OPINIÓN

El presidente análogo

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Trump se deleita frente al espejo oval abatible de su vanity boudoir, con tres modos de luz, y brillo regulable. El rostro lustroso por micropunción (microneedling) con células madre mesenquimales autólogas de su propio cuerpo, el jopo pompadour exagerado (el swoop), peinado desde los lados hacia el centro y luego hacia atrás, y el inconfundible efecto ojos de mapache blanco sobre el naranja de la dihidroxiacetona… todo está en orden. ¡El show está por comenzar!

Comenzó su mandato declarando que Canadá era “un país muy deshonesto”, expresando su deseo de adquirir Groenlandia y sosteniendo que Estados Unidos debía recuperar el control del Canal de Panamá. A lo largo de sus apariciones públicas a gogó, esparció un cúmulo de afirmaciones dispares, pero siempre consistentes en su propia magnificencia.

Se declaró “un genio muy estable” (2018, en Twitter), “el elegido” (2019, mirando dramáticamente al cielo), “el rey” (2026, durante un discurso en el Kennedy Center, mientras aseguraba haber vendido más aviones Boeing que nadie en la historia) y sostuvo que parte de su belleza consistía en ser “muy rico” (2011, en Good Morning America). Era, según sus propias palabras, la panacea universal, el Santo Grial, la fuente de la juventud, la piedra filosofal y la lámpara de Aladino, todo concentrado en una persona. Si un ejemplar de la condición humana es capaz de decir y creer eso de sí mismo, ¿qué no será capaz de decir y hacer del resto del mundo?

Un Occidente incierto, preocupado y desanimado, parece hipnotizado por las idas y vueltas de un mandatario impredecible, contradictorio e inconsistente. Surge la pregunta: ¿se trata de una aplicación deliberada de la “teoría del loco”, aquella estrategia de Nixon y Kissinger a fines de los años sesenta, destinada a hacer creer al adversario que el líder es irracional, o simplemente estamos ante un megalómano proclive al poder absoluto? ¿Logra su estilo político que Estados Unidos recupere la grandeza que promete o contribuye a normalizar la violencia verbal, el autoritarismo y el progresivo debilitamiento de las instituciones democráticas? En definitiva, ¿crea su gobierno las condiciones para que cada persona pueda buscar su propia felicidad con libertad y seguridad, o está llevando a la práctica la virulencia que pregona en la virtualidad, dañando la salud mental colectiva y la cultura pública?

Donald Trump no es incoherente; Maquiavelo decía que todos ven lo que aparentamos, pero muy pocos lo que somos. Ha mantenido posiciones consistentes durante años en temas como la crítica a la globalización desregulada, la oposición a ciertos tratados comerciales, el rechazo a intervenciones militares prolongadas y el énfasis en la fuerza disuasiva. Su estilo, en cambio, responde más a instintos básicos y estados de ánimo que a una doctrina ideológica coherente, lo que proyecta una imagen de contradicción. Surge entonces la pregunta: ¿pueden esas líneas mantenerse cuando, su forma de tratar a los aliados oscila entre la exclusión y la humillación? Muchas veces los objetivos estratégicos son perseguidos por los humores, y alguna vez alcanzados a pesar de ellos.

El mundo de los bienes raíces y los acuerdos de alto riesgo, del que proviene el presidente norteamericano —y que tiene poco que ver con el mundo del arte—, tiene como táctica clásica generar la máxima incertidumbre y presión posibles para que la contraparte revele sus verdaderos límites y termine cediendo. Por eso amenaza con medidas extremas —como tarifas del 60 % a China o acciones militares drásticas—, crea un clima de caos y tensión, para luego retroceder o negociar desde una posición más favorable. A veces, dice algo contrario a lo que busca, lo que tiene por fin lograr que el rival prefiera llegar rápidamente a un acuerdo razonable. Precisamente es esta dinámica la que ha llevado a Trump a ser designado con el acrónimo TACO (“Trump Always Chickens Out” —“Trump siempre se echa atrás”). También los caprichos tienen límites no hipotecarios.

Esta apuesta por un individualismo radical —evitar costos desproporcionados y no mantener dependencias caducas— tiene un precio: reduce la capacidad de sumar aliados en el sentido tradicional (una visión común y una coordinación estratégica). Si se menoscaba la alianza con la OTAN, la Unión Europea buscará otros socios, por mucho que Trump los califique de aprovechados (freeloaders).

El barril de petróleo (principalmente Brent) ha subido aproximadamente un 45-55 % desde el inicio de las hostilidades el 28 de febrero de 2026 hasta hoy. El negociador jefe de Teherán y presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, escribió en X que “el presidente estadounidense hizo siete afirmaciones en una hora. Todas eran falsas”. El bloqueo estadounidense del estrecho de Ormuz pone a prueba la relación entre Trump y Xi antes de su cumbre de mayo.

Desde el comienzo de la guerra, la nafta en Argentina subió aproximadamente un 23 %; EE.UU. e Israel, los atacantes, son sus principales aliados. Una bicoca.

Un día tras otro, Donald Trump permanece idéntico a sí mismo en su jopo y su escenografía, pero análogo en sus actos: siempre dispuesto a herir, humillar o dañar emocionalmente a quien considera su adversario. El uso de la impredecibilidad como ventaja asimétrica le permite probar límites, crear apalancamiento en negociaciones de suma cero y luego pivotar salvando las apariencias, lo que además le es indispensable en un sistema con Congreso, tribunales, aliados y mercados, donde la rigidez absoluta es imposible. Sus impulsos comunicativos, sus respuestas en tiempo real a estímulos y su predilección por el impacto mediático generan ruido, pero no siempre cambian la dirección política. En cambio, sí erosionan la confianza y multiplican el caos. Incluso en los mercados inmobiliarios todo es posible, menos evitar las consecuencias.

Cuando la misión Apolo XIII sufrió una grave explosión y estuvo a punto de terminar en tragedia, el mundo entero contuvo la respiración, deseando que los tres astronautas regresaran vivos. El comandante Jim Lovell, reflexionando sobre aquella experiencia, dijo: “Ver la Tierra como realmente es y darte cuenta de la suerte que tenemos… es como un adorno de Navidad azul y blanco. Y claro, no se ven las ciudades, no se ven las fronteras. Se ve la Tierra como es en realidad: un gran oasis en la enormidad del espacio”.

Décadas después, Donald Trump profundiza día a día su visión momentánea de las alianzas. No hay nada como inventarse su propia realidad para tenerla bajo control; dice de todo y lo contrario, porque al final no hay ninguna opción buena para él. Nunca antes Estados Unidos había generado como ahora tanta resistencia y desconfianza entre sus aliados tradicionales. No los ocasionales, que está por verse cuánto le importan.

RB/MG