ENSAYO GENERAL
No todo es una tremenda boludez
Nunca posteo cosas importantes en Instagram; me refiero a cosas serias, reivindicaciones políticas, reclamos, homenajes o declaraciones. A quién le importa, dirán ustedes, y yo les juro que digo lo mismo; lo llamativo es que le termina importando a mucha gente. Un femicidio, un escándalo, una efeméride, lo que sea: en un mundo sin intimidad, en el que se espera que una muestre todo lo que dice, hace y piensa, no mostrar es no decir, no hacer, no pensar. Es común, entonces, que ante lo que se entiende como un “silencio” (“no posteaste nada sobre esto”), una persona medianamente pública reciba una catarata de comentarios indignados. Escribo columnas, libros, a veces, si me invitan y creo que sirve para algo, hablo en algún medio o doy una charla, o una entrevista. “No postear”, sin embargo, se lee como una marca de indiferencia, e incluso de soberbia; de estar “más allá”.
Quiero ser clara: no es por proteger mi intimidad que no subo ese tipo de posteos. De hecho sí pongo fotos de mi hija, por ejemplo, o de mi novio o mis amigas. Es sobre todo porque soy anticuada, soy solemne, y no me acostumbro a este mamarracho que vivimos en el que en el mismo soporte y en el lapso de treinta segundos veas las fotos del casamiento de alguien, una publicidad de zapatos, una protesta contra un genocidio y un plato de fideos moñito. Me encanta la banalidad: mi Instagram, justamente, es un festín de banalidad. Pongo cosas de mi trabajo, fotos saliendo a comer con mis amigas, muchas fotos usando ropa que me gusta, mi hija hamacándose en la plaza, alguna actriz de Hollywood diciendo una frase que me resulta interesante, pavadas de toda clase. Pero por eso mismo me resulta incómodo mechar, en el medio de todo eso, algo serio. Puedo hacer una excepción si se trata de convocar a alguna marcha, algún evento en lo que la difusión en tiempo real es importante, pero es eso, una excepción. Lo que pasa con la banalidad, o con la boludez, que es lo mismo, es que tiene un efecto impregnante sobre todo lo que lo rodea. Creo que con lo serio, lo solemne o lo sagrado sucede lo contrario: un comentario ceremonial en un ámbito liviano destaca, resalta, genera una sensación de extrañeza, pero no vuelve importante lo liviano. En cambio, lo liviano, justamente, aliviana: por eso nos gustan los chistes en los funerales, porque le sacan seriedad a un evento que nos gustaría que fuera menos serio. Nos permiten pensar, por un rato, que todo fue en joda, que esto no está pasando en serio. Ese efecto aplanador de lo ligero, lo ridículo o lo boludo puede ser fantástico, en un contexto de calidez: pero así suelta, silvestre, la mezcla de lo banal con lo serio es cínica. Banaliza. Le resta importancia a lo importante. Es lo que antes se solía llamar una falta de respeto, y hoy no tiene nombre porque ya ni nos llama la atención. Al contrario: a mucha gente le parece bien. Mirá qué admirable, se acordó de meter un reclamo por los femicidios en el medio de sus vacaciones en la playa.
Creo que ya está todo dicho sobre la falsa noticia de la muerte del padre de Messi, pero ayer leí en X algo que me llamó la atención: el periodismo siempre ha cometido errores; periodistas formados, con muchos productores trabajando y gente supuestamente entrenada en el chequeo de información. Pero Dolina, por caso, no hablaba de ciertas cosas en el medio de sus monólogos divertidos. Si estábamos boludeando, estábamos boludeando. El problema de los canales de streaming, o uno de ellos, al menos, es que viven en esa lógica de Instagram en la que todo tiene el mismo valor: una muerte, una anécdota estúpida sobre sexo, un chivo, un caso de corrupción, una denuncia de violencia. Todo da exactamente igual, y lo que eso termina significando no es que todo es importante, sino que nada es importante. Es un efecto que parece ser una forma de la buena onda y en realidad es una forma del cinismo: una variante de ese optimismo cruel del que hablaba la teórica Lauren Berlant. Es eso lo que nos incomoda del asunto de la muerte en Luzu, incluso más allá del chequeo o de la verdad o falsedad de la noticia. Es bueno que nos incomode; significa que nos queda algo de esos pudores anticuados, esos filtros de otra época que nos dicen que no toda formalidad es una paquetería que hay que sacarse de encima, que los límites entre una cosa y otra cumplen una función que va más allá de lo ceremonial, que no puede ser que todo sea siempre una tremenda boludez.