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¿Unidad hasta que duela?

Indignados de hoy, pragmáticos de mañana: la crisis que despertó la votación de la reforma laboral en el peronismo

La bancada peronista durante la votación de la reforma laboral en la Cámara de Diputados

María Cafferata

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“Cuida a tu provincia, ¿para qué te votaron?”, le grita, enojada, Paula Penacca, diputada de La Cámpora, a las tucumanas que responden a Osvaldo Jaldo que se están sentando para dar quórum en la sesión de la reforma laboral. “Ganen las elecciones”, le responde, también a los gritos, Elia Marina Fernández, quien integró una lista de unidad con La Cámpora hasta hace solo unos meses. La reforma laboral de Javier Milei quebró al peronismo en su columna vertebral –el trabajo– y lo arrastró a una crisis que hubiera deseado evitar. Los pragmáticos de ayer, kicillofistas y cristinistas, se chocaron con la “traición” de los gobernadores y se preguntan, como en 2019, “¿es con todos?”.

Cristina Fernández de Kirchner siguió la votación en la Cámara de Diputados desde su departamento. Era su cumpleaños y ya hace tiempo que el estricto régimen de visitas que le impuso la Justicia le impide casi hacer política. Atrás había quedado la carta posterior derrota electoral en la que, tras cuestionar la decisión de desdoblar la elección bonaerense, destacó las victorias en Catamarca y Tucumán y abogó por tener “flexibilidad” con los gobernadores de cara al futuro. “Son ellos los que no quieren estar con nosotros”, explica un dirigente de su círculo chico. La tregua había terminado.

CFK había dado vía libre a disparar contra los gobernadores peronistas que, como Osvaldo Jaldo, Raúl Jalil o Gustavo Sáenz, habían habilitado la sesión de la reforma laboral. Y la tropa cristinista salió a cruzarlos con dureza: fueron ellos, más que el propio Gobierno, los destinatarios de la metralleta discursiva. “La traición que hicieron los salteños al dar quórum. O los misioneros y los tucumanos, y no estoy hablando de LLA. Porque eso es honestidad intelectual. Los que chorean son los peronistas que se sentaron en el medio y dieron quórum”, atizó, con dureza, Vanesa Siley, en la sesión.

Cristina Fernández de Kirchner junto a Vanesa Siley

Siley no fue una excepción. La tropa cristinista salió, al unísono, a apuntar contra los gobernadores. La secretaria general de La Cámpora, Lucía Campora, los insultaba en el recinto, mientras que, en paralelo, Mayra Mendoza, los cruzaba en redes sociales. “Los que asumieron sus bancas por el peronismo y hoy votan esto son, casualmente, los que quieren terminar con el kirchnerismo. ¿Será porque nosotros siempre defendemos a los trabajadores y no negociamos por un cordón cuneta?”, deslizó la ex intendenta de Quilmes, muy cercana a la ex presidenta. 

No fue solo el cristinismo, sin embargo. Massistas y kicillofistas se movían por el Congreso con ira y resignación, y apuntaban siempre los cañones a un mismo destinatario: los gobernadores que habían traicionado el mandato popular y se habían alineado con Milei. “Van a perder las elecciones así. No entienden que no existe más el centro, que Karina los va a arrasar en las provincias. No tienen más estrategia que la supervivencia a corto plazo”, reflexionó un dirigente massista que, en el pasado, compartió muchos asados con Sáenz. Incluso un Año Nuevo. 

El pasado 15 de octubre, el ministro Luis Caputo se reunió con los gobernadores Osvaldo Jaldo, Gustavo Sáenz y Raúl Jalil y allí nació la idea de la cena de este lunes con el presidente Javier Milei.

El kicillofismo, mientras tanto, estaba irritado pero sabía que no podía ser tan locuaz. El motivo era que Axel Kicillof pretende comenzar a construir su armado federal presidencial durante 2026 con ayuda de los jefes territoriales de cada provincia. El gobernador bonaerense busca crear un “gran frente democrático” que incluya a todos los partidos y dirigentes que quieran hacerle frente a Milei. Y eso, hasta hace 48 horas, incluía también a los gobernadores del Norte.

Kicillof, además, mantiene un diálogo acotado con Jalil y Jaldo. Aunque no en la previa de la votación, advierten en La Plata, en donde estaban en alerta ante las críticas que habían surgido dentro del cristinismo por una reunión que el ministro de Trabajo bonaerense, Walter Correa, había tenido hace varios días con Alberto Arrúa, uno de los diputados misioneros que votaron a favor de la reforma laboral. “Operaciones de quienes les estuvieron festejando la victoria electoral de esos gobernadores hace poco”, se quejaban en el kicillofismo.

Axel Kicillof en una recorrida el día después de la votación en la Cámara de Diputados

Más allá de la encerrona bonaerense, que aprovecha las crisis para echarse las culpas, Kicillof sabe que tendrá que encontrar una salida a la atomización peronista si quiere convertirse en el candidato de la oposición. Especialmente frente a un calendario que le marca que, en unos meses, deberá empezar a recorrer el país. 

“Nosotros vamos a construir con todos los que se quieran oponer a Milei. Pero no veo que les interese ser opositores a Milei a los (gobernadores) que indicaron a sus legisladores votar estas leyes”, argumentaron en el entorno del gobernador bonaerense. 

¿Unidad hasta que duela?

La pelea entre el cristinismo y el peronismo “del interior” más mileista continuó mucho después de la votación. El ministro de Interior de Tucumán, Darío Monteros, cruzó a Siley en Twitter y acusó al cristinismo de ser responsable de la crisis del peronismo. “No nos vengan a endosar responsabilidades a quienes hoy tenemos que ordenar, gobernar y contener después de una derrota que fue consecuencia directa de esa conducción. Las provincias no fallaron: falló una forma de hacer política que alejó al peronismo de la gente”, se quejó Monteros.

Siley le respondió, pero, más allá de los cruces, un sector del kirchnerismo admitía, por lo bajo: “Ya sabíamos que Jaldo era de Milei y fuimos con él a la elección. En todo caso se hará como con Massa, que fue aliado de Macri los primeros dos años, y después fue nuestro candidato a presidente”, remarcó un dirigente con terminales tanto en el cristinismo como el kicillofismo. 

La comparación con Massa fue una constante tras la explosión indignada de algunos dirigentes. Si el tigrense, que había cantado que iba a meter presos a todos los de La Cámpora, se había vuelto íntimo de Máximo Kirchner y convertido en el candidato del cristinismo, ¿quién podía animarse a cerrarle la puerta a los gobernadores que habían votado con Milei?

Culpar a los gobernadores sin entender cómo se llegó a esta situación solo profundiza la crisis y fortalece a Milei. En este nivel de atomización y diáspora no tiene sentido caerle a los gobernadores. En todo caso hay que generar las condiciones para que tengan otras alternativas. Y eso se hace con un proyecto de poder”, reflexionó, más cauto, uno de los principales armadores del kicillofismo.

Máximo Kirchner durante la sesión de la reforma laboral

Incluso en el cristinismo furioso, que viene manteniendo hace un tiempo una fuerte disputa con algunos PJ provinciales, sostienen que, al final del día, prevalecerá la bandera del pragmatismo. “Hay tiempo de recomponer, pero hay que ver si ellos quieren. Sin proyecto de hegemonía política va a ser difícil”, suspira un referente de La Cámpora.

MCM/MG

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