Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Entrevista

Alicia Genovese: “La poesía es un enorme aparato sensible que puede percibir un espíritu de época”

Alicia Genovese acaba de publicar "Poesía y errancia", un libro donde combina magistralmente el ensayo con un diario de escritura.

Agustina Larrea

0

De la mirada puesta en lo movedizo de la poesía, a la pausa que implica para cualquier escritor llevar apuntes en un diario. De los vaivenes que ofrece la errancia (algo, en sus palabras, “inherente a la tarea de escribir, un viaje sin rumbo fijo guiado por el impulso, el deseo de la palabra y la capacidad de búsqueda”) a la quietud del registro. En Poesía y errancia (Entropía, 2025) su último libro, Alicia Genovese propone un diálogo luminoso que se mueve entre el ensayo sobre la poesía y el diario de escritura. Una conversación que, como describe la escritora Gloria Peirano en la contratapa de la publicación, ubica a los dos terrenos “en tanto espejos de un mismo tránsito: la confianza en el desplazamiento y en el abandono de lo desconocido”.

Escritora, docente, ensayista, referente insoslayable de la poesía argentina, Genovese ofrece una vez más ideas deslumbrantes alrededor del poema y su construcción. Y lo hace a partir de sus lecturas (en las páginas de Poesía y errancia se cruzan Ricardo Zelarayán, Olga Orozco, Clarice Lispector, Fernando Pessoa o Héctor Viel Temperley) y también de su propia deriva, cuando escribió libros de poemas como La contingencia y La invención del equilibrio

Lejos del desenfreno o del vértigo desbocado, la escritora prefiere detenerse en las piedras en el camino, en el musgo, en el hallazgo inesperado que alimenta a la poesía. Un tipo de exploración que solamente puede conjugarse en infinitivo, a partir de acciones vitales como “errar”, “habitar”, “improvisar”, “ejercitar”, “respirar”, que le dan nombre a los capítulos del texto y que lo enhebran.

Poesía y errancia, de Alicia Genovese.

– ¿De qué manera llegás a la literatura? ¿Fue un hallazgo, alguna lectura que te movilizó, algo que se te impuso? 

– Es un camino muy raro porque yo vengo de una casa muy humilde donde no había libros. Entonces, mi primer contacto con la literatura fue recién en la escuela secundaria. Fui a una buena escuela normal de la zona sur, en Banfield. Vivía en Llavallol, así que tenía que viajar muchísimo. Y fue ahí, en el colegio, con los profesores, que de alguna manera me enganché primero con la lectura. Los estudiantes no eran muy apegados a la literatura, tampoco mis amigas. Pero con los profesores enseguida establecí algo así como un diálogo. También iba mucho a la biblioteca de la escuela. En esa época nos comprábamos unas antologías con textos que eran espectaculares. Como yo tenía ese viaje enorme de mi casa al colegio las llevaba conmigo todos los días. Y ahí leía poesía, sobre todo los clásicos. Eso me cambió la vida. Así que mi entrada a la literatura es eso. Después, claro, me puse a escribir, De alguna manera empecé como a parafrasear, a ensayar garabatos, sin tener nada. O con la nada misma. 

– Hasta que llega el momento en que decidís ir a la universidad.

– Sí, ahí dije en casa que iba a seguir Letras, ante lo cual mis padres me preguntaron qué era eso. Lo mío fue siempre a los tropezones. De hecho incorporarme a la universidad para mí fue como un shock, me resultó muy difícil: me costó mucho entender ese clima, ese ambiente. Estudiaba mucho, sabía un montón e iba a dar el examen final y me sacaba 6. Eso, para mí, que estaba acostumbrada al cuadro de honor en la secundaria, era como una deshonra. Después hay otro momento de ingreso mío, si querés más en serio, a la literatura, se da cuando ya estando en la carrera entro a un taller donde conozco a Irene Gruss, (Jorge) Aulicino, Marcelo Cohen. Había muchas personas más, claro, eran todos muy jóvenes y sabían más que yo. Alguno incluso ya tenía algún libro publicado. Ahí fue el momento en el que empecé a escribir cosas y recibía unas devoluciones un poco crueles (risas). En esa época la corrección no existía. 

– ¿Qué año era? 

— Eso sería en el 73, 74, 75. Si yo me tengo que mirar ahora en ese espejo diría que me veo como una especie de provinciana de la escritura. Pero esas devoluciones fueron muy buenas y sobre todo, esos intercambios me trajeron también una apertura a lecturas a las que de otro modo nunca hubiera llegado. En el taller ellos hablaban de (Cesare) Pavese, yo nunca lo había escuchado. Aparecen, así, cosas que terminaron siendo fundamentales

Alicia Genovese es escritora, docente y ensayista.

– Para citar el título de tu último libro: Poesía y errancia.

– Sí, tal cual. Creo que ese libro, de hecho, resume un poco mi predisposición personal. Una predisposición a irse de la casa, a decirle a los padres “esto no es lo que vos tenés preparado para mí”. Mis padres habían llegado a discutir si tenía sentido que yo siguiera la secundaria o no, porque implicaba toda una movida económica para ellos. Así que todo lo que vino después tuvo algo de aventura, algo de épica. Uno de los primeros libros que escribí, que es como una prosa un poco autobiográfica, empieza con la palabra “irme”. Y yo quería irme. No es que estaba mal, pero de chica presentía que había otras cosas que eran mejores para mí. Yo coleccionaba historietas, revistas mexicanas, cualquier cosa. ¡Yo leía hasta la guía de teléfono! Y en ese tipo de lecturas escuchaba que había un mundo que era para mí, pero que para eso tenía que irme de ahí, un poco por lo menos. La errancia de alguna manera siguió. Tampoco es que soy una aventurera alocada, pero sí con las cosas en las que creo, las que me gustan, las que necesito. Bueno, así funciona un poco el deseo.

– Ya desde los comienzos transitaste por la poesía y la academia. ¿Cómo se daba en vos esa convivencia entre estos dos mundos que parecerían ser muy distintos?

– Creo que de entrada fue una convivencia muy conflictiva. Yo tenía en claro que quería escribir ya cuando estaba en la facultad, no es que me interesara estrictamente hacer una carrera académica. Lo que pasa es que en la facultad tenía acceso a una información a la que no podía acceder de otra manera. Entonces eso me fascinaba. Yo tenía compañeras de la facultad que por ahí conocían autores o lecturas porque iban a la casa o hablaban con Fulanito. Una red de accesos, de contactos muy distinta. Yo no circulaba de esa manera, mi formación siempre estuvo en la educación pública. Por momentos iba y venía de la facultad, porque tenía que trabajar. Primero haciendo un trabajo administrativo, después en periodismo. En ese momento estaba en una agencia relacionada con la militancia política de izquierda que yo tenía por entonces y dejé la facultad. Seguía en la errancia (risas), por épocas volvía a cursar. Finalmente conocí al que fue después mi marido y él obtuvo una beca para ir a Estados Unidos. Él ahí me dijo que me esperaba un año, que terminara la carrera así en Estados Unidos podía hacer algo y no morirme de angustia. Entonces logré el título y nos fuimos. Allá tuve mucha suerte, primero en Boston y después en Florida, donde había un centro de estudios y un muy buen departamento de español en la universidad. Y me fue bien. Pero siempre tuve en claro que lo mío era escribir, no era el mundo de la academia. En todo caso la universidad era siempre un complemento, una manera de tener algún trabajo digno. O algo para responder cuando te preguntan qué hacés. Decís “soy profesora” y de alguna manera se aquietan las aguas. Si decís “soy escritora” o “soy poeta” en algún momento eso parecía un descrédito increíble.

Mis padres habían llegado a discutir si tenía sentido que yo siguiera la secundaria o no, porque implicaba toda una movida económica para ellos. Así que todo lo que vino después tuvo algo de aventura, algo de épica

– ¿Por qué creés que en algunos espacios se veía o tal vez se sigue viendo a la poesía como una etapa en la vida, como algo que se hace en la juventud para después pasar a otra cosa?

– De jardín de infantes diría yo, ni siquiera de la juventud (risas). Por un lado me parece que ahí hay algo muy argentino. Por eso a mí me sirvió mucho la experiencia de Estados Unidos para ver que había otra cosa. Después también me vino bien haber viajado a dar clases a otros países. Viajé bastante a Chile para dar clases sobre poesía. Y también vi ahí que allá había otra cosa en este sentido. Yo pertenezco a una generación que viene de la Universidad de Buenos Aires y más específicamente de la carrera de Letras donde muchos narradores que salieron de allí decían que nunca habían leído poesía. O que no les interesaba en absoluto. Estaba flotando eso, como una expresión de una subvaloración increíble. Eso existe o existía. Pero lo que me parece más importante ahora es lo que viene pasando en los últimos años. Por un lado porque hay nuevas generaciones de narradores que sí están interesados en la poesía poesía. Me ha pasado de estar leyendo a Federico Falco y ver que citaba un poema mío. O saber del interés que tienen en la poesía autoras y autores como Gloria Peirano o Sebastián Martínez Daniell. Así que lo que más me gusta de este momento es todo lo que está cambiando. Yo doy clases en la Universidad Nacional de las Artes, en la carrera de Artes de la escritura. Esa carrera, ya desde el principio, comenzó con un programa en el que la poesía tenía un lugar importantísimo. Así que ya hay circulando cada vez más gente egresada que vivió todos esos años con la poesía y que carece de prejuicios. Creo que ese movimiento también ha hecho algo hacia afuera que tiene que ver con horadar el prejuicio, cosa que me encanta. Me encanta ser parte de eso.

– Voy a citar el título de uno de tus libros recientes, que es Abrir el mundo desde el ojo del poema. Si tenés que decir hacia dónde apunta ese ojo, ¿qué es lo que dirías? 

– Mirá, la poesía para mí es como un sensorium. De algún modo es un enorme aparato sensible que puede percibir un espíritu de época. Por eso a veces dicen eso de que la poesía “sabía desde antes” tal o cual acontecimiento. Creo que es eso: una captación sensible de la poesía que puede más que cualquier temática que se imponga, ya sea política, social, económica, personal. Por otro lado, también pienso que la poesía es un discurso. Es un discurso y como tal es muy importante en este momento en el que estamos carentes de un discurso que nos contenga. El discurso que está circulando es un discurso horrible, ni hablar del discurso oficial. El discurso oficial de hoy es un discurso que distorsiona el lenguaje, que distorsiona la idea misma de discurso, que está hecho de falsedades. Sin ir más lejos, el discurso de nuestro presidente es el discurso de la hipérbole. Y sabemos que no hay discursividad posible en la constante hipérbole. No se puede. La hipérbole no puede ser constante porque enseguida toca límites. Y, en este caso, el límite es la injuria, es la puteada, el descrédito a través de palabras e imágenes horrorosas. Es un bochorno todo lo que dice. Y el discurso de la poesía es todo lo contrario, es un discurso que puede contener. Eso no quiere decir que la poesía pretenda un tono edulcorado, para nada. La poesía envuelve siempre una emoción perturbadora que tiene que ver con el daño, con la herida, con el deseo, con lo prohibido, con lo negado. Con lo afectivo en el sentido de afectus. Y eso creo que en este momento es impresionantemente necesario. 

Genovese es autora de más de quince libros de poemas y de numerosos ensayos dedicados a la lectura de poesía.

– ¿Hay un lugar posible para el discurso de la poesía en este mundo actual de las pantallas, del vértigo, de los tiempos acelerados?

– Sí, yo creo que sí porque hay un momento en que las pantallas se silencian. Ahí empieza todo. Es verdad que todos estamos pendientes del teléfono, de las pantallas. No podemos decir “no, yo no”. Yo también estoy conectada. Pero cada tanto busco algún paisaje. Me pasa en el Delta, que es donde de alguna manera aparece el paisaje del silencio. A mí me parece que también hay un aprendizaje en la poesía en este sentido: la poesía un poco impulsa que hagamos un silencio. Y que notemos que no pasa nada, que apenas es un silencio. Para que nos pase lo más genuino necesitamos esos huecos. Por eso no es que reniegue de las posibilidades tecnológicas, pero creo que la poesía tiene que conectar con otra cosa, con un vínculo, con el cuerpo. Estamos en una época que va a contrapelo de eso, lamentablemente, pero me parece que la poesía puede contribuir a establecer un vínculo más cercano con el afuera. Y cuando digo afuera, no creo que eso deba ser únicamente el medio natural. Cuando vivía en Llavallol y me mudé al centro, a mí la ciudad me impactó. La ciudad te da un montón de estímulos también. Así que el afuera es esa cosa enorme y cada cual se disuelve en ella. Creo que en este momento más que las pantallas, el gran peligro es toda la información basura que circula, todo el ruido. La infoesfera de la que habla Byung-Chul Han. Bueno, me parece que si la poesía es un discurso muy importante en este momento es porque no puede moverla más que una voluntad de verdad. Entonces la poesía aparece realmente cuando vos te conectás con algo tuyo que no pudiste obviar. Si tenés voluntad de entrar ahí, tenés una voluntad de verdad

El discurso oficial de hoy es un discurso que distorsiona el lenguaje, que distorsiona la idea misma de discurso, que está hecho de falsedades. Sin ir más lejos, el discurso de nuestro presidente es el discurso de la hipérbole. Y sabemos que no hay discursividad posible en la constante hipérbole. No se puede. La hipérbole no puede ser constante porque enseguida toca límites

– ¿Cómo fue que empezaste a pensar en la idea de “errancia”, que es central en tu último libro, para pensar en la poesía y en lo que vos escribís en particular?

– Mirá, Poesía y errancia es un ensayo que empezó por algunas ideas que me aparecieron en una entrevista pública, una especie de clase magistral, que hicimos hace un tiempo en el CCK en Poesía ya, un ciclo muy hermoso. Yo sentí que tenía que preparar algunas cosas para decir porque iba a haber mucho público y me daba miedo que me agarrara el vacío y no tuviera de dónde agarrarme. Y no sé bien cómo empezó pero en el diálogo aparecieron dos ideas importantísimas. Ivana Romero ahí me preguntó qué es necesario para escribir poesía y yo dije “para escribir poesía hay que tener una capacidad enorme de errancia” (risas). Esa fue mi respuesta. Y después vino la pregunta que siempre te hacen: qué es poesía. En ese momento yo lo que dije es que la poesía es respirar con el lenguaje hasta encontrar un hábitat. Esa misma definición es la que hoy está casi al final del ensayo. Cuando me fui de ahí, anoté esas ideas. Poco después, mirando Instagram, descubrí que había mucha gente joven que había estado en la charla y citaba eso. Con fotos, con todas las pavadas de Instagram (risas). Entonces pensé “cómo pegaron estas ideas”. Y dije “errancia, qué hermosa palabra”. Así arranqué.

– Lejos del lugar común de la contemplación o de la quietud, ubicás a la poesía en el movimiento.  

– Sí, no sé si tengo muy claro eso. Me parece que la búsqueda es un poco independiente del movimiento. La caminata claro que me resulta particularmente reveladora. O el agua. Quiero decir: meterme al agua y nadar un rato. Pero también hacer la plancha. O la ducha. O las plantas. Hay espacios que una necesita para bajar un cambio y ahí aparecen las mejores ideas. Así que me parece que la errancia tiene que ver con el movimiento, pero no con el traqueteo. El traqueteo a veces es nocivo porque pasás de una cosa a otra sin poder detenerte en nada. Y la poesía, si hay algo que necesita, justamente, es detenerse. Así que pienso en la errancia más que nada como una forma de la deriva. 

AL/CRM

Etiquetas
stats