Borcegos y tacos aguja

Ni blancas ni negras, nuestras pieles: nos cubren distintos tonos de marrón

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Las personas no somos blancas ni negras, le digo a mi amiga.

Ah, ¿no?, pregunta incrédula. ¿Y yo?

Beige, le digo, aunque no muy convencida. Aclaro: mi amiga es pelirroja y tiene la piel muy clara pero llena de pecas que la oscurece y le dan una coloración entre rojiza y amarronada. Pero toda la vida escuchó y supo que era “muy blanca”, y por eso, porque su piel es blanquísima, se supone, va a la playa con capelina y vestidos largos y se mete debajo de una sombrilla para que el sol no le haga daño. Es decir, tiene baja concentración de melanina, esa sustancia que determina el color de piel y la protege. Yo, que soy bastante más oscura, sobre todo cuando tomo sol, cosa que amo hacer a pesar de que sé que los rayos ultravioletas son ultrapeligrosos y no hay protección que valga, me cuido: además de usar protector, lo hago a las horas permitidas. A mí siempre me dijeron negra o negrita, morocha o morochita o hasta egipcia, o turca. Por los rasgos mediorientales, por el origen turco de mi apellido. Nunca sentí que me estaba apropiando de algo. Siempre me resultaron apodos cariñosos. En mi caso, claro, que soy clase media urbana y demás privilegios tengo. También es cierto que toda la vida quise ser una cantante negra de jazz y me hago cargo de haberlo dicho así. Y que también, los rulos de algunos de mis primos, muy afro, me llevan a pensar en antepasados africanos. Eso, al margen de que todes venimos de África.

Pero con mi amiga sigue, un poco, el diálogo.

Hay personas indígenas ahora que se dicen marrones, agrega.

Claro, digo, también están las feministas marronas. ¿Ves? están diciendo lo que yo digo: nuestras pieles tienen tonalidades diferentes de marrón, aunque reivindican ese color para su etnia. 

Raro, pienso, cómo naturalizamos las cosas de las que nos convencieron durante siglos y qué contradicción, porque es mi amiga la que siempre dice, con toda razón: no existen las razas.

Es que de eso se trata esta columna.

No existen las razas

Está comprobado científicamente que no hay tal cosa predeterminada genéticamente como la raza, que establezca diferencias en las personas. Los colores de la piel dependen de la pigmentación que, a su vez, depende de la cantidad de melanina. Eso, en relación a las personas. También están estudiadas las gamas cromáticas de las pieles, que van de un beige muy claro a un marrón muy oscuro. O sea, que esas personas que nos consideramos blancas seríamos beige claro y las negras, marrón oscurísimo. Morenas, como también se nombran. Digamos. Tampoco hay pieles amarillas, como se les adjudicaron desde Occidente a los habitantes de eso que llamamos el Lejano Oriente. Ni son color aceituna las pieles de los gitanos. Para decirlo de otro modo: el concepto de raza no es natural, es una construcción cultural.

Todo lo cual no justifica lo que algunos grupos humanos, países o imperios hicieron con otros para justificar procesos de colonización, de dominación, matanzas y genocidios. Ni, en grado menor, insultos, ni eso que llamamos discriminación asociada a este concepto bastante poco lógico de cuando más clara la piel, superior el individuo. Ni eso que no existe, la raza. Aunque desde lo que también está mal concebido como las “minorías étnicas” se la reivindique.

En Argentina hay otro lugar común: decir que no es un país racista. La prueba sería absurda: no es racista porque “no hay negros”. Creo que ni hace falta decir que las matanzas, expulsiones y demás de habitantes afrodescendientes en la Argentina ocurrieron por el racismo de los colonizadores, lo mismo con el genocidio, que llevó a la reducción a su mínima expresión de pueblos indígenas. No es la Argentina (un país no puede ser racista, y en eso hay razón), son quienes desde un poder expansionista o extractivista consideran necesario correr a poblaciones que ya habitaban los territorios colonizables: hacer lugar.

Gran parte de Europa hizo eso y lo sigue haciendo: la muerte de Nahel, ese joven francés de ascendencia argelina y “blanco”, que generó la pueblada inmensa en Francia y países aledaños, es una derivación del racismo. Como la es, en Argentina, la de Lucas González que termina en una condena a prisión perpetua de sus asesinos. Uno de los agravantes fue la caracterización de crimen de odio. Ni hablar de los asesinatos en serie que se siguen repitiendo en Estados Unidos, donde la policía mata a patadas por racismo, como el de George Floyd en plena pandemia, o el de Tyre Nichols en 2023. No son los países, son los estados.

Por otra parte, la escritora francesa Annie Ernaux, en el discurso que pronunció cuando ganó el Premio Nobel en 1922, habló de raza como sinónimo de clase. Ernaux, diríamos, es “muy blanca” (beige claro) y viene de una familia humilde de un pueblo del interior de Francia. Por ese motivo sufrió discriminación. Por ser de esa raza (pobre, rural). Es fácil pensarlo en Argentina en el caso de los cabecitas negras (infantilización a través del diminutivo y racismo en el adjetivo, una expresión que de tierna no tiene nada) para ese aluvión popular que hubo en tiempos de industrialización, o los negros, cuando se caracteriza despectivamente así a personas que tienen, supuestamente, un origen no europeo, latinoamericano y, de nuevo supuestamente (porque hay un alto grado de lombrosianismo y prejuicio ahí), “sangre” indígena o afro, y eso, en lugar de ser algo bueno, además, sería algo malo y justificaría desde esclavizar, precarizar, maltratar o peor, encerrar o matar a grupos humanos enteros, asociados además aquí con el peronismo (es decir, con un movimiento de masas que los alberga).

El blanco y el negro no son colores

Hay otra cuestión aquí. Y es cromática. El blanco no es un color, tampoco es incoloro: es la suma (o la presencia) de todos los colores. El negro es la ausencia total de color. Qué paradoja, que a las personas de pieles muy oscuras se les diga “de color”. Las blancas tendrían pieles incoloras. Doble paradoja: que nos caractericemos cultural y étnicamente y hasta actuemos en función de colores que no existen, o no colores.

Siempre pienso en la mirada del marciano que llega a la tierra y se asombra. Mi marciano se asombraría de ver cómo, por algo que no existe, unos individuos maltratan y se arrogan derechos de propiedad sobre otros. O, para decirlo de otro modo, que gente con hipopigmentación y baja concentración de melanina, es decir, pocos melanocitos o melanocitos de baja acción, consideren que esa condición les da derechos y poderes sobre otras personas hiperpigmentadas o con alta concentración de melanina y unos melanocitos power. Personas que se reivindican negras en respuesta al racismo y la opresión. Para profundizar, ediciones Godot acaba de publicar ¿Querés hablar de racismo? de Ijeoma Oluo, influencer estadounidense de raíces nigerianas que vale la pena escuchar aquí (pueden activarse los subtítulos).

Joseph Conrad, el escritor inglés de origen polaco, definió con cinismo el tema en El corazón de las tinieblas (novela en la cual se basó Francis Ford Coppola para Apocalypse Now) en boca del narrador, Marlow: “La conquista de la tierra, que más que nada significa arrebatársela a aquellos que tienen un color de piel diferente o la nariz ligeramente más aplastada que nosotros, no posee tanto atractivo cuando se mira desde muy cerca. Lo único que la redime es la idea. Una idea al fondo de todo; no una pretensión sentimental, sino una idea; y una fe desinteresada en la idea, algo que puede ser erigido y ante lo que uno puede inclinarse y ofrecer un sacrificio…”

GS