SOY GORDA (ESEGÉ)

Muchachas en flor

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Comencé a escribir esta columna en febrero de 2022, como una deriva impensada de un texto de auto ficción que permanece inédito en el que relato el biodrama (y la biocomedia) de una muchacha excesiva y desobediente: Emilia. Desde pequeña, la chica se chupa los dedos y su abuela intenta infructuosamente disuadirla envolviendo sus falanges con cinta adhesiva salpicada en pimienta y otros picores.

Más adelante, las tetas le crecen más de lo que su madre y su padre parecen soportar y un médico nutricionista surge como la solución mágica para detener el desarrollo de la púber. Pero no. Porque una cosa es la grasa, otra la crasa, muy distinto estar crazy o a la caza. “Que va a ser de ti lejos de casa, nena que va a ser de ti”. 

Emilia, como una profecía autocumplida, comienza a comer “demás” para (in)satisfacción de una familia que controla sus visitas nocturnas a la heladera y se/ la convierte/n en ladrona de comida.

Una sexualidad explosiva la amenaza y nadie logra ponerle freno. Emilia será gorda y/o puta, el mandato inconsciente y colectivo. En el camino pasarán cosas. Peripecias de su yo, su ello y el superyó. La alegría no será sólo brasilera.

Así, en la clandestinidad nocturna, se convertirá en una muchacha que sube y baja de peso, que aparece y desaparece de la vista, porque quiere y no quiere ser “la niña de sus ojos”, esa mirada con aceptación y rechazo por aquellos que le resultan sustantivos y significativos. En ese tira y afloja transcurrirá su vida, con el peso, la comida y el cuerpo como constante y como obsesión distractiva.

Los tratamientos médicos, primero, como sistemas modelizadores; el descubrimiento del activismo, la militancia y la escritura, después, como herramientas transformadoras, le permitirán ir comprendiendo el sentido del control, la función política de procurar que todos, todes y todas seamos a imagen y semejanza de un paradigma físico único, útil para un sistema que nos quiere sumisos, convencidos de que “algo habremos hecho” y que nos merecemos el malestar.

Pero es en la doble vara del malestar que incomoda y del movimiento que necesita salir de ahí, es donde Emilia se unirá con sus pares para multiplicar los cambios que iniciaron las feministas y las diversidades. Con avances y con retrocesos, con tiempos luminosos y otros oscuros. Las fuerzas revolucionarias y las conservadoras o de la reacción conviven en el interior de cada une, además de pujar unas contra otras en la arena pública.

La fábula está inconclusa, no tiene moraleja, sí bestialidad animal.

En aquella primera columna de por acá, citaba un texto de Clodet García que decía: “… Pero yo sé que algún día caerá el uso de la palabra gorda como insulto. Se caerá letra a letra, se deslizará la g por nuestras luchas. L o se expandirá orgullosa y extensa. La r se escuchará rabiosa. La d dinamitará el odio. La a será un grito interminable. Diremos GORDA o GORDE o GORDO y se escuchara como identidad política. Como un de nuestros nombres de lucha. Se escribirá GORDA y se leerá el pleno derecho de un cuerpo a existir sin opiniones ni juicios, antes que el patriarcado, caerá el insulto. Haremos propia la palabra que terminó con los estereotipos de belleza. La belleza como mandato, el disciplinamiento de los cuerpos. Es nuestra la palabra que nos nombra: GORDA. Una palabra redonda, con estrías y pozos. Blanca, fuerte y salvaje. GORDA es el nombre de mi revolución”.

Si la niña Emilia pensó durante su infancia que había un paraíso en la Tierra, un tiempo y un espacio de oro en el que convivir con los demás en plena armonía, concédanme que esa fue una ilusión.

Me decía una terapeuta que de ilusión también se vive… pero qué mal se vive.

En cambio, la conciencia de nuestra potencia, la convicción de que nunca se sabe lo que los cuerpos pueden, esa incerteza, es el fundamento profundo de la alegría, la semilla de la sabiduría y la bondad, la apuesta a lo divino que es mucho más que la suma de nosotros como partes. Es la lucha que va construyendo realidad.

Somos una unidad y lo que le afecta a uno se desparrama hacia los demás. Para bien, para mal.

Decía Héctor Viel Témperley (vean la película de Gloria Peirano y Gustavo Fontán, Hospital Británico, un tesoro en homenaje al poeta): YACE MURIÉNDOSE Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el tambor en donde fui formado y hable con Él -como un niño borracho-, entre sillas caídas, río crecido y juncos. Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas de un pecho de caballo querré internarme, huir, refugiarme en mi casa de trozos esparcidos de ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién nacido en el tórrido vientre del silencio. PARA COMENZAR TODO DE NUEVO Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido. PARA COMENZAR TODO DE NUEVO El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena.

Un poema, un misal pagano, un crowl en la piscina, un cross a la mandíbula, un oído absoluto, un concierto… ¡Feliz cumpleaños!, con unas horas de atraso, Charly. Gracias por el fuego y por la grasa. ¿Qué música es la que escucho que tiene tal sentimiento?

Regreso de la sala Margarita Xirgu en San Telmo, donde se presentó Fabriquera, el nuevo disco de Juli Laso, una intérprete de lujo en tributo a Daniel Melingo, otro maestro de nuestra música popular. La artista cantó cercana a la conversación. Grave y cálida.

Escribo y todavía suena esa voz extrañamente rasposa para una muchacha tan tierna, graciosa y sutil, en una ceremonia que celebró el tango y las flores de Paraguay. Sonaron cuerdas, entre transparencias y velas, con la dirección de María Alché. Brillaron el inconfundible y melancólico Vicentico y el decir magistral de Cristina Banegas, mientras el público, Liliana Herrero y Lucrecia Martel abrazaron a Juli con sus aplausos.

LH/MF