OPINIÓN
Una sigue siendo una: resumen de licencia, primera entrega
Un resumen de mi licencia de maternidad en veinte puntos que son más experiencias que consejos, aunque algunos tienen forma de consejo.
- Cosas que disfruté mucho tener: las dos o tres batas que compré y me regalaron. Tardé bastante tiempo en volver a verme linda con ropa, pero andar en batas bonitas me hizo sentir como cuando la nana Fine bajaba a desayunar con los Sheffield.
- Disfruté también del asunto cremas, así que eso regalaría, cremas y cositas para la cara aptas embarazo y lactancia. La amplia mayoría del skincare no sirve para nada: es un invento de las mujeres para pasar más tiempo en el baño. Es placentera, también, la sensación de poder dedicarle tres minutos a la banalidad en un momento en el que parece que cada segundo vale oro. En el fondo, una vez que tenés un hijo el baño vuelve a ser un espacio de libertad, básicamente como cuando eras hija.
- Cuando acabás de tener un bebé la gente fluctúa entre ser tu infierno y tu deseo más profundo. Un día no soportás a ninguno de los que quieren venir a “visitar a bebé”, otro día te sentís solísima porque nadie te invita a ningún plan pensando que vas a decir que no, o porque no hacen el plan que te gustaría que hagan la noche en que justo lograste organizarte. No te enojes con tus amigos; no tienen la culpa de no leerte la mente, ni de que el mundo no se detenga porque vos pariste. A quien le puedas pedir, le pedís; a quién no, bueno, coincidirás cuando se pueda.
- Los consejos de la gente, salvo contadas excepciones, hablan más de sus propias neurosis con la maternidad (o con sus madres) que de cualquier cosa que a una le convenga. Leí buenas fuentes, molesté mucho a la pediatra y hablé con gente cuyo criterio me interesa sobre otros temas, gente que respeto intelectualmente en general y a la que pediría consejo sobre cualquier cosa. Al resto, sonreír y asentir con la cabeza: sobre todo a las “ya te va a pasar”. En relación con esto último, el siguiente punto:
- Una deriva extraña del impulso de “mostrar el lado B del embarazo/el puerperio/la maternidad” es la gente que auténticamente quiere que la pases mal. “Ya te va a doler todo”, te dicen del embarazo; “no vas a poder hacer nada”, te dicen de la maternidad. La verdad es que quizás no te sale todo mal; de hecho, es improbable que todo te salga mal. Y digo más: si maternás con un ingreso decente y una estructura decente (lo cual, sí, ya es muchísimo), y era lo que querías hacer, es improbable que todo sea un calvario. La gente que te dice lo contrario está un poco loca. Hay que tenerles pena pero no prestarles ninguna atención.
- Se habla mucho de lo “solitario” del puerperio; se habla menos, creo, de las mil neurosis involucradas en la colaboración que una madre decide o no aceptar en la crianza de un hijo o hija. Aceptar esas colaboraciones implica, en general, hacer las paces con el hecho de que la gente (tu pareja, tu madre, tu suegra, una niñera) encarará ciertas cosas de manera distinta de la que lo harías vos, más allá de que una pueda poner una o dos reglas más o menos “duras” que vale la pena elegir bien. Reitero, internet me muestra contenido sobre cualquier cosa, pero jamás sobre esto: nunca es “soltar”, siempre es “cómo imponer tus criterios”. Es curioso, porque aprender a tratar a las personas con las que criás como miembros de una comunidad y no como empleados (sobre todo si, en efecto, no les estás pagando) parece ser, en mi breve experiencia, bastante importante.
- Lo que más cambió en mi vida desde que tengo un bebé es la noción del tiempo. No me refiero solo a tenerlo más reglado y tener que aprovechar los ratos libres, sino sobre todo a la intensidad del presente y el modo en que te hace parecer, básicamente, que vas a tener un bebé para siempre jamás, y que todo lo que está sucediendo es definitivo o importante. Es esta intensidad, acrecentada por la tortura de la privación del sueño, la que aprovecha la gente en internet para venderte cosas. A mí me sirve recordar que los bebés duran muy poco, y que nadie sabe de ningún adulto si tomó teta o madera, comió papillas o cachitos, o si lo entrenaron para dormir o lo levantaron de la cuna cada vez que hizo puchero. Si no me creés, querida comadre de bebé, hablá con cualquiera de tus amigas con hijos de más seis o siete años: nadie se acuerda de casi nada. En relación con esto último, el siguiente punto:
- Mi pediatra claramente cree que los bebés son mucho menos maleables de lo que parecen creer quienes venden “terapias” o cualquier tipo de creación de hábitos de bebé. Cuando le pregunté, por ejemplo, por distintas “técnicas para que bebé duerma siesta”, me dijo que había muchos bebés que no dormían siesta; que yo puedo “ofrecerle ocasiones”, pero después cada uno es como es. Es lógica esta discrepancia, calculo, entre la pediatra y los terapeutas: el producto que ofrece la pediatra (que bebé esté sana, más allá de si duerme o no duerme como a vos te gustaría, si come o no come como a vos te gustaría, etcétera etcétera) no precisa para tener valor de que bebé sea “formateable”. El producto que ofrece el resto, en cambio, solo funciona si ese es el caso. Por ahora, parece tener razón la pediatra.
- Cualquier remera es remera de amamantar si estás dispuesta a levantártela en público.
- Hasta ahora, todos los que me dijeron “vas a ver que igual no vas a querer tal cosa”, o “igual vas a ser otra persona así que no sabés cómo te va a pegar nada” se equivocaron. Siempre me acuerdo de Alexandra Kohan, ex columnista de este diario, que en un viaje de trabajo en el que coincidimos antes de que yo estuviera embarazada me dijo que la maternidad es intransferible y sorprendente, pero es mentira que te convertís en otra persona: sos vos, pero madre. Quizás es verdad sobre todo para las que fuimos madres a los treinta y pico, siendo ya “muy personas” como para empezar de cero. Sea como fuere, se demostró como una de las pocas cosas ciertas que alguien me dijo sobre este asunto: de hecho es más bien al revés. Una pensaba que iba a ser una versión más adulta y más responsable, una adultez infinita e impensable: que para cuando llegaran los hijos mágicamente ibas a ser otra persona. Y no, para bien y para mal una sigue siendo una.
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