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Entrevista

Patricio Rago: “La literatura y el juego son formas de enfrentarse al individualismo horrible que propone el neoliberalismo”

Patricio Rago es librero y ex jugador de hockey. Acaba de publicar el libro "Homo ludens".

Agustina Larrea

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“Me gusta pensar que el hockey nace en los albores de la humanidad, en una escena parecida a la del principio de 2001 Odisea al espacio, en la que el homínido agarra el hueso y le da con fuerza contra el piso mientras suena la monumental apertura del Zaratustra de Strauss. Y estoy seguro de que, a partir de ese día, el ser humano siempre disfrutó de pegarle con un palo a cualquier cosa. Y sí, no hay nada más lindo y más terapéutico, la verdad, es muy liberador”, señala el narrador de Homo ludens (Emecé, 2026), de Patricio Rago, en uno de los tramos de la novela. Quien habla, se mueve con sus amigos, practica hockey, se junta todos los viernes a comer asado y por momentos reflexiona es Patricio, un hombre que se asemeja, como todo lo que sucede en el libro, a su autor, a sus amigos, a su club de toda su vida y a sus días de librero y ex deportista.

Como si buscara tironear de la trillada etiqueta que suele señalar que algún relato está “basado en hechos reales”, Rago arma un texto donde confluyen su experiencia como jugador de hockey profesional, las voces que lo acompañaron a lo largo de su trayectoria, los diálogos que escuchó o imaginó alrededor de ese universo, las fábulas y un ecosistema de personajes que no paran de moverse. Como ocurría en Ejemplares únicos, su libro anterior en el que recuperaba historias también movedizas alrededor de su local de venta de libros usados, en Homo ludens propone un engranaje que tiene en el centro a un grupo de amigos que van del club al asado, de la gira a la fiesta, del chiste más escatológico en un vestuario a la confesión más íntima. Desde una mirada piadosa y sentimental, el autor evoca así las piezas de un mundo evanescente donde todavía algún tipo de fraternidad y de unión parece posible. 

"Homo ludens", de Patricio Rago, salió por Emecé.

– Como pasaba con Ejemplares únicos, tu libro anterior, acá volviste a tomar elementos, escenas, personajes y experiencias vitales propias para armar Homo ludens. ¿Cómo es tu vínculo con el hockey?

– Fui jugador de hockey y el libro está inspirado en historias que vi en mi club de toda la vida con mis amigos y compañeros, los campeonatos, las giras, los vestuarios. Jugué desde los 5 años hasta los 39. Jugué en Europa, jugué acá, fui profesional, me fui, volví. Así que la mayoría son experiencias de primera mano aunque claro que hay una carga de ficción en el texto, diría que muchísima. Es que a mí siempre me interesa esa zona entre la ficción y la no ficción digamos, que se asuma que algo nuevo aparece cuando lo contamos. Es un juego que me interesa, que haya un verosímil y que el lector se entregue también como si fueran realmente todas historias reales, inspiradas en la vida, pero que al mismo tiempo se note que hubo un trabajo de ficción muy grande. No sé si hablar en términos de “obra”, porque me parece muy solemne, pero para mí hay algo de la experiencia inmediata que siento que me enriquece mucho y me da un pie para la ficción. Quizás en un futuro escriba un libro completamente imaginado 100 por ciento, qué sé yo, con historias de la China medieval. Pero por ahora me interesa esto de tomar mundos que ya habito y darles un carácter de ficción. 

– En el libro hay una consciencia sobre el propio libro: aparecen conversaciones entre los personajes alrededor del título, algunos se preguntan cómo van a aparecer, qué cosas se van a contar de ellos. Daría la impresión de que es un libro que tenías encima desde hace mucho tiempo. ¿Fue así realmente? ¿Cómo fue que dijiste “tengo que contar una historia sobre el hockey”? 

– Sí, un poco es así. Después de terminar con el proceso de Ejemplares únicos, empecé a pensar en próximos proyectos. Y un libro del hockey de alguna manera estaba flotando en mi mente. Quería contar todas aquellas cosas que yo veo en el mundo del deporte. Por un lado porque me alucina que el deportista no es consciente de todo lo que le pasa dentro de la cancha. Y porque quería mostrar cómo lidia con la frustración, con el fracaso. Y, por otro lado, también está todo lo que pasa afuera de la cancha, que tiene mucho para narrar. Entonces me parecía que ahí había un mundo muy rico y que notaba que no había sido algo muy narrado. Así que empecé a hablar un poco con los pibes del equipo, a ver qué aparecía ahí. Pero la verdad es que este libro lo empecé a escribir mucho antes de sentarme con el machete y arrancar con los capítulos. 

– ¿La forma salió de entrada? Porque aparecen relatos de escenas deportivas concretas, otros donde hay diálogos y otros que se parecen como a pequeñas piezas más ensayísticas.

– La escritura del libro tuvo un primer momento de furor, de sacar muchas historias, de escribir, escribir, escribir. Cuando ya empecé a ver las características que iban ganando esos textos me di cuenta de esto, había relatos que casi podían cerrarse en sí mismos, otros eran diálogos medio teatrales y otros eran ensayitos sobre aspectos concretos del hockey y algunas otras cosas medio inclasificables. Cuando tuve un volumen grande de producción dije “bueno, qué estoy viendo acá”. Y ahí vi que llegaba el momento del ensamblado, de pensar cómo armo la estructura de este texto. Porque, además, hay capítulos que pasan en el futuro, otros en el 2015, otros atrás, otros adelante, otros que giran sobre un determinado personaje. La estructura es la de un campeonato, de una novela que se va ensamblando.

Patricio Rago nació en Buenos Aires, en 1982.

– En todo el libro hay mucho registro de la oralidad. Están los diálogos guarrísimos de vestuario o de los asados, las expresiones concretas del hockey, pero también las referencias particulares de este grupo de amigos, que citan todo el tiempo capítulos de Los Simpson, son bastante escatológicos, hablan de la película Misery o de varias otras referencias populares. ¿Fue un ejercicio de recreación? ¿Anotabas a medida que ibas escuchando estas cosas? 

– Lo que hice durante la escritura es que tomé muchísimas notas. Notas durante el día y también notas cuando estaba con los chicos, con mis amigos. Hay un código de humor que está muy presente, una complicidad donde cada uno participa con un chiste. Estuve mucho tiempo haciendo un trabajo como de investigador, anotando algunos chistes o algunos giros y tratando de captar cómo hablaba cada uno de los personajes. Para mí era muy importante la coherencia con la que cada personaje habla y se expresa y reacciona ante la realidad. Entonces sí, capturé mucho o traté de capturar la oralidad, cómo hablan, qué dicen, quién es el más guarro, quién es el más conservador, quién tiene una obsesión con determinados temas. Y estuve mucho tiempo tomando notas muy como de observador. Mirándolos. 

– ¿Les avisaste que estabas escribiendo puntualmente sobre ellos o con lo que ellos te fueron contando? Porque mucho de lo que dicen es una especie de motor para la narración.

– Claro, los pibes sabían que yo estaba escribiendo. Pero yo no quería que ellos se condicionen con mi mirada, tampoco es que les ponía un grabador delante. Pero sí tomaba algunas notas o cuando me acordaba de alguna cosa anotaba. A mí siempre me interesaron las historias, eso que te cuentan algunos tipo “el día que nació tal pasó tal cosa”. Y en el deporte hay una cantidad enorme de relatos de momentos épicos que se van transformando, que mutan, que cambian según las miradas. Esa es una de las cosas que el deportista no sabe o no es consciente del todo: los pibes son grandes narradores y no lo saben. Algunos son narradores natos, otros van sumando a un relato colectivo. Me gustó pensar una especie de construcción de la memoria que tiene la vida de un deportista. En este caso, diría que de un grupo de amigos. Porque todos los grupos de amigos tienen sus anécdotas, sus relatos de un viaje, las vacaciones en tal lado. Quise hacer ese rescate de la memoria para que no quedara solo en la oralidad o exclusivamente en la práctica deportiva. Porque en el hockey y en el deporte en general no importa solo lo que pasa dentro de la cancha sino que tiene mucho peso lo que pasa afuera. Todo esto del vestuario, el tercer tiempo, los vínculos de amistad, los códigos de humor, la red de comunidad, formar parte de un equipo, de un lugar. Y es también una manera de entender el deporte. Ni los pibes ni yo fuimos jugadores de esos que se entrenan y solo les importa ganar y el rendimiento. Jugamos al hockey pero también nos importa divertirnos, salir, fumar porro, escabiar, bailar.  

– En el libro eso se nota bastante (risas).

– ¡Sí! Es una manera de vivir el deporte desde el hedonismo y también entender la vida a través del juego.

– Me imagino que mientras escribías o tal vez antes pensaste en los puntos en común entre el deporte y la escritura. ¿Uniste esa línea de puntos?

– Sí, creo que algo de eso me pasó cuando empecé a escribir el libro, cuando quise entrar en ese clima. Y empecé a ver esos paralelos que hay entre la práctica de la escritura y la del deportista con el juego. Siempre digo que la búsqueda de la voz narrativa de un escritor se parece mucho a la de los deportistas. Ponele, un jugador que quiere jugar de 9 porque de chico quería jugar de 9 y en realidad es un buen 5. Hay algo parecido en esto de encontrar las propias posibilidades y llevarlas al máximo. Eso me parece que pasa tanto en la literatura como en el deporte. El deportista todos los domingos se enfrenta a la posibilidad de la derrota y siempre sabe que hay revancha. Me interesa esa posibilidad de lidiar con el fracaso y eso yo siempre lo veo como una especie de superpoder, una tranquilidad, una certeza de que, bueno, hoy perdiste pero el domingo que viene podés tener revancha. Y en la literatura creo que algo de eso también hay. En cada libro podés tener revancha, en cada texto. Si sentís que algo que escribiste no te salió, o no estuvo a la altura de tus expectativas, vas a tener otra oportunidad, tranqui. No es tan grave. Para mí, por lo menos, pero sé que hay gente que lo vive de manera terrible. También hay algo de la práctica del oficio, de una práctica física. El acto de la escritura es un acto físico que requiere un esfuerzo de todo el cuerpo, no es solo mental. Requiere una apuesta, una entrega, cierta cuota de azar también. Como en el hockey.

– En uno de los textos del libro te referís a una especie de utopía, una revolución encabezada por grandes deportistas. ¿Cómo surgió esa idea? 

– Mirá, por mi vida y por mi trabajo yo me la paso cruzando del mundo de la literatura al mundo del deporte. De alguna manera siento que estoy en el medio siempre, trayendo de un lado para el otro. Ese cruce es algo que me re interesa. Esa idea del texto nació a partir de algo que noto bastante y te voy a ser muy sincero. Cuando me tengo que juntar con mis amigos escritores para alguna cosa hay mucha vuelta, alguno que te dice “no puedo”, “está lloviendo”, “me siento mal” (risas). A los pibes del hockey les digo “muchachos, hacemos un asado” y al rato es todo tac, tac, tac. Hay algo de la practicidad de los pibes de estar muy en la tierra y en el hacer, en no tener toda esa carga neurótica para algunas cosas que en otras personas sí está. Entonces me pareció divertido proponer que si uno lograra organizar a los hinchas, a los jugadores, a las personas que tienen una pasión, a los deportistas se podría lograr algo muy groso. ¡Sería una revolución espectacular! Si bien hubo ciertos casos de deportistas comprometidos, con Diego Maradona a la cabeza, que fue el más grande, me gustaba imaginar ese juego, ver cómo se movería una propuesta política desde una mirada ideológica en un mundo que parece no tan ideologizado, o donde no hay una presencia fuerte desde el discurso de eso. Entonces pensaba en que en los deportistas hay una capacidad, un potencial en el hacer, una energía. ¿Qué pasaría si un día se animasen a romper todo? Bueno, como digo en el libro, si se pudiese, no sé, yo la tiro.

La búsqueda de la voz narrativa de un escritor se parece mucho a la de los deportistas. Ponele, un jugador que quiere jugar de 9 porque de chico quería jugar de 9 y en realidad es un buen 5. Hay algo parecido en esto de encontrar las propias posibilidades y llevarlas al máximo. Eso me parece que pasa tanto en la literatura como en el deporte

Homo ludens es un libro ciento por ciento de varones, salvo alguna jugadora de hockey que aparece en un capítulo puntual y en personajes laterales, como la dueña de un kiosco, la novia de tal. ¿Pensaste en cómo sería leído esto?

– Sí, es una gran pregunta que me hice y una cuestión que claramente surge. Es un libro de varones, de chabones, sin dudas. La verdad es que por un lado la experiencia mía directa y demás está dada en un equipo de hombres. Son mis amigos. Empezar a sumar personajes me parecía que algo podía ser medio forzado, si bien hay una chica que es Clarita, que es una crack maravillosa, y hay otras chicas que aparecen cada tanto. Pero los relatos no están centrados en prácticas de mujeres y sé que esto sale en este momento en donde están los reclamos del feminismo y sus luchas. Y sé que era muy arriesgado pero también era algo que de alguna manera tenía que trabajar pero no lo podía forzar. A la vez también me pareció que esto que escribo podía ser como un descanso de toda otra literatura que se viene produciendo, un libro que sea completamente diferente mostrando quizás una mirada sobre la masculinidad desde lo animal, de lo primitivo, con cierta ternura. Algo muy de amigos y también cargado de homoerotismo en el vestuario. Entonces me pareció que el gesto estaba ahí. Claramente después el libro hace su camino. Pero sí, intenté tener mucho cuidado. A la vez, fue mostrar el mundo de los pibes como estos pibes son, no podía armar un universo de chicos súper deconstruidos hablando con la “E” ahí, era un montón. También era un desafío lograr que los lectores y las lectoras pudieran sentir empatía con los personajes. A veces pasa que a los jugadores de hockey se los imagina igual que a los jugadores de rugby entonces también nos ubican en un lugar complicado. Siempre hay prejuicios con el universo del deporte, incluso adentro mismo del deporte. El hockey, por ejemplo, siempre fue visto como un deporte vinculado a las mujeres y mucha gente se sorprende cuando les contás que jugás con tus amigos o incluso de chiquito otros deportistas te llegan a cargar por eso. Creo que esto vuelve un poco más atractivo el relato. Además, es una ficción sobre un deporte sobre el que creo que no se escribió. También pasa que muchas veces las ficciones sobre el deporte en general apuntan más a un lugar medio costumbrista o más desde la mirada del hincha. Así que me pareció que por ahí venía bien estar contando una novela donde la épica esté en un equipo de hockey, en sus asados, en sus porros, con mucho de humor absurdo.

– El libro por momentos pareciera traer algo un poco anacrónico, con esto de los rituales, con este espacio del club como una apuesta a lo colectivo, con los asados o los terceros tiempos. ¿Cómo fue pensar en ese universo analógico en tiempos tan virtuales?

– La verdad es que para mí la vida del club, casi como una práctica de filosofía de la vida, tiene un impacto en la salud mental y física de las personas que es inundable. Estar dos horas corriendo bajo el sol jugando a algo, estimulado, desarrollando el corazón, no pensando en nada de todo lo que te estresa de manera crónica, es espectacular. Estar en un asado con amigos después, saber que te espera ese asado, que va a haber risas y charlas y te vas a encontrar y al otro día te vas a despertar relajado, feliz; para mí eso no tiene comparación. Yo fantaseo un poco con que este libro impulse a padres y a madres a llevar a niños a jugar algún deporte colectivo, a una vida de club. O en algún sentido a romper con tanto aislamiento y con tanto individualismo. En la cancha y también en el asado, eso de estar conectados con un ritual que es algo muy atávico de la humanidad, el momento del asado alrededor del fuego. Estás alrededor de un fuego con amigos y no estás mirando ninguna pantalla. Mirar el fuego, que además es la cosa más maravillosa, más hipnótica que hay. Entonces creo que la propuesta también del libro es esa presencia y ese estar juntos que es tan importante para un grupo de amigos. Ellos juegan al hockey, quieren ganar, quieren perder, pero en realidad lo que quieren es estar ahí. Creo que también todo esto habla un poco del juego como algo sin finalidad ulterior, el único sentido que tiene el juego es estar en un presente. Y también es algo muy anticapitalista: no hay extracción de plusvalía, no hay consumo, no hay nada, no hay una explotación. Son personas que están ahí jugando. De alguna manera mi propuesta es esa, decir “che, bueno, puede haber otra forma de vincularnos”.

Rago es dueño de Aristipo Libros, una librería de usados ubicada en el barrio porteño de Villa Crespo que se especializa en literatura y filosofía.

– Algo similar sucede alrededor de tu librería, donde además de tener un grupo de gente que viene a comprarte libros, por lo general pareciera que buscás propiciar vínculos, llegás a armar periódicamente fiestas gratuitas y multitudinarias en la vereda. ¿Siempre estás dándole vueltas a la idea de comunidad?

– De verdad no siempre me doy cuenta, pero yo amo formar comunidad y presentar gente, hacer conocer unos con otros, que la gente arme vínculos me parece lo más enriquecedor del mundo. Esta idea del individuo como un ser único y autónomo me parece cualquiera (risas). Me pasa, por ejemplo, cuando pienso en la escritura. Ponele, este libro yo no lo escribí solo. Lo escribí con Paz y con Alejandro que son mis dos primeros lectores que me tachan, me marcan y acomodan. Lo escribí también con la oralidad, con los pibes. Para mí hay toda una práctica de la vida que es en comunidad. Entonces, desde mi lugar, ya sea con el hockey o con los libros, trato de hacer algo. De alguna manera, la literatura y el juego son formas de enfrentarse a este proceso de individualismo horrible que propone el neoliberalismo. Esto que busca el capitalismo de romper los vínculos o el entramado social para crear individuos que sean débiles, que estén angustiados, que estén deprimidos. Yo siento que es mi pequeño aporte y mi práctica para tratar de combatir este sistema horrible que es el capitalismo. Después me da mucha satisfacción ver el impacto que eso tiene en la vida de la gente, en la salud física y emocional. Sobre todo en la comunidad de Aristipo, que es una comunidad más aislada, más solitaria si querés, de lectores. 

– ¿Cómo ves el panorama desde el punto de vista económico en la librería? ¿Qué dicen tus colegas que también se dedican a la venta de libros usados? 

– El panorama es nefasto, nefasto para todos. En mi caso la librería está en su peor momento en 15 años. La pérdida de poder adquisitivo es altísima, la gente no está comprando libros, porque apenas está llegando a pagar la luz, está sobreviviendo como puede. Así que la verdad que es un bajón. Es increíble. Es una pesadilla lo que estamos viviendo y la verdad es que no sabemos cómo va a terminar. Los libreros de este rubro que conozco están más o menos en la misma. Y diría que la cultura está desfinanciada en general, el mundo del teatro, del arte, del cine. Creo que todos estamos ahí sobreviviendo como podemos. Muy golpeados. Sin saber cómo vamos a poder salir de esto. De todos modos yo creo que el libro va a sobrevivir como sea y hay que seguir militándolo, seguir tratando de que la gente pueda darse el gusto de comprar los libros, tener su biblioteca y leer para estimular el pensamiento crítico. Esa es una batalla que yo voy a seguir dando siempre. Porque bajar los brazos es lo más funcional para que las cosas sigan como están ahora. 

AL/CRM

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