Leila Guerriero: “La crónica, como la naturaleza humana, está atravesada por la incertidumbre y el sinsentido”
“Un programa del Fondo Nacional de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) destinado a concientizar a los más jóvenes acerca de que toda situación ‘es negociable en la vida’ se aplicó por primera vez en el interior del país, en Las Heras, provincia de Santa Cruz, ante el suicidio de quince adolescentes y la sospecha de esa causa de muerte en otros siete casos”, leyó Leila Guerriero a finales de 2001, en una comunicación que envió a los medios de entonces la ONG Poder Ciudadano. Más adelante, el texto incluía las palabras de un funcionario local que hablaba de desocupación, de falta de expectativas, de ausencia de contención social. Algo todavía incierto pero potente, dice Guerriero más de 20 años después, leyó en ese texto que la llevó a ver qué había pasado en aquel pueblo petrolero ubicado en pleno desierto patagónico a finales de los años ‘90 y comienzos de los 2000.
Entonces, aquello que empezó como una inquietud por parte de la escritora y periodista argentina se convirtió, después de varios años, varias entrevistas y varios viajes a Las Heras, en Los suicidas del fin del mundo, su primer libro, que salió publicado en 2005 y que ahora vuelve reeditado por Anagrama para buena parte de los países hispanoparlantes. Una crónica que combina las historias de aquellos jóvenes que decidieron quitarse la vida, los testimonios de sus familiares y amigos que entre el dolor y el asombro esbozan posibles hipótesis sobre lo ocurrido, el trasfondo de una crisis social y económica devastadora y el estilo sensible de una cronista que se detiene en los detalles, en las palabras ajenas, en la escucha.
– Por lo general, cuando un periodista va a cubrir un determinado asunto, y eso implica hacer un viaje, te envían a partir de una noticia determinada. Hoy mismo podría ser ir a la puerta de Fate por el cierre de la fábrica. Pero en el caso de lo que contás en Los suicidas del fin del mundo pareciera que, en principio, no había algo tan nítido como una noticia. Queda la impresión de que en todo caso fuiste a ver cuál era o a unir unos puntos en el terreno. ¿Recordás cómo fue el punto de partida que te impulsó?
– En ese momento trabajaba en la redacción de la revista de La Nación y colaboraba en Rolling Stone que era del mismo grupo de revistas. Siempre colaboré en muchos lugares y Rolling Stone era una revista a la que yo mandaba por lo menos dos notas grandes por año. Un día, como dice el libro, me llega ese comunicado de Poder Ciudadano y creo que de pronto vi algo así como un tema. Vi una cantidad de cosas en pocas líneas: se hablaba de embarazo adolescente, de desempleo, de precariedad, de alcoholismo, de la privatización de YPF. Era 2001, en pleno final del gobierno de (Fernando) De la Rúa. Las cosas estaban yendo muy en picada, salíamos de la convertibilidad y en ese comunicado me pareció ver, diría, el resumen de la herencia de los años menemistas. Era como una pintura, en chico, de la fragmentación. Era como una pequeña célula de la fragmentación en la que había quedado el país. Dije “bueno, puede ser una nota interesante para la Rolling Stone”. Lo hablé con el editor en ese momento y me dijo “sí, sí, por supuesto”. Todo eso ocurrió, ponele, en noviembre de 2001. Estaba todo listo para emitir los pasajes, viajar, reservar el hotel hasta que llega diciembre de 2001 y estalla la crisis total. Y creo que, no sé, dos minutos después de que viéramos todos esas noticias, me llega un mail del editor diciéndome “Leila, lamentablemente no se pueden pagar viáticos a nada que no sea tomarte el colectivo 19”. Le agradecí y le dije que de todas maneras lo iba a hacer por las mías. Y en marzo del 2002 hice el primer viaje a Las Heras. Era el peor momento para invertir tus ahorros en pasajes, en el hotel. Había que ir a Comodoro Rivadavia a tomar el avión y la Patagonia estaba muy cara en ese momento. Digo, era todo un gasto de guita muy importante, pero yo estaba convencida de que la historia valía la pena. De todas maneras, cuando llegué a Las Heras, llegué con la idea de hacer un artículo para la revista. Hasta que después, cuando terminé de reportear, tuve una conversación con Elvio Gandolfo, que me dijo más o menos esto “por menos de eso Truman Capote hizo A sangre fría”. Por ahí me vio muy envalentonada y pensó que tenía un libro. A mí lo que me llevó, como decís vos, era esto de armar el mapa en el territorio. Porque yo me fui de Buenos Aires con un par de contactos nomás: un periodista local, el profesor de inglés y el hermano de la chica que fue la primera que se suicidó. Primero hice un viaje muy corto para explorar las posibilidades de que hubiera otras personas que quisieran hablar conmigo. Yo suponía que no todo el mundo iba a estar dispuesto. Y fue lo que pasó: no todos quisieron hablar.
– Fuiste varias veces, ¿cómo eran esos viajes?
– Me costaba ir. Recuerdo irme cada vez con una sensación como de mucha zozobra. El lugar es un lugar bastante hostil. Diría que en algún punto te hacía sentir mal. Y si bien yo me iba de acá con muchas entrevistas ya pre agendadas, las cosas podían fallar, la gente podía arrepentirse, todo podía salir mal. Al mismo tiempo, en cada viaje yo me decía a mí misma “cómo puede ser que este tema no lo haya cubierto nadie más”. Pensaba que iba a llegar allá y que iban a estar los móviles de Crónica TV. Pero nada, no había nada de eso. En medio de esa zozobra, iba teniendo la certeza de que veía que en cada viaje la historia se iba armando: cuando ves a la gente varias veces como hago yo, vas cultivando una relación de confianza. Los detalles van apareciendo. Cosas que por ahí al principio no te dicen, por pudor o por dolor, te las dicen después de dos semanas. Pero recuerdo que cada viaje me costaba mucho. Creía mucho en la historia, pero me implicaba un esfuerzo físico. Trabajaba desde muy temprano hasta muy tarde.
– Bueno, ahí contás de cuando fuiste a la bailanta, a uno de los prostíbulos del pueblo.
– Sí, el otro día pensaba en el prostíbulo. Eran épocas sin teléfono celular, nadie sabía que yo estaba ahí. Y pensaba “qué loco porque yo no sé si ahora me metería de esa manera a un lugar así”. La señora del prostíbulo fue súper amable igual, no pasó nada. Pero, no sé, son esas cosas que tienen que ver con cierta confianza. Y creo que la confianza de algún modo te blinda, es eso, te da una especie de blindaje. Supongo que esa ausencia de temor se huele también: la gente percibe que no tenés prejuicio, que no tenés temor, que estás ahí para charlar un rato, que no la estás juzgando.
– En Los suicidas... aparecen varias escenas en las que, a pesar de las reticencias lógicas del dolor por lo que se está contando, hay gente que habla con vos porque parece que nunca ha sido escuchada.
– Sí, es curioso, ¿viste? Sobre todo esa idea de “quiero ser alguien”. Me lo dijeron muchos “quiero ser alguien en la vida”. Me acuerdo de una chica que era la novia de uno de los chicos que se suicidó, una chica inteligentísima. Pero lo que pasa es que, cuando estás ahí, tu mirada no tiene que ser una mirada de conmiseración, tiene que ser una mirada de tratar de escuchar bien lo que te dicen. Porque si estás tapada de piedad, no escuchás nada. Es como si tuvieras tapones en los oídos. Pero sí, esta muchacha que era muy brillante y varios mencionaban esto de “quiero ser alguien” o “acá si no sos alguien”. Aparecían en los relatos esas divisiones sociales. Para mí no era algo nuevo del todo porque tengo una lectura acostumbrada a eso. Yo nací en Junín y me crié ahí hasta los 17. Si bien no es tan chiquito como Las Heras, en aquel momento tenía 23 mil habitantes. Una ciudad completamente distinta, muy próspera, en la pampa húmeda, con mucho dinero. Pero también estaba esta cosa de la mirada del otro. Del prejuicio. De que no eras nadie si no hacías determinada cosa en la Capital. Que si hacías un profesorado, un terciario en Junín medio que te quedabas. Para mí eso es como un patrimonio que tengo. Cuando vas a hacer el tipo de investigación en territorio que yo hago, es como un patrimonio ser alguien del interior también. Entendés cabalmente algunas ideas, ciertos prejuicios. Pero no dejaba de ser muy fuerte esta idea de la falta de perspectiva, de futuro.
– En varios tramos del libro aparecen observaciones profundas alrededor de la idea de la explicación. Cito una: “Los datos dicen pero no explican”. Después, “las cosas se empecinaron en no tener respuesta”. Al final también aparece una especie de enumeración de motivos que circulaban en Las Heras para buscarle una explicación a los suicidios. ¿Por qué crees que se le piden explicaciones al periodismo y a un asunto tan particular como el suicidio?
– Mirá, las primeras entrevistas que di en mi vida fueron las que di cuando salió este libro. Me acuerdo del asombro, del azoramiento que sentí cuando algunos colegas aparecían con una pregunta que yo no me había hecho jamás en el libro. Y era “por qué se suicidan”. Era la primera pregunta que me hacían. En ese momento me sorprendieron las dos cosas: que apareciera esa pregunta y que yo jamás me hubiera hecho esa pregunta. Por eso están enumerados esos intentos de explicación en el libro, pero son casi desestimaciones de la idea de que se puede encontrar una respuesta unívoca. Después, qué sé yo, yo creo que al periodismo más tradicional se le piden explicaciones o se le piden respuestas claras, concretas. Y a cierto género periodístico sí le corresponde dar algún tipo de respuesta asertiva. Si vos hacés un libro de periodismo de investigación para traer a la luz algo que está hecho para ser oculto, para ser una cosa secreta y corrupta, quizá sí tenés que dar explicaciones. Le tenés que decir al lector “mire, en realidad este señor vendió secretamente las armas a este país”. Ahí hay cosas que no podés dejar flotando. Lo que pasa es que a un género como este tipo de crónicas no le podés trasladar ese tipo de preguntas. Porque la crónica, como la naturaleza humana, siempre está atravesada por la incertidumbre y el sinsentido de estar en este mundo. A mí, por lo menos, como alguien que escribe, no me gustan los libros que leo y que tienen respuestas clarísimas para esta clase de historias. Entonces, supongo que cuando escribo no tengo esa mirada. Te habrá pasado a vos que laburás en esto hace veintipico de años: cuando una hace preguntas muy concretas acerca del comportamiento de la gente, lo que obtiene son respuestas un poco zozobrantes y en el fondo falsas. Nadie te puede decir una única cosa si vos le preguntás “por qué te enamoraste de Fulana”. O “por qué decidiste ser filósofa”. Por más que alguien te responda “porque mi papá era filósofo”, siempre va a haber detrás otra cantidad de cosas. Entonces creo que, por un lado, está bien que le exijamos al periodismo algún tipo de respuesta en algún punto. Pero no creo que un libro como este sea un libro para dar respuestas sino al contrario, para crear incomodidad y traer más dudas o más preguntas. La pregunta que yo me haría, en todo caso, es cómo puede ser.
A mí, por lo menos, como alguien que escribe, no me gustan los libros que leo y que tienen respuestas clarísimas para esta clase de historias. Entonces, supongo que cuando escribo no tengo esa mirada
– Decías antes que aparece el desempleo, la precariedad absoluta, la violencia, los abusos intrafamiliares. Pero vos encontrás una manera oblicua de contar todo esto. ¿Para vos la crónica debe ser así?
— ¿Cuándo decís “oblicua” a qué te referís?
– A que no seguís los pasos de una nota informativa más tradicional, sino que vas contando la historia a partir de las personas o algún detalle. Como si te acercaras, pero de costado, para después entrar.
– Bueno, no sé si tiene que ser así siempre. Pero, al menos para mí, la crónica es de alguna manera como encarnar en la gente existente, real, aunque sea gente muerta, una historia. Por eso busco mucho el detalle y soy bastante exhaustiva. Hasta donde pueda, hasta donde la realidad me deje también. Mirá, ahora mismo estoy trabajando un tema largo y sé que hay personas que no van a querer ser entrevistadas. ¿Qué se puede hacer con eso? Nada. Pero trato de agotar todo lo que yo creo que puede entrar en un mapa de reporteo. Muchas de esas cosas a veces quedan afuera porque finalmente no eran relevantes. Pero yo creo que la crónica de alguna manera es eso: un texto que está muy vivo. Que es híper realista digamos, en las descripciones, en el detalle, en las fechas, en el dato. Un texto que leas y puedas sentir que estás viendo un documental. Lo que a mí no me gusta es que ese híper realismo sea previsible. Quiero decir: que sea explícito o muy obvio. Como vos decís, ese entrar de costado yo lo veo expresado en varias cosas. Primero incluso en lo más evidente que es la escritura. Me pasa cuando empiezo a pensar en el arranque de un texto: se me ocurren algunas ideas y lo primero que digo es “¿no es demasiado obvio empezar por ahí?” o “¿No es demasiado ir al punto?”. “¿No es demasiado ya te conté todo?”. Esto creo que también tiene que ver con la manera en la que miro y la manera en la que escucho a la gente que entrevisto. No es que llego a ver a una persona y le prendo el grabador y le digo en este caso por ejemplo, “hábleme de su hijo que se murió”. Empiezo a preguntar por la vida de esa persona que tengo enfrente, que son vidas que me interesan porque de alguna manera, si hubiera alguna explicación posible, la explicación posible está guardada en esa cabeza o en el alma o en su espíritu. Así que sí, me gusta ir rodeando, no ir al punto de entrada. Por eso la crónica es un género que necesita de tiempo. La prisa es completamente enemiga de estas acciones que te describo. Me detengo en la escucha, en la paciencia. Yo en mi vida cotidiana soy una persona sumamente impaciente. Pienso que es porque toda la paciencia me la gasto con los entrevistados (risas).
– No te imaginaba impaciente, sino más bien una persona muy concentrada (risas). Diría imperturbable, hiperconcentrada.
— Sí, sí, sí, súper. Súper híper recontra concentrada (risas). Pero por eso soy impaciente en el sentido de que no me gusta la impotencia. Por ejemplo, no diría “habría que arreglar esa ventana”. No, yo voy a la ferretería, compro tornillos y al rato estoy llamando a la persona que me arregla la ventana. Entonces, sí en esa clase de cosas, soy impaciente. Después, sí, claro, soy súper organizadísima. Muy concentrada. Hay trabajos en particular que lo requieren. La escritura ni hablar, pero también la edición. Entonces sí, sí, en mi vida en general soy una persona híper consciente de lo que hago. No soy para nada despistada ni descontrolada. No delego en otros cosas que sé que tengo que hacer yo. Pero sí soy impaciente conmigo: si tengo que hacer diez cosas en un día quiero hacerlas en la serie o en el orden que yo dije que las iba a hacer. No voy saltando aleatoriamente de una cosa a la otra porque no es ansiedad, es impaciencia. Es impaciencia en el sentido de que incluso cuando algo no depende de mí y veo que está en manos de alguien que es ineficiente, la situación me saca un poco de quicio y prefiero hacerlo yo, ¿viste?
Para mí, la crónica es de alguna manera como encarnar en la gente existente, real, aunque sea gente muerta, una historia. Por eso busco mucho el detalle y soy bastante exhaustiva. Hasta donde pueda, hasta donde la realidad me deje también
– Esta salida de la nueva edición de Los suicidas del fin del mundo en Anagrama coincide estos días con el lanzamiento de la edición definitiva de Frutos extraños, por Alfaguara, con textos que no estaban en ediciones anteriores. ¿Te interesa cambiar cosas, corregís los libros cuando se reeditan? ¿Cambiaste algo en Los suicidas…?
– No, nada. Cero. No le cambié absolutamente nada. Siempre hago eso con los libros. Cada tanto la editorial te dice “buena noticia, reeditamos tal libro, ¿querés cambiarle algo?”. Y yo digo, “no por favor”. No sé, tal vez alguna falta de ortografía que alguien haya detectado. Pero en general no toco nada porque no se me ocurre nada más desgastante que leerse a una misma. A Los suicidas del fin del mundo lo tuve que releer hace muy poco tiempo porque se tradujo al francés y en esa edición salió con un prólogo mío, una especie de nota introductoria bastante larga. Y la verdad es que no lo tenía muy recordado, entonces lo releí todo. Me llamó mucho la atención darme cuenta en ese momento que es el único libro que yo escribí con capítulos. Yo nunca volví a escribir con capítulos. Pero en general no vuelvo a revisar el trabajo. Primero que nada, porque respeto a esa persona que fui, que soy y que hizo. Entonces no me siento con ganas de ir a enmendarle nada. En el caso de Frutos extraños son los textos tal cual se publicaron en los medios de comunicación. ¿Sabés qué? Yo le pongo mucho laburo a los textos. Como hacés vos, como hacemos todos. Y, no sé si te pasa, pero llega un momento en el que aparece como una sensación de hartazgo. Ya cuando llega al libro impreso y digo “chau, buena suerte”. No lo quiero ver más. Tampoco tengo tampoco una relación fetichista con el objeto libro, cuando te mandan ejemplares justificativos con nuevas ediciones. Quizás debería tenerla, ¡pero mira si me arrepiento de algo! (risas).
– Viajás mucho por trabajo, te encontrás con colegas de otros países o con lectores. Sospecho que debe llegar el momento inevitable en el que alguno te pregunta “qué onda Milei” o “qué pasa con Milei”. Hablábamos antes de las explicaciones que se le piden al periodismo. ¿Qué respuestas esbozás en estos casos?
– La verdad es que sí, siempre preguntan. Es un poco raro también ese gesto, que vengan los colegas y que pregunten así. Porque no es una pregunta que yo les haga. No es que llego a España y pregunto “qué tal Pedro Sánchez”. Me desconcierta un poco esa pregunta. Pero bueno, siempre digo más o menos lo mismo, que, es tan explícito lo que pasa, que todo que lo que lean es lo que sucede. Obviamente, uno siempre puede mirar un canal o leer un diario o leer el otro. Lo que trato de decir es un poco eso, que es como muy explícita la situación: la hostilidad, las agresiones, las medidas económicas son tan tremendas que no hay sutilezas para explicar. Lo que ves es un poco lo que hay, digamos. Lo que sí creo es que yo prefiero pensar en qué hacemos con eso. Y creo que todavía estamos buscando. Yo, por lo menos, estoy buscando una manera inteligente de decir las cosas sin caer en la indignación, en el desprecio, en el insulto. No es mi manera en general y, me parece que, al contrario, si hiciera eso sería como sumar confusión a la confusión, fuego al fuego, si querés. Pero sí, la pregunta es un poco inevitable. Preferiría que me preguntaran de otras cosas (risas).
– ¿Creés que es por la rareza, por la particularidad o la sorpresa con que se ha mostrado a Milei en algunos lugares?
– Yo creo que es por la particularidad. Sí. No creo que la gente esté realmente interesada por nuestro porvenir de manera solidaria. No creo que se fueran a preocupar demasiado si nos va mal o si se fueran a alegrar demasiado si nos va bien. Me parece que es un fenómeno muy extraño en el panorama de la política. Es una figura que llama mucho la atención. Y es de un país que no es un país central, justamente. Entonces se junta que él es un poco extravagante y por esta extravagancia de pronto está todo el mundo hablando de él. Creo que los impresiona un poco su manera de expresarse y muchas de las cosas que dice.
– Sé que no estás en las redes sociales, pero ha ocurrido recientemente que algunas de las columnas breves que escribís para El País provocan allí algún que otro revuelo. Pasó en las últimas semanas con una que se llamaba “Amor y desamor”.
– ¿En serio? No tenía ni idea. No, no tengo redes sociales. No tengo ninguna red social. No tengo perfil falso tampoco. Pero sí tengo la clave de una cuenta porque durante un tiempo lideré un movimiento acá en mi barrio de vecinos autoconvocados para morigerar el impacto del Movistar Arena. Ahí se armaron unas redes y ahí aprendí un poco a manejarlas y tengo las claves. A veces miro algunas cosas, qué sé yo, el Instagram de Matías Rivas, mi editor de Ediciones Universidad Diego Portales, que me encanta. O el del Paris Review of Books que cita frases de autores hablando de la escritura. Después con Twitter sí, ponele, desde ahí leo a Martín Caparrós. Tampoco sé cómo manejarlo. Yo entro ahí y miro y si encuentro que me interesa. Me he metido en cuentas esporádicamente por algún perfil. Por ejemplo, Silvia Labayru, la protagonista de La llamada, tiene Facebook. En ese momento a mí me sirvió. Incluso tomé frases del Facebook de Silvia para poner en el libro. Ahí eso me interesa verlo porque obviamente también es una vida. Es como rescatar cuando uno sueña. Bueno, los sueños son parte de la vida. Pero no, no tengo idea, ni me meto a ver esos comentarios que me decís. No sé nada. La gente que escriba lo que quiera. Antes hablabas de que soy concentrada. Y sí, soy, pero es algo que siempre cuesta. Cuesta muchísimo lograr ese altísimo grado de concentración. Siento que la red social te puede sacar de eso cada treinta segundos. Te digo, no soy una persona que esté ajena al ego, ni al narcisismo, ni a todas esas cosas. Si usara una red social y pusiera la gran frase que se me acaba de ocurrir o diciendo “miren lo que publiqué en tal lugar”, ¡a los tres minutos estaría mirando qué piensa la gente de eso! (risas). Hay personas que a eso lo manejan bien. Yo siento que no lo podría manejar bien.
– Repasando la nueva edición de Frutos extraños, que recorre más de veinte años de tu trabajo, resulta apabullante la cantidad de cosas que escribiste y también la variedad de lugares donde lo hiciste. Hoy hay muchos medios de esos que ya no existen o se achicaron o no tienen tanto espacio y, al mismo tiempo, las condiciones económicas que ofrecen algunos son cada vez peores. ¿Qué pensás de esto? ¿Cómo ves este panorama?
– Mirá, con cierta cautela. Por un lado, es verdad lo que vos decís, pero cuando empecé a trabajar en esto casi no había ningún lugar donde pudiera publicar. Yo empecé a laburar en Página 30 que era la revista de Página 12. En ese momento, si querías conseguir un libro de crónicas acá en el país no sabías ni dónde buscarlo. De hecho, Larga distancia, de Caparrós yo lo tenía fotocopiado. Y con los años lo conseguí en uno de los viajes de regreso de Las Heras a Comodoro Rivadavia en una librería de por ahí. Era inconseguible. O sea, no había lugares donde publicar. Con el tiempo, bueno, empezaron a aparecer revistas como Soho, El Malpensante, Gatopardo, Etiqueta negra. Hubo como una especie de despertar de medios. Después, es cierto, algunos desaparecieron. Pero todavía hay lugares que siguen. En El País Semanal, ponele, se publican crónicas muy largas, aunque obviamente lo largo no es siempre sinónimo de calidad. Pero bueno, por un lado sí veo como una dificultad encontrar lugares de publicación. Antes te hablaba de la Rolling Stone: ahí yo publicaba notas de 16 páginas, trabajaba meses en eso. No sé si ahora siguen así. Pero me parece que el panorama es más desalentador si lo mirás solo en un país. Si ves el panorama de la crónica a nivel panamericano, que creo que es como hay que verlo, realmente es un panorama interesante. Porque la crónica es un bicho sin fronteras, digamos. Podés leer en España una crónica sobre el tipo que fue a investigar la historia de una mina en Bolivia y podés leer en Perú la historia de un tipo que fue a investigar un asesinato en Uruguay. El panorama no es tan desalentador. Hay sitios, hay redes de periodistas. Hay periodistas que han montado revistas web. Y, por otra parte, está también el panorama muy saludable y alentador de la publicación de libros. Hace diez años mi biblioteca de libros de crónicas eran dos estantecitos y la mayor parte era de Martín Caparrós y (Ryszard) Kapuściński. Hoy en día ya no me entran más libros en los estantes. Las editoriales están publicando cada vez más crónicas. Random, por ejemplo, que empezó a traducir y a publicar a Joan Didion con su parte de no ficción. Anagrama con su colección de crónicas, con su premio de crónica. También la editorial Círculo de Tiza. Incluso hay cada vez más editoriales dedicadas específicamente a la no ficción. Entonces sí podemos decir que quizás es más difícil hoy en día que una revista te dé veintitrés o veinticuatro páginas para publicar un texto. Pero, a lo mejor, ese texto puede ser un pequeño libro en vez de un artículo. Si elegiste bien el tema, si el tema viaja a un tiempo, si viaja a un espacio. No sé, yo no soy tan pesimista en ese sentido.
Llega un momento en el que aparece como una sensación de hartazgo. Ya cuando llega al libro impreso y digo “chau, buena suerte”. No lo quiero ver más. Tampoco tengo tampoco una relación fetichista con el objeto libro
– ¿Y en cuanto a lo económico?
– En este sentido lo que sí me parece es que las redes de la compensación nunca fueron tan evidentes. Hoy puede venir el periodismo gringo, no sé, te contrata New Yorker y te paga miles de dólares para que te dediques seis meses a hacer equis cosa en Kazajistán. Acá en América Latina estamos más habituados a hacer muchísimas cosas al mismo tiempo para poder solventar una investigación de fondo más larga. De esas que decís “bueno, lo que me pagan por este artículo no compensa que pasé siete meses investigando”. Pero durante todos esos siete meses también hiciste otras cosas, diste talleres, hiciste conferencias, escribiste artículos más cortos. No debería ser así, hay que hacer una especie de esfuerzo un poco extra. Es injusto. Pero bueno, con el tiempo y una vez que armás toda esa dinámica, te das cuenta de que tiene recompensa como decía la canción, que hay recompensa. Recompensa en el sentido de que también eso que vas haciendo, si lo hacés bien y honestamente, genera una vuelta de toda clase. En todo sentido. En el hecho de que, de golpe, la gente conoce más tu trabajo entonces una persona que por ahí no está dispuesta a hablar con la prensa sí está dispuesta a hablar con vos porque te leyó. Y eso hace que tu laburo tenga más relevancia. Digo, es un sistema como de descompensación y compensación.
– Para cerrar, no te voy a preguntar qué estás escribiendo porque me parece de mal gusto, pero sí quiero saber qué estás leyendo.
– Sí, yo nunca le cuento a nadie en lo que estoy trabajando excepto a mi pareja y a mi psicoanalista (risas). Estoy releyendo Libertad de Jonathan Franzen que es un libro que me ha encantado siempre. Franzen es una cosa muy extraña, ¿viste? De golpe sale con algo como Encrucijadas, que es uno de los mejores libros. Es maravilloso. Me compré ayer el libro sobre Eve Babitz y Joan Didion y estoy con ese. Y también estoy leyendo, muy de a poco, porque quiero que me dure, a Kurt Vonnegut. Es un amor encontrado, ¿sabés? Obviamente sé de su existencia desde siempre, pero era un autor que yo no podía leer. Pero de pronto, desde el año pasado, fue un choque, un meteorito en mi vida. Ahora me voy de viaje y me voy a llevar Madre noche, una novela de él que todavía no leí. Cada libro que leo digo “ay no, no queda tanto, que no se termine” (risas).
AL/CRM
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