OPINIÓN

El goce de pegar

0

“No me peguen, soy Giordano”, dijo una vez un célebre estilista y dicha frase pasó a la posteridad. Es difícil pensar que le hayan dejado de pegar por ese motivo. Al contrario, si la frase adquirió popularidad es por la impotencia que denotó.

Hace poco hubo un penoso episodio en una cancha de fútbol –como tantos otros– y no faltó la multiplicación de imágenes. De este desplazamiento (de los hechos a las imágenes) se desprende una conclusión freudiana: ver cómo le pegan a otro puede ser más excitante que el mismo acto de pegar.

¿Cómo se explica esto? La mayoría de las personas rehúyen los actos agresivos, pero a través de las imágenes realizan –mediadamente– lo que nunca harían en la realidad. Esta es la mediación de la fantasía. Entonces, no es tan claro que hacer algo a través de la fantasía sea en verdad un equivalente de la acción real. En el medio está el placer de ver.

En el ser humano, el placer de ver es más potente que el de actuar. Verse haciendo algo que nunca se haría es más excitante que verse haciendo lo que se haría. Esto sirve para ubicar el modo en que la fantasía le agrega un plus a la realidad y permite entender un dato básico de la neurosis: los neuróticos fantasean con actos que, si los hicieran, les causaría horror.

Hace un tiempo una amiga me contó que, leyendo una escena de terror en una novela, sintió placer sexual y tuvo que realizar un acto de descarga. Eso después le produjo culpa; por suerte no dejó de hacerse la pregunta: ¿por qué me excité de ese modo? Una inquietud de este tenor es la que llevó a Sigmund Freud a escribir un artículo que se tituló “Pegan a un niño”.

Lo maravilloso de este texto es que nace de la experiencia de análisis de algunos pocos casos, entre ellos, el de su hija Anna. Como analista de su hija, Freud descubrió una fantasía de flagelación como principal excitante de su erotismo. Incluso, la misma Anna escribió una ponencia en la que detallo esta fantasía –claro, como si fuera un caso bajo su tratamiento y no su propio caso.

La idea central de Freud es que la excitación de la fantasía, en que se ve que se le pega a otro, proviene de la desfiguración de una posición masoquista (ser pegado). Excita ver que se le pega a otro –algo que nunca haríamos– como un modo de velar el deseo inconsciente de ser pegados. No son pocos los neuróticos que, por cierto, se alivian con la idea de que a otro le pase algo terrible, con la superstición de que así zafaron ellos.

Un derivado de esta actitud neurótica la vemos en el morbo de quienes no pueden dejar de mirar un accidente que ocurre al costado de la ruta. En efecto, no son pocos los accidentes que se producen porque un neurótico se puso a mirar el accidente de otro. Habría que llegar a otra conclusión freudiana: el goce del placer de ver se resuelve con el golpe masoquista.

Si hubiera que ilustrar esto último con la información que proviene de otra experiencia, para darle una confirmación ampliada, habría que decir que algo semejante ocurre con los pornógrafos, que se satisfacen mucho más en el placer pasivo que le suponen a la mujer que con la identificación con el hombre que penetra. En la clínica con neuróticos obsesivos, no es extraño escuchar que la masturbación pornográfica muchas veces tiene como acto final ir al baño a defecar.

Jacques Lacan dijo alguna vez que el masoquismo femenino es una fantasía masculina. Esta frase se entiende de la misma manera que la afirmación freudiana: el placer que se juega en la fantasía es encubridor. Nadie goza de que aquello que le da placer. El placer justamente es un modo de reprimir el goce. Entonces, volvamos con esta idea a nuestro punto de partida, para entender mejor el sentido de esta reflexión.

Muchas veces nos preguntamos por qué alguien se dedica a ver aquello que, desde un punto de vista consciente, no le representa placer. Lo verificamos en la situación de quienes ven videos de accidentes, de palizas, los medios los anticipan: “A continuación imágenes que son sensibles”. Luego se transforman en contenidos virales.

El placer de ver no se sostiene de lo placentero, sino todo lo contrario. Y esto se debe a que encubre un goce oscuro y masoquista, del que el neurótico no quiere saber nada. Lacan tenía un modo muy gracioso de avanzar en esta idea, cuando decía que Sade no era sádico sino más bien masoquista –en la medida en que vivió encarcelado buena parte de su vida por la voluntad de nada menos que su suegra.

Mientras concluyo estas líneas, pienso en la situación cotidiana en que diferentes niños en una plaza se excitan al ver cómo retan a otro. Ni hablar de la demanda cotidiana en que un niño, con cierto aire de justicia, pide que otro sea castigado. El placer de reclamar castigos es también una fuente de excitación sexual. A veces no se sabe ni de qué se habla, pero nunca faltan los que hacen de una gota de sangre el secreto de su polución.

Anna Freud vivió toda su vida preguntándose por aquello que la excitaba en su fantasía. Eso la hizo una gran psicoanalista y una analizante consecuente. Vivió una vida en la que no quiso engañarse con un placer sin conocer el goce que lo causaba.

LL/MF