Elecciones legislativas de medio término en EEUU 2022

Con un presidente y una agenda impopulares, el oficialismo demócrata se destina a perder su mayoría en el Congreso

Una imagen de la cúpula del Capitolio, sede del Congreso federal de EEUU en Washington, que cambia de color según sea la puerta posterior de una ambulancia en la que se refleja.

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El 8 de noviembre EEUU vota las 435 bancas de la Cámara baja, 35 de las 100 de la Cámara alta, y 36 gobernaciones. El poder legislativo del Congreso de Washington y el poder territorial de los estados federales. Desde hace meses, las encuestas registran una única tendencia constante, sin retrocesos: el avance republicano. Nancy Pelosi, al frente de la Cámara de Representantes, preside una delgada y voluble mayoría demócrata. En el Senado no hay auténtica mayoría. Oficialismo y oposición están igualados. Hay 50 bancas demócratas y 50 republicanas. El voto de más del que dispone el oficialismo del presidente demócrata Joe Biden es el de la vicepresidenta Kamala Harris, que preside la cámara alta del Congreso, pero sólo vota cuando hay un empate. Todo invita a predecir que el martes el Capitolio virará de color al rojo republicano y que en las gobernaciones pocas retendrán y ninguna ganará el azul demócrata.

En la lista bicentenaria de inquilinos de la Casa Blanca, antes de Joe Biden hubo un solo católico más. John Fitzgerald Kennedy también fue excepcional en su siglo por no perder las elecciones legislativas de medio término, y por morir después asesinado. Para la hazaña de retener un Congreso oficialista en 1962, a JFK lo ayudó el buen éxito de su gestión con Moscú cuando puso fin a la crisis de los misiles soviéticos en Cuba. Sesenta años después, en la actual crisis de los misiles atlantistas y de las tropas rusas en Ucrania, el actual presidente no puede mencionar éxitos en sus gestiones con Moscú. La guerra ucraniana, sin fin a la vista, no le gana votos. A aunque tampoco le reste votantes, a quienes el asunto interesa menos que el precio de la nafta o que sobrevir a un latrocinio.

La agenda del oficialismo demócrata y los intereses del electorado

Ningún tema demócrata apasiona al electorado. Según la campaña del partido Demócrata, es la oportunidad de salvar la democracia (derrotando a Trump). Y de convertir en ley el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, después del fallo de la Corte Suprema que declaró que el aborto debía legislarse en los Congresos, federal y/o estaduales, no reglarse por una sentencia de nueve jueces de Washington.

Según los sondeos, el electorado tiene otros temas como prioridad. Según Gallup, la aceleración con la que aumenta el número de personas que denuncia un crimen de sangre cometido en su barrio es la mayor desde 1972. El electorado no considera que el partido Demócrata sea el más idóneo para proveer seguridad. En el contexto de recesión y de inflación, el electorado que declara que la economía es el factor decisivo de su voto, en un 70% votará candidaturas republicanas. El voto hispano, que en las presidenciales de 2020 favoreció a Trump, no parece haber revertido la tendencia. En las diez últimas elecciones de medio término, se ha registrado en los últimos diez días anteriores a la elección una baja regular de la popularidad presidencial y de la intención de voto por el oficialismo.

Es una constante de la historia política norteamericana que cada nueva administración vea sus mayorías en el Capitolio perdidas por completo, o seriamente averiadas, después de cada elección de renovación legislativa de medio término. Esto significa una limitación absoluta a la iniciativa de la Casa Blanca para hacer tratar y sancionar nueva legislación. Sólo aquellos proyectos de ley que cuenten con un previo consenso bipartisano progresarán en el Congreso.

Así ocurrió en 1994 con el new model de los republicanos di Newt Gingrich, que no signó el fin de Bill Clinton, pero ciertamente signó su presidencia con una durísima oposición, a la vez ideológica y personal. Así lo sufrió Barack Obama, cuyo gobierno se vio saboteado a partir de 2010 por los republicanos del Tea Party; no hasta el punto de hacerle perder al demócrata la reelección presidencial, pero sí hasta el de volverlo impotente para frenar la onda larga de aquel movimiento derechista, cuyas aguas confluyeron en el caudal de las que surfeó Donald Trump para sucederlo en la Casa Blanca. En las circunstancias actuales, la derrota demócrata puede conllevar consecuencias más amplias, definitivas, profundas y humillantes.

Un nuevo Congreso de EEUU dotado de una bien consolidada mayoría trumpista podría intentar un impeachment para destituir a Joe Biden, o podría hacer caer a los mercados si, como ha amenazado, se niega a subir el techo del endeudamiento estatal

En un escenario de recesión económica, alta inflación, aumento de las tasas de criminalidad, crisis energética, compromiso exterior con la guerra en Ucrania, crisis migratoria en la frontera sur, crisis de la deuda estudiantil en las universidades y programas estatales de salvataje, enfrentamiento de la administración demócrata con la Corte Suprema en los criterios sobre aborto y discriminación racial afirmativa, la baja popularidad del presidente Joe Biden se mantiene en niveles sostenidamente ínfimos, y su aprobación nunca por encima del 40 por ciento.

Algunos demócratas más a la izquierda, todos los republicanos más a la derecha

El hostigamiento del Congreso demócrata, del Departamento de Justicia, y de los medios afines al gobierno contra el ex presidente Donald Trump puede llegar alguna vez a complicarlo en alguna causa judicial finalmente dañosa, pero no perjudica a su popularidad, creciente. Ni menos al asentamiento de su influencia dominante en el Partido Republicano. Hay excepciones, pero en la mayoría y en las más importantes primarias celebradas para definir las candidaturas de las elecciones legislativas y estaduales, los precandidatos favorecidos por Trump llevaron la delantera. El entorno del ex presidente republicano ha hecho saber el viernes de su candidatura presidencial para 2024, que anunciaría una semana después de las elecciones del martes, el 14 de noviembre. Ya con este preanuncio gana que el foco de la información esté sobre los republicanos de aquí al día del voto. No es por completo seguro, en los hechos, que el entonces octogenario Biden sea el candidato demócrata rival de Trump en las presidenciales de noviembre de 2024.

La alternancia de las mayorías en el Congreso, entonces, sólo en apariencia se vivirá con su regularidad centenaria. Porque también sólo en apariencia recubren los mismos conceptos las palabras demócrata y republicano.

En el partido oficialista, hay una separación entre dos alas disgustadas de sincronizar el vuelo, una minoría progresista y una mayoría moderada. Las desinteligencias entre grados de radicalización, sin embargo, esconden que todo el partido Demócrata, en su conjunto, se ha desplazado ideológicamente, y ocupa un lugar más a la izquierda que en tiempos de Barack Obama y mucho más que en los de Bill Clinton. El primer presidente negro en la Casa Blanca, del que Biden fue vice durante sus dos períodos (2009-2016), ha advertido esa fractura abierta, no sin alarma. Obama ha entrado a la campaña electoral, buscando la unidad partidaria. Con una popularidad residual alta, pide el voto para las candidaturas demócratas. En el territorio, nadie quiere visitas del actual presidente, de la vice, de figuras de la administración, ni tampoco imágenes. Nunca mencionan tampoco al gobierno.

También se ha desplazado el partido Republicano en su conjunto hacia la derecha. Pero sin divisiones internas, porque la mayoría más extremada es la dominante.

Un horizonte de mayorías trumpistas en el poder en el Congreso y los estados

Antes que la alternancia tradicional, estacional, entre demócratas y republicanos, después del martes 8 se verá a una mayoría demócrata sustituida en el Congreso por una nueva mayoría, trumpista. En el peor de los casos, improbable pero no imposible, un sólido mandato para una mayoría trumpista no sólo enervaría toda iniciativa legislativa del Presidente. Entregaría la capacidad legiferante efectiva a la nueva derecha en el Congreso.

¿Un parlamentarismo de hecho, como ahora en Chile, Perú y Brasil, con Ejecutivos muy a la izquierda y Legislativos consistentemente conservadores? El Congreso trumpista podría intentar el impeachment de Biden, podría hacer caer a los mercados si, como ha amenazado, se niega a subir el techo del endeudamiento estatal.

En los estados que eligen gobernador, los cambios pueden ser mayores. En cuatro swing states, estados que varían entre el rojo y el azul, Pennsylvania, Arizona, Wisconsin y Michigan, los candidatos trumpistas a gobernador sostienen que Biden le robó la presidencia a su líder. Doug Ducey, ex gobernador republicano de Arizona, que en 2020 se rehusó a impugnar la victoria demócrata, es considerado un traidor. La corriente negacionista más radical defiende la “teoría del Parlamento estatal independiente”, según la cual las Legislaturas de cada uno de los 50 estados detentan la potestad constitucional de fijar el resultado de las elecciones federales. Es decir, cada Legislatura estadual decide, en cada estado, quién ganó la presidencia federal de EEUU.

Después del atentado contra la vida de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, en su domicilio californiano, otras inquietudes sobre la violencia política hacen atender al resultado de la elección de gobernadores. En varios, los candidatos republicanos anuncian que levantarán la prohibición de formar grupos paramilitares armados: tienen derecho a armarse, el Estado no tiene derecho a callarlos. La Corte Suprema de Washington no estaría en desacuerdo con los Estados sobre la cuestión.

Entretanto, un sondeo último de FiveThirtyEight al fin de la semana anterior a la elección concluye que los demócratas no han perdido todavía una última chance de retener la mayoría en la Cámara baja del Congreso. La probabilidad es del 20 por ciento.

AGB

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