Opinión

¿Discutir el número? Sobre la cifra de los treinta mil desaparecidos

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Me propongo volver sobre algunos problemas suscitados a partir del documental The Round Number (2021), una suerte de ensayo fílmico sobre la cifra consagrada de seis millones de judíos asesinados en la Shoá. En lo que escribí se planteba la relación siempre problemática de la memoria (o la “conciencia histórica”, en el sentido más clásico) con las cifras y los símbolos de un pasado de crímenes masivos.

En las conversaciones con el director, después de las proyecciones en el Bafici, no dejaban de aparecer las comparaciones con otro “número redondo” que nos incumbe, los treinta mil desaparecidos. David Fisher, prudentemente, se abstenía de opinar (al menos en la ocasión en que yo lo escuché), pero esa asociación no dejaba de repercutir en muchos de los espectadores.

La asimilación del terrorismo de Estado, de los asesinatos masivos y los campos, en la experiencia argentina, con los horrores de la “Solución final” en Europa no es nueva. Surgió desde el comienzo de un trabajo de memoria y comprensión, frente a la magnitud y las modalidades de un acontecimiento límite, una violencia desde el estado que era casi imposible de ser pensada a partir de la historia conocida. La figura global del “genocidio” facilitaba una comparación entre el Holocausto y al terrorismo de Estado en la medida en que ofrecía un primer significado, un símbolo si se quiere, que inscribía esa masacre en la estela de los grandes crímenes del siglo XX. Pero también ha dificultado un trabajo de conocimiento capaz de aprehender y discutir las enormes diferencias en la historia, las modalidades y las consecuencias.

Aquí se trata de otra cosa. No de un acercamiento en el plano del acontecimiento, sino de sus sentidos. Y sobre todo del trabajo interminable de elaboración (Durcharbeiten, en el vocabulario de Freud) que retorna sobre una experiencia que no termina de asimilarse, que no agota su fuerza y su capacidad de conmover cierto estado de la conciencia y las representaciones del pasado. En ese punto, la discusión sobre las cifras (seis millones de judíos o treinta mil desaparecidos) es mucho más que una discusión sobre hechos y datos y se convierte en un síntoma de lo que puede o no puede saberse, de los límites de lo pensable de un pasado que sigue vivo en el presente.

Lo que me interesó destacar en el documental de David Fischer no es lo que agrega al conocimiento de la Shoá sino lo que habilita en el plano de las preguntas admisibles sobre un símbolo consagrado. Y lo importante no está en las respuestas o los resultados de una indagación, muy personal por otra parte, sino en lo que muestra sobre el estado de una comunidad de memoria particular (historiadores,  intelectuales, políticos, sobrevivientes..) capaz de asumir las preguntas que ponen en cuestión sus propias creencias.

Ahora bien, no desconozco que en la experiencia argentina discutir el número puede ser una manera de tomar partido, de ocupar una trinchera imaginaria que revive (o alucina) los combates de otros tiempos. En esa configuración miliciana de la memoria, el número (“Son treinta mil”/ “No son treinta mil”) no importa como dato o evidencia disponible para el mejor conocimiento del pasado. Y lo peor que puede pasar es que un pasado doloroso, cargado de vivencias, de luchas y desencuentros pero también de vínculos de solidaridad, de proyectos y esperanzas, quede aplastado bajo el peso de las consignas.

Es claro que se pueden hacer muchas cosas con las cifras, dependiendo de lo que se busque. En principio, lo que me interesa abordar en el debate, o más bien en la ausencia y las dificultades de una discusión, concierne al estado de la conversación pública sobre el pasado en sus proyecciones y retornos sobre las visiones del presente. En ese sentido, inevitablemente, la esfera tan mentada de la memoria pública no se separa de las producciones y las ficciones de la imaginacion política.

Todo eso es bastante conocido: no se trata de corregir los símbolos y las creencias que sostienen identidades y filiaciones ideológicas; tampoco de erigir a alguna élite esclarecida en los guardianes de la verdad histórica. La dimensión pública de la historia no existe sin el debate, que es algo bien distinto, opuesto en verdad, de una guerra de trincheras discursiva. Los símbolos y las creencias, por muy respetables que sean, no se sustraen a la polémica, máxime cuando, como en el caso de los desaparecidos, conciernen muy directamente al conocimiento y la deliberación sobre un pasado que interpela a toda la sociedad.

Por supuesto, la primera condición es la más completa libertad de investigación y de argumentación. La segunda, es que no se admitan  monopolios en la interpretación de ese pasado: ni del estado (o del partido, en la tradición estalinista) ni de los especialistas y los historiadores, ni de los representantes las víctimas que tienen todo el derecho de organizarse, reclamar justicia y expresar su visión del pasado, pero no de imponerla a los demás. Una polémica abierta, concebida como una conversación que nadie controla y no se sabe adonde puede  llevar es una imagen ideal, exigente, utópica si se quiere, que va a contramano de un espíritu de época en el que dominan las certezas automáticas y las solidaridades de facción. Sin embargo, contra el conformismo fácil, se erigen las responsabilidades de una posición intelectual (que tiene, por otra parte, una larga historia) que no renuncia a un criterio de verdad como crítica de lo dado, una práctica del pensamiento autónomo que, idealmente al menos, no tiene patria ni partido.

 

La primera cuestión, histórica, concierne a las preguntas que suscita la cifra de treinta mil desaparecidos a la luz de las evidencias y los conocimientos sobre la violencia de los setenta y el terrorismo de estado. (Hay otra pregunta, política, que por ahora dejo de lado, ¿cómo distinguir a los verdaderos negacionistas?) 

Para quien busca un conocimiento de ese pasado las cifras son una evidencia. Y una tarea básica de la investigación histórica exige interpretarlas, cruzar esos números con otras evidencias, compararlas, proponer inferencias. Por supuesto, el número no es decisivo para un juicio global sobre el acontecimiento: no lo fue para la Shoá (alcanza con saber que fueron varios millones los judíos asesinados) ni tampoco lo es para la condena del terrorismo de Estado y para la acción que desde la sociedad ha buscado recordar y honrar a las víctimas. Pero eso no lo convierte en insignificante para el conocimiento y la intelección del acontecimiento. 

Vuelvo sobre el documental de Fisher. Yehuda Bauer, un gran historiador de la Shoá, puede decir que el número no es importante porque, finalmente, esa cifra es abstracta: suma asesinados en condiciones y realidades muy distintas, en Alemania, en Francia, en Polonia, etc. Pero, por ejemplo, ningún historiador que se ocupe de los judíos deportados bajo la ocupación nazi en Francia podría decir, seriamente, que el número no importa. Y en Francia, en la posguerra y por la accion conjunta del Estado y de los historiadores se investigó y se determinó una cifra que nadie discute. En la Argentina no ha habido, ni de parte del Estado ni de la comunidad de historiadores, ninguna investigación sostenida en ese sentido. Me ocupé del tema hace varios años.  

Ahora bien, en lo que concierne a los desaparecidos, a diferencia de las víctimas del Holocausto, hay un número documentado que ha surgido de la denuncias realizadas a lo largo de más de cuarenta años, primero ante la CIDH (1979), luego en la CONADEP y finalmente en las denuncias recogidas en el Archivo Nacional de la Memoria. Ha habido depuraciones y agregados pero el número, alrededor de 8000, no ha variado. Mantener la cifra de treinta mil con la fuerza de un símbolo del conjunto de las víctimas (incluidos los detenidos ilegalmente que sobrevivieron), como proponía Emilio Mignone, es algo muy distinto de sostener, como un dato histórico, que hay más de veinte mil detenidos-desaparecidos de los que no ha quedado ni un nombre.

Las cifras documentadas son una puerta de entrada para las preguntas y las conjeturas acerca de un número total que siempre será aproximado. A  partir del perfil de los casos conocidos, esas cifras deberían cruzarse con lo que se sabe sobre las organizaciones que fueron el blanco mayor de la represión, las localidades donde los secuestros se produjeron, las modalidades, capacidad y tiempo de funcionamiento de los centros clandestinos, etc. ¿Qué sabemos de las víctimas conocidas? Casi todos eran militantes políticos o sociales insertados en su medio, mayormente urbanos; trabajaban o estudiaban, mantenía lazos sociales, familiares, de trabajo de amistad. Y su ausencia fue notada y denunciada; muchas veces por la acción conjunta de las familias y los compañeros de organizaciones políticas, sindicales o estudiantiles, que tuvieron un rol activo en ese sentido, conjuntamente con los organismos que nacieron en la resistencia a la dictadura. Las preguntas siguen abiertas, pero es difícil admitir que haya otras víctimas, varios miles, que han pasado por ese tiempo de luchas y compromisos fuertes sin dejar rastros.

Quiero ser claro: discutir el número a partir de estas preguntas no tiene que ver con una búsqueda de exactitud ni mucho menos con la intención de negar o reducir el crimen. Michelet decía que el historiador es el que toma a su cargo a los muertos. Mucho antes, Cicerón, postulaba una responsabilidad más extendida: “la vida de los muertos está en la memoria de los vivos”. En nombre de esos muertos, de los que tienen nombre y de los que en esa cifra habrían quedado borrados de la historia y de la sociedad, reducidos a la insignificancia, cabe mantener abiertas las preguntas y el derecho a discutir el número.

HV