OPINIÓN

De la impotencia a lo imposible

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Un hombre llega a la consulta para plantear una duda que lo aqueja. No duda de algo que no sabe, sino respecto de los términos de una elección. Hace un tiempo se separó de una pareja con la que estuvo muchos años; actualmente está en pareja con otra mujer, pero ocurre que no termina de dar por concluida la relación anterior, ya que teme perderla…

El problema es que no siente ningún tipo de deseo por su ex pareja, mientras que este se concentra en su pareja actual. No obstante, quisiera que su deseo vuelva a la pareja de origen, con la que se lleva muy bien y comparten muchas cosas; mientras que con la actual discute en diferentes ocasiones…

Se pregunta: ¿por qué no puedo desear a la mujer que amé durante tantos años? ¿Por qué la mujer que deseo es la que me trae tantos dolores de cabeza? Insiste: ¿por qué no podría recuperar el deseo con mi pareja anterior, si alguna vez la desee? ¿Por qué a veces quiero que mi pareja actual no funcione, para volver con mi ex?

Ninguna de estas preguntas tiene respuesta. Al menos, no en el análisis. Se podrían dar muchas explicaciones, desde teorías psicológicas, el saber popular y la vida misma, pero en el marco del análisis propiamente dicho, no hay nada que el analista pueda decirle; salvo que las preguntas se plantean como forma de indeterminar su posición.

Ante la duda obsesiva, la tentación habitual es inclinar la balanza por uno de los dos términos. Si el analista hace eso, inmediatamente el neurótico hará fuerza en la otra dirección para restablecer el efecto de incertidumbre del síntoma. Si bien es inevitable caer en la trampa y eventualmente ponerse a conversar en función de “alternativas”, este es un péndulo del que, mejor, conviene salir.

¿Quién puede responderle cuál de las dos opciones es la “correcta”? Incluso él mismo sabe que hay días en que elegiría una y, luego, otra. A veces, hasta en el mismo día puede ir de una opción a la alternativa. Por lo tanto, el análisis en sentido estricto comienza cuando se sale de la disyunción y se ubica la encrucijada que la hace posible.

¿En qué momento dejó de desear a su ex pareja? Un episodio trágico que golpeó al vínculo planteó una situación de vida o muerte, en la que ambos debieron apoyarse como más que amantes; podría decirse que se convirtieron en familia. Ahora bien, ¿quién puede desear tener relaciones con un pariente?

Sabido es que el psicoanálisis les reserva un lugar privilegiado a los deseos incestuosos, pero siempre que no se realicen y permanezcan en la fantasía. Mejor dicho, cada vez que esta inviste un objeto actual en términos incestuosos, la deserotización está garantizada. Es lo que les ocurre a muchas parejas de este tiempo cuando se convierten –lo dicen– en “hermanos”.

La fraternalización de la pareja es una de las condiciones típicas de la pérdida del deseo en muchas parejas actuales, que se quieren mucho, que no se quieren separar, que no saben cómo vivir sin el otro, etc., aunque el deseo falte a la cita. Que la pareja quede investida por el complejo fraterno es garantía de su destitución.

Entonces, de regreso a la situación inicial, cabe reformular la duda obsesiva –esclarecer su trasfondo– ya no en función de la elección impotente entre dos mujeres, sino a partir de una imposibilidad: familia o deseo. Nuevamente, esta es una decisión no tiene respuesta en el análisis, pero esta vez el analista sí tiene algo para decir: si quiere excitarse con esa mujer que es de la familia… tiene la impotencia asegurada.

Ahora bien, esta intervención no es la única que el analista tiene para decirle. Se agrega una más, que es muy habitual con hombres que –por defecto neurótico– suelen cargar con el 100% de la culpa: en lugar de pensar que su ex es una pobre mujer a la que él traicionó con otra, sería bueno que se haga la pregunta de por qué también ella no lo suelta.

No es infrecuente que hombres que no pueden asumir con responsabilidad su deseo, por la culpa que les produce, no se den cuenta que el origen de esa culpa es un sustituto materno que les dice: “Yo te amo y te espero”. El neurótico obsesivo nunca puede dejar a nadie que lo ama. Y quien lo ama, por lo general, sabe que no debe retenerlo.

En los tratamientos con neuróticos obsesivos nunca deja de estar presente esa instancia en la que se ponen al hombro el fantasma de su pareja y lo actúan, como si se tratara de su propio deseo. Ahí donde creen que seducen, son seducidos. Donde creen que dejan, son más retenido donde no los aman. Y a veces, se quedan.

LL/MF