OPINIÓN

El estado de la Nación

0

El domingo 1° de marzo a las 21 horas, el Serenísimo señor presidente de la República Argentina abrió el 144° período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, ante la Asamblea Legislativa (art. 99 inc. 8 CN), desarrollando un previsible monólogo cómico cuyo montaje visual fusionó la convivencia vigilada, la exposición pública y la dramatización de las relaciones humanas. Magnánimo jefe de Estado: ¡tarea cumplida!

Arrancó arando: se concentró en los legisladores opositores, vociferando un pasticho entre la anáfora y un estribillo coloquial repetitivo: “Ustedes también podrían gritar porque soy presidente de ustedes, aunque no les guste. No, ustedes no pueden aplaudir porque se les tapa la mano a los bolsillos ajenos. Dale, sigan con las operaciones que después los voy a ir a buscar cuando se caigan en la justicia por mentirosos, dale.”

La Asamblea es un acto institucional donde confluyen los poderes del Estado y se representa la totalidad del cuerpo legislativo. La Constitución Nacional no espera que sea un atrio donde reverbere la unidad nacional. Enfocado y cauto, el Presidente halagó: “A ver, a ver, ignorantes, la justicia social es un robo, implica un trato desigual frente a la ley y está precedido de un robo. ¡Manga de ladrones! ¡Delincuentes! ¡Por eso tienen a la suya presa! Sí, sigan con las operetas que la gente sabe. Saben que son unos mentirosos.”

José Benjamín Gorostiaga y Juan Bautista Alberdi, cada uno desde su lugar (constituyente de 1953, padre intelectual), influyeron decisivamente en los debates y en la redacción final. Ni en el manuscrito original de la Constitución de la Confederación, ni en los ejemplares impresos tempranos, las Actas del Congreso General Constituyente, los borradores inspirados en Alberdi, la correspondencia y escritos de los constituyentes, o la prensa de época, surgen conceptos que recomienden invectivas tales como: “¡Manga de ladrones! ¡Manga chorros!”.

La reunión conjunta de las dos cámaras del Congreso (Diputados y Senadores) cada 1° de marzo en Argentina, no es lo mismo que el Estado de la Unión norteamericano, el discurso anual que el presidente pronuncia ante el Congreso reunido en sesión conjunta (Art. II, sec. 3 Constitución de EE. UU.). El martes 24 de febrero de 2026, a las 21:11 (hora del Este), en la Cámara de Representantes del Capitolio, Donald Trump mostró sus callos. El Serenísimo presidente argentino tuvo 5 días para afilar su pasión por la clonación de ocurrencias ajenas.

En su ritual, el estadounidense dijo que su gestión era una transformación extraordinaria, histórica, sin precedentes (turnaround for the ages), contrastando con lo que llamó el “fracaso” de sus adversarios demócratas.

El argentino alardeó con que su gestión creaba riqueza, prosperidad, y abundancia —contra regulaciones, igualdad y pobreza de la oposición —, y estaba realizando la mayor transformación de la historia en materia económica. También saqueó con fervor: “Dale, los fascistas son socialistas que entendieron que el camino no era la violencia. Por lo menos sé menos bruto y andá a estudiar”. Plagiario pero agradecido, expresó que era hora de “crear el siglo de las Américas. Make America Great Again de Alaska a Tierra del Fuego. Y hagamos Argentina y América grande(s) nuevamente.” El ardoroso embajador de los Estados Unidos aplaudió.

La Asamblea Legislativa del domingo 1° de marzo reservó un generoso conteiner para la mentira, los mentirosos y otros desórdenes morales. Pero para hablar de la mentira hay que decir la verdad. El Serenísimo espetó: “Y eso al margen de que se fueron de su último gobierno con una situación en la que el 30% de los trabajadores formales eran pobres.” En el segundo semestre de 2023, la pobreza en trabajadores formales era del 18,9%. En diciembre, el gobierno entrante aplicó una devaluación del peso, que derivó en un aumento de la pobreza en el primer semestre de 2024; fue en ese período que llegó al 28,3%.

Mientras tanto, economistas —algunos doctores de verdad— advierten que es arriesgado usar el dólar como ancla con tasas altas. Recuerdan que la Argentina se abrió y se cerró cuatro veces desde los ’70. El presidente arañó como gato entre las leñas: lo suyo no fue una devaluación, sino un “sinceramiento”. Pero el principio de revelación no salva el argumento: cualquier equilibrio bayesiano de Nash puede representarse por un mecanismo directo de incentivos compatibles. Máxime cuando ya se ha gastado el parche de que la oposición no sirve: “De vuelta: no sabes leer, no sabes mirar un número. Gracias por confirmarlo: vaya y lea los balances, señora.”

En las recopilaciones de frases de Trump, el magister, predominan expresiones coloquiales o autopromocionales, no citas eruditas. El Serenísimo innovó respecto de su docente: hablando de la “ciclópea” tarea de desregulación, exclamó “¡Uy, no sé si ellos entenderán quién era Cíclope!”. Difícil: Cíclope no era alguien, sino unas criaturas míticas; tal vez habrá querido decir Polifemo. Enseguida perpetró: “Les cuento, kukas, porque como ustedes son tan ignorantes…”.

La versión argentina del Estado de la Unión norteamericano no habrá sido veraz, pero tampoco fue culta. Se atribuye a Macedonio Fernández una frase lograda: “Fue tan poca gente a ese velorio, que, si faltaba uno más, no entraba.” El Serenísimo presidente no citó a Macedonio, pero a un Martínez le dijo que dejara de mirarse al espejo, que “¡los chorros son ustedes!”

¿No es instructivo?

RB/MG