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A SEIS MESES DEL ATAQUE DE HAMAS
Carta desde Israel

Ponerle fin a los dogmas

Tel Aviv
Familiares de las víctimas del festival Nova realizan un homenaje a seis meses del ataque de Hamas.

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El tiempo es relativo: mientras un misil puede destruir miles de vidas en un segundo, 180 días pueden ser mil años para la vida de un rehén en manos de Hamas o una era completa para su familia.

Seis meses después –¿es mucho o es poco?– de la masacre terrorista en el sur de Israel tengo más dudas que certezas.

La más nueva es saber si se va a materializar la amenaza de un ataque directo de Irán con drones y misiles crucero en represalia de una acción que Israel niega haber cometido en Siria en la que fueron eliminados altos cargos de la Guardia Revolucionaria de la República Islámica. Y cuándo sería. 

Otra: ¿cuántos secuestrados están vivos? Serían 134 los que están atrapados en Gaza pero al no haber pruebas de vida lo que manda es la suposición. 

Un detalle es que hay ocho secuestrados argentinos.

Estudié la primaria en una escuela judía del barrio porteño de La Paternal y en mi grado no seríamos más de 25 alumnos.

Entre aquellos hay dos compañeros que tienen familiares secuestrados por el terrorismo fundamentalista de Hamas.. Se trata de primos de los Bibas-Silverman y los Cunio.

Esa recontextualización de la trama del pueblo judío no deja de sorprenderme cuando de forma aleatoria me abstraigo y pienso en los rehenes. 

Cuando se viven, las guerras, tan estudiadas en los colegios, son doctorados apurados de Geografía, Historia y Educación Cívica.

Me reconozco como alguien que conoce la cronología de los hechos en la región pero en este semestre aprendí más que nunca. Más que con los libros o alguna gran profesora, habiendo disfrutado de ambos. 

Para saber más comencé a seguir en redes a cuentas propalestinas, me suscribí a canales de Telegram de Hamas y sus afiliados, mantuve debates con gente que me insultó y escuché a especialistas locales e internacionales.

Y me di cuenta de que quién tiene ganas de aprender, tiene las herramientas a mano. Eso sí, hay que tener voluntad y estómago, y el atrevimiento de despojarse de condenas por defecto. 

Cuando Israel ataca y mata civiles eso es considerado un crimen de guerra. Cuándo 3.000 terroristas matan a 1.500 personas en medio día basándose en un plan de exterminio genocida o disparan miles de cohetes contra la población israelí parece que no y, además, es motivo de festejos.

Yo era de los que besaban el pan viejo antes de tirarlo y de los que querían que el aire acondicionado arrancase cuándo y cómo yo lo deseara, pero los últimos seis meses fueron como entrar a un lavarropas a girar sin parar salvo en esas breves pausas para que no se recaliente el motor o me explote la cabeza. 

Sin ser intransigente, este capítulo del conflicto con los palestinos –el más grave hasta la fecha– me obligó a ponerle fin a dogmas y reconocimientos, que en estos tiempos críticos se hicieron pedazos luego de caer al vacío por el peso de sus propias contradicciones. 

En un mundo patas arriba, referentes del campo del feminismo y los derechos humanos fallaron al no condenar al terrorismo y al ningunear a las víctimas ultrajadas, mutiladas y asesinadas durante las violaciones.

Organizaciones no gubernamentales como ONU Mujeres y la Cruz Roja, entre otras; el progresismo entero y los “bien pensantes” confían más en los datos que difunde una organización terrorista cuyos combatientes están vestidos de civil que en un Estado imperfecto –como todos, más o menos– que por ejemplo acaba de cometer un terrible error bélico al matar a siete voluntarios de World Central Kitchen (WCK) y por ello se autointerpela en profundas investigaciones que ya hicieron rodar las cabezas de dos oficiales de altísimo rango.

Por otro lado, oí voces en posiciones políticas antagónicas a mi cosmovisión que dijeron lo correcto: infiltrarse en otro país, atacar a familias, prender fuego a familias enteras, violar y secuestrar está siempre mal sin importar los contextos. 

Así, gente con la que yo no hubiera tenido que verme en una misma tribuna me sorprendió por empatía u oportunismo. Hoy me importa menos el prejuicio: si se dice la verdad, si el mensaje es claro, las definiciones de las palabras sobran.

En ese caos reafirmé quién soy yo pero me confundí al no saber quiénes realmente eran otros.

Las redes sociales, la herramienta de marketing de las mayorías, ayudaron a alimentar a los algoritmos con odio y también con la repetida y preferida práctica de juzgar sin saber los hechos históricos, total “somos millones con la verdad”. 

Denuncié con lágrimas contenido antisemita, llamados directos al genocidio de judíos en todo el mundo, barbaridades fantasiosas de influencers pulposas que hablaban de tráfico de órganos de los muertos palestinos o planes de conquista sionista de la Patagonia. 

Me desesperé compartiendo fotos y videos que los propios terroristas filmaron mientras cometían lo que no está escrito para mostrar en tiempo real que el 7 de octubre tuvo lugar la masacre de judíos más grande desde el Holocausto, para reconfirmar con furia que si un contenido genera más tráfico qué otro, el primero es “lo correcto”.

De esa manera, comprendí que la transgresión hoy es ser antisionista, la forma más nueva del antisemitismo moderno ya que combate el derecho del pueblo judío de autodeterminarse como Estado de derecho en su tierra ancestral, de la cual es originario. 

Queers for Palestine es un ejemplo claro: las universidades estadounidenses se convirtieron en “campus de concentración” repletos de exacerbados que encontraron en la condena de los judíos una nueva fe. 

Tuve que escuchar que el pico antisemita de hoy es por culpa de Israel. ¿Cómo? ¿Atacar una sinagoga en Oslo o una tienda kosher en Londres ayuda en algo a la causa palestina?

De repente, vi a miles de personas pedir el cese de fuego unilateral de Israel mientras cantan “From the River to the Sea” (Desde el Río Jordán al Mar Mediterráneo“, lo que se traduce en el fin del Estado judío.

Y a otros clamar por una solución de dos Estados mientras la mayoría de los palestinos rechaza de plano cualquier vecindad con Israel en un marco en el que Hamas llama a matar a los judíos y los “antisionistas” dicen que no se trata de judíos sino de israelíes. 

“Si Dios no quiso que comiéramos animales, entonces ¿por qué los rellenó de carne?”, dice una vieja frase inglesa. Si no se debería odiar a los judíos, ¿por qué y para qué existen?

Seis meses después del 7 de octubre me sigue descomponiendo la defensa de “la resistencia por cualquier medio”. ¿Qué mundo les espera a mis hijos? 

La guerra contra Hamas me mostró la cara real de la posverdad, que no es más que la verdad sentada en el banquillo de los acusados siendo sentenciada antes de que se inicie su procesamiento.  

En medio de tanto desconcierto hoy tengo la convicción de que las cosas que siempre desaparecen cuando uno más las necesita son las llaves, la billetera y los valores progresistas. 

Cuando se le exige a Israel proporcionalidad, moral y otras virtudes vuelvo a confirmar que es imposible proponer soluciones occidentales a un conflicto oriental cuando son otros los valores y otra la cultura. Y esto no justifica la muerte de inocentes.

Es cierto que yo elegí Israel para desarrollar mi vida adulta y ser padre pero eso no me exime de tener un pensamiento crítico.

Y el último tiempo vi a este país oxidado, con sus instituciones empastadas y sus fuerzas armadas demasiado confiadas en la tecnología.

Volví a confirmar que aferrarse al poder sólo genera desgaste y por lo tanto errores críticos. Y que los pueblos sí tienen responsabilidad a la hora de votar a corruptos y extremistas. 

Faltan exactos seis meses para que mi hija se enrole por dos años en las Fuerzas de Defensa de Israel. Y eso es lo que más quiere, dice cuando le preguntan.  

En fin, nunca volveré a ser el mismo. Ya no quiero, no debo. Y eso también lo aprendí desde octubre hasta aquí.

Que haya paz pero que antes devuelvan a los rehenes. Shalom. Salam Aleikum.

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