El fotógrafo de Maradona, una serie perturbadora
Uno. Hace unos días, el fotógrafo japonés Masahide Tomikoshi –sí, ese que retrató como nadie a Maradona y a multitudes de argentinos anónimos durante el Mundial ‘78– subió un montón de fotos de aquellos días mundialistas a sus redes. Aunque por suerte lo hace con frecuencia –como si machacara en él ese momento, como si no pudiera dejar de volver a esos años ni a su propia fascinación (de paso: una época es también un desvelo particular)– esta vez fueron varias y muy hermosas las imágenes que eligió. También un poco laterales: algunas tomas de transeúntes en Plaza de Mayo, otras en estaciones de trenes porteñas, otras en Mar del Plata. Al mismo tiempo que las redes se embarcaban en un nuevo desafío (esta vez fue el de recordar fotos y situaciones de 2016: una curiosa nostalgia de algo que ni siquiera terminó de pasar), el artista japonés eligió su propia retromanía. Me lo imaginé hurgando entre sus archivos, revisando cámaras viejas, viendo negativos a contraluz. Con ganas de arrancar el año lo más despejado posible, quizá tomado por ese imperativo del orden y de la ligereza que a veces le da sentido a cualquier comienzo (quien no haya sido presa de ese impulso alguna vez que arroje la primera piedra o el primer objeto en desuso que aparezca en algún cajón). Pero él, en lugar de acomodar ese tipo de cosas que no sabemos bien dónde poner ni cómo nombrar (esa madeja de tiempos, de obsolescencias, de recuerdos empastados, de cosas y cositos para conectar otras cosas y cositos en desuso) revisa sus propias cosas –esas fotos sobre las que vuelve una y otra vez– las hace circular.
Dos. Las cosas tienen movimiento y también volumen. Las cosas –tozuda, irremediablemente– insisten. Las fotos también. La mayoría se quedan con nosotros, viven varias vidas. En un cajón, en la billetera, expuestas en una galería de arte. Lo anota César Aira entre sus Ideas diversas (Blatt & Ríos, 2024): “Las fotos envejecen bien. Muy bien. Una foto de hace cien años, cualquier foto, es ‘museum quality’. Una pintura no. Un cuadro pintado hace cien años, o doscientos, es tan bueno o tan malo como el día en que se lo pintó. La foto es algo así como un cazador de tiempo. El obturador le tiende una trampa. El cebo que usa es el instante”. Las imágenes que rescata de su archivo Masahide Tomikoshi son prueba de esa capacidad de anzuelo temporal que tienen las fotos. Muchos años después de haber sido tomadas, nos atrapan a miles que las admiramos hipnotizados a través de Instagram.
Tres. Una de aquellas fotos de Masahide Tomikoshi llama la atención de muchas personas: en ella se ve un grupo de ocho niños sentados al borde de un muro bajo en el frente de una casa con fachada de piedra. El comentario generalizado, sobre todo entre los internautas argentinos, se detiene en el gesto de los chicos (“podríamos ser nosotros con mis hermanos y mis amigos”, escriben varios); en ese día soleado pese al frío, en lo que implica la infancia y también en las cosas: la ropa que usan, las botas de goma, la casa típicamente marplatense (de paso: una época es también un espesor particular). En un gesto parecido al de Martín Kohan en su reciente libro Argentinos, ¡a las cosas! (para Kohan, de hecho, identidad, es crisis, es movimiento, es contingencia, como me dijo por acá), la mirada del fotógrafo parece haber quedado prendada de una serie de objetos, pero todavía más de sus huellas. Como si los estuviera extrañando antes de su desaparición, como si los fotografiara para anticiparse a un futuro en el que ya no van a estar. ¿Será una suerte de nostalgia anticipatoria? ¿Será que no puede sino verse irremediablemente invadido por las cosas, las fotos, las cosas en las fotos? Cazador cazado, se detuvo en una escena identificable y al mismo tiempo evanescente (de paso, también: por supuesto que no faltó por estas horas quienes buscaron a los chicos de la foto y la casa. Algunos de los protagonistas, de hecho, se reunieron frente a la casa para replicar la escena).
Cuatro. ¿Qué vino primero, entonces, la nostalgia por esas cosas que en un tiempo no van a estar o las ganas de que quede un registro de ellas, de prolongarles la vida aunque sea a través de la imagen? En Sobre la fotografía, ese ensayo canónico y maravilloso, Susan Sontag dice que las dos cosas –ejem– en realidad van de la mano. “Esta es una época nostálgica, y las fotografías promueven la nostalgia activamente. La fotografía es un arte elegíaco, un arte crepuscular. Casi todo lo que se fotografía, por ese mero hecho, está impregnado de patetismo. Algo feo o grotesco puede ser conmovedor porque la atención del fotógrafo lo ha significado. Algo bello puede ser objeto de sentimientos tristes porque ha envejecido o decaído o ya no existe. Todas las fotografías son memento mori. Hacer una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo. Las cámaras comenzaron a duplicar el mundo en momentos en que el paisaje humano empezaba a sufrir un vertiginoso ritmo de cambios: mientras se destruye un número incalculable de vida biológica y social en un breve período, se obtiene un artefacto para registrar lo que está desapareciendo”.
Cinco. A quienes no sacamos profesionalmente fotos, pero solemos quedarnos atrapados en ellas, nos queda, entonces, ir a nuestros propios álbumes, ver cómo acomodar nuestros propios cajones. Pero también pispear las fotos ajenas, reparar en las cosas de otros. Lo hacemos casi a diario en las redes –la pobre antena de nuestros tiempos– como zombies que pululan de retromanía en retromanía (ese movimiento que con tanta lucidez el crítico británico Simon Reynolds detectó para la música pop de comienzos de siglo, pero llevado a otros terrenos, a casi todas nuestras cosas). Las imágenes ahora se parecen a estampitas que veneramos a través del teléfono. Vuelvo a Aira, que lejos de un escenario catastrófico, ofrece algo de luz entre sus ideas diversas. “La imagen digital es fantasma del objeto –propone el escritor–. Tengo la teoría de que el objeto va a volver, con toda su realidad, su dignidad, su belleza, su apelación a los cinco sentidos. No creo que la humanidad se resigne al mundo espectral de las pantallas, teniendo a su alcance a los objetos. Sobre todo porque el objeto nunca se fue del todo. Los mismos dispositivos del mundo digital, pasablemente fetichizados, están ahí para recordarlo”.
Empieza una nueva edición de Mil lianas. Un cajón con un enjambre deforme y cada vez más atiborrado de cosas para aferrarse en medio del desconcierto.
1. El robo. Al comienzo hablábamos de las cosas y de los objetos que hacen a determinadas épocas. Lo distintivo de la impactante serie británica El robo, lanzada por estos días a través de la plataforma Prime Video, es que pese a tener como puntapié el atraco que le da nombre, en ningún momento los espectadores se encontrarán con las clásicas imágenes de fajos de dinero, ni boquetes, ni cajas fuertes que sí suelen verse en otros relatos de robos bancarios. Porque el relato arranca con un perturbador ataque comando a las oficinas de una entidad financiera en el centro de Londres, pero allí todas las transacciones –por lo general vinculadas con fondos millonarios que provienen de las futuras jubilaciones de los trabajadores británicos que este lugar promete multiplicar–, son virtuales.
A ese lugar llamado Lochmill Capital se dirige todos los días Zara (interpretada por Sophie Turner, seguramente recordada por quienes siguieron Game of Thrones), una empleada bastante cansada de su trabajo y a la vez anestesiada por una rutina que se repite sin piedad: los números en las pantallas que representan millones de libras que ella a los que ella nunca accederá, las noches de alcohol con otros empleados, el regreso a su departamento anodino y su constante sentimiento de vacío.
Hasta que una mañana, que arranca de modo más o menos habitual, los movimientos de Lochmill Capital se ven violentamente trastocados cuando irrumpe un grupo armado que encierra a los empleados, les quita los teléfonos e interfiere todo tipo de comunicación. Serán Zara y otro colega quienes, instruidos por los atacantes, se verán obligados a hacer una transferencia millonaria a unas cuentas off-shore difíciles de identificar. Una transacción que en segundos borra de un plumazo los ahorros y las pensiones de miles de personas.
A partir de entonces, la narración ofrecerá una historia donde se suceden por un lado la investigación policial para determinar las responsabilidades y seguir la ruta del dinero, y, por el otro, los vaivenes de las vidas de Zara y algunos de sus colegas. Con investigadores no del todo confiables, con trampas, con giros inesperados, con el dinero puesto en el centro, con persecuciones y pocos espacios de amabilidad o reparo, la serie ofrece una mirada sutil y crítica a un sistema despiadado donde todo parece tener un precio y donde la pregunta sobre quién le roba a quién no deja de resonar.
Los seis capítulos de la serie El robo están disponibles en Amazon Prime Video.
2. Hamnet por dos. En pocos días llegará Hamnet a los cines de Argentina, dirigida por la cineasta Chloé Zhao. Se trata de una película dura, bella y también audaz (por acá pueden leer un poco más). El largometraje es la adaptación de la novela homónima de la escritora irlandesa Maggie O’Farrell publicada en castellano en 2021 por el sello Libros del Asteroide.
La autora se propuso recrear algunos episodios de la vida familiar de William Shakespeare, como les conté en esta edición de Mil lianas dedicada a los desvelos. De hecho, en la novela, y en parte en la película, hay varias escenas de noches pesadas e insomnio. “Él no duerme; nunca puede conciliar el sueño en noches como esta, con la sangre todavía corriendo desbocada por las venas, el corazón todavía al galope, en los oídos todavía los ruidos, los gritos, las exclamaciones, las pausas”, se lee en sus páginas.
Aunque no abundan los datos certeros de la biografía del dramaturgo británico, O’Farrell quedó impactada cuando escuchó, mientras cursaba sus estudios secundarios, que el autor de Macbeth había tenido tres hijos y que uno de ellos llamado Hamnet murió cuando tenía apenas 11 años.
Según pudo investigar más adelante, Hamnet y Hamlet en aquellos tiempos eran dos formas intercambiables del mismo nombre, lo que la llevó a indagar más y a analizar cuánto del dolor por aquella pérdida impregnó la escritura de una de las obras literarias más célebres de todos los tiempos. Más allá de las cuestiones biográficas, lo que logra O’Farrell con su libro es un retrato bellísimo de época y también el rescate de pequeñas escenas, en su mayoría protagonizadas por mujeres, como la propia madre de Hamnet (en el libro, Agnes; en la vida real llamada Anne Hathaway, como la actriz).
A fuerza de descripciones puntillosas, donde la naturaleza y lo mágico cobran protagonismo, lo que consiguió es un relato íntimo y profundo sobre el duelo y también sobre el amor. Algo parecido ocurre con la película de Zhao, con sus colores pregnantes, con su belleza dolorosa.
La novela Hamnet, de Maggie O’Farrell, fue publicada por Libros del Asteroide. Su versión cinematográfica, con dirección de Chloé Zhao, llega a partir del 5 de febrero a los cines argentinos.
3. Concurso abierto. Mientras siguen los preparativos para la edición 50 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que tendrá lugar este año del 23 de abril al 11 de mayo, sus organizadores anunciaron que está abierta la convocatoria para uno de sus tradicionales certámenes literarios. Se trata del VIII Premio Literario Fundación El Libro que recibe hasta el 13 de febrero postulaciones de libros de cuentos inéditos.
“La octava edición del Premio Literario Fundación El Libro para un volumen de cuentos inédito cuenta con un jurado integrado por los escritores Agustina Bazterrica, Enzo Maqueira y Ricardo Romero. El autor o autora de la obra ganadora recibirá $7.000.000, en tanto que para el 2° y 3° puesto las sumas serán de $2.000.000 y $1.300.000, respectivamente”, informaron desde la Fundación en un comunicado. Las obras presentadas deberán ser inéditas, escritas en idioma español y no haber sido presentadas o premiadas en otros concursos. Podrán participar escritores y escritoras mayores de 18 años. Les dejo por acá el enlace con las bases y condiciones completas.
Banda sonora. “A veces buscamos en ciertas lecturas o en ciertas música el eco de una paz o calma supuestas y anheladas. Les traigo algo de eso: elementos ambient, coros celestiales y un arpa. ¡No falla!”, escribió en su cuenta de Facebook Gustavo Álvarez Nuñez, amigo de esta casa virtual y musicalizador excelso (un recordatorio si se distrajeron: el año pasado publicó en Tusquets la novela Qué hago con la noche; si todavía no la leyeron, por acá pueden conocer de qué se trata y cómo surgió). Se refería a Tragic Magic, el reciente y delicadísimo disco compartido entre Julianna Barwick y Mary Lattimore. Como me gustó mucho y estuvo sonando bastante en casa estos días, elegí algo de ahí para nuestra banda sonora compartida. Se escucha, como siempre, en este enlace.
Bonus track. La semana pasada comentamos algunos asuntos vinculados con la hermosa banda sonora de la serie española Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen. Por estos días Mubi subió el capítulo final. Si después del cierre quedaron con algún tipo de abstinencia, esta plataforma también ofrece en su menú la excelente película Las bestias, del mismo director. Aclaro, por las dudas, que se trata de un thriller que transcurre en un contexto completamente alejado de la ciudad y de los vaivenes amorosos y está basado en una historia real que se ubica en la supuestamente idílica campiña española. Allí va a vivir una pareja de franceses que quiere dedicarse a la agricultura orgánica. Pero nada saldrá como esperaban porque los lugareños van a ofrecer todo tipo de resistencia ante sus planes. Les dejo el tráiler, la película es muy buena y muy tremenda.
¡Hasta la próxima!
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