares o qué sé yo, y todos los amores que nacieron en esos sótanos. Porque la vida continúa. Lo vemos ahora: a un tipo se le ocurre empezar a tirar bombas sobre una ciudad y matar a un montón de gente nada más que porque el lugar está lleno de petróleo. Está claro que hay días en los cuales tu vida no puede desenfocarse de ahí. Pero por suerte la vida tiene eso de que tiene que continuar. Entonces uno se sobrepone y hace lo que lo hace feliz, que en mi caso escribir. Así que, sí, yo sigo escribiendo. Lo que no quita que haya días en los cuales no lo pueda hacer porque pasó algo que fue demasiado fuerte y entonces tengo que estar todo el día pendiente de eso, viendo qué puedo hacer, hablando con amigos, leyendo, escuchando la radio. Es un poco eso. Pero la vida sigue y las guerras terminan, los gobiernos cambian.

AL/CRM

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