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El tango y sus edades

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Toda investigación parte de un enigma. De algo que no acaba de cuadrar del todo. Y todo buen libro, como demostró Jorge Luis Borges, es como una investigación. Las edades del tango, de Sergio Pujol, es ambas cosas: una pregunta inicial que nutre todo el relato –y una investigación– y un libro extraordinario, en el sentido más preciso. Algo que inaugura una categoría. Algo que no existía antes de que alguien lo pusiera en órbita.

Existe el tango, desde ya. Y existen sus historias, las que ya han sido escritas, que Pujol recorre y analiza exhaustivamente. Pero esta, que habla de sus edades –no sus épocas, remarca el autor en una conversación con elDiarioAR– se trata de otra cosa. Está contada por alguien que indudablemente ama esta música, y la conoce con profundidad, pero su punto de vista no es el del fan. No hay aquí vidas de santos, ni relatos hollywoodenses acerca de luchas contra dragones, reales o imaginarios. Tampoco se trata de mitologías, aunque ellas aparecen. No como explicación sino como objeto de estudio. Su autor hace, en rigor, lo que viene haciendo desde aquel fundante Las canciones del inmigrante, que publicó hace ya casi cuarenta años: escribir sobre las músicas y su relación con la sociedad y hacerlo, al mismo tiempo, con el máximo de los rigores –y desde la investigación y los documentos, esa rareza– y con la mayor de las simplezas posibles.

“Mi aprendizaje fue el periodismo”, dice, y habría que agregar la docencia, que ejerce desde hace más de dos décadas como profesor de Historia del Siglo XX en la Facultad de periodismo y comunicación de la Universidad de La Plata, la ciudad donde nació y en la que vive. En ambas disciplinas no se puede –o no se debe– decir aquello que no esté fundamentado y, en las dos, lo que se dice tiene un interlocutor. Busca ser comunicado.

En Qatar, en 2022, Argentina gana su tercer Mundial. La conquista es épica. Se dice, y posiblemente sea cierto, que se ha tratado de la mejor final de la historia. Y la épica argentina se traduce en tango. “Ellos bailarán tango toda la noche”, cuenta Pujol que dice un locutor de la televisión inglesa. Y continúa, en ese comienzo de un libro donde se traza un arcano, “Trap, rap, cumbia, pop, rock, cánticos de estadio de fútbol (todo un ejercicio de contrahechura con motivos populares), incluso folclore: otros géneros musicales tenían en 2022 más relieve en la superficie sónica de los argentinos que el tango. Por otra parte, la imagen de un baile ensimismado, de pareja cerrada, como expresión de algarabía era totalmente inadecuada. Con el tango no se puede hacer pogo.” Y el problema que se plantea, entonces, es por qué esa música que no se baila en las calles, de cuyas canciones casi nadie sabe una letra completa y que parece impracticable como festejo, tenía para un locutor inglés (y no solo para él), el valor de algo que, en palabras de Pujol, “pudiera dar cuenta de la unidad de un país que, como tantos otros, está hecho de parcialidades y tensiones, de asimetrías sociales e identidades encontradas.”

“Empecé la carrera en Humanidades, en la época de la dictadura, y al poco tiempo me convocaron de El Día para hacer una columna semanal de crítica de música”, relata Pujol sobre sus comienzos. “Yo leía mucho sobre ese tema. La Pelo, Expreso Imaginario, los pocos libros que había en ese momento. Como había estudiado inglés en la secundaria, tenía acceso también a bibliografía en ese idioma. Y hay un estilo, una manera de contar la historia que uno podría identificar con una línea anglosajona, que puede ser muy rigurosa, muy documentada, pero donde predomina una idea narrativa. Y eso me resultó muy atractivo. En la facultad estudiaba economía y política. Y la biografía estaba un poco desprestigiada. Pero un poco de manera under me seducía esa otra manera, que fue, creo, la que terminó dando forma a mis libros.

Su propia historia como escritor traza un recorrido inevitable. Los inmigrantes, María Elena Walsh, Discépolo, Valentino y los años 20, el baile, el jazz y la música de tradición afroamericana en la Argentina, la década de 1960, las canciones populares de este país entre 1910 y 2010, el 73, el rock y la dictatura, el Gato Barbieri, un originalísimo paisaje dibujado por Cien años de música argentina en que se entrecruzan estilos y tradiciones casi siempre tratados como si correspondieran a universos paralelos y, por supuesto estas edades del tango, bien podrían ser los diferentes capítulos de un monumental volumen destinado a contar una historia con mayúsculas: la de los sonidos de la Patria. Es decir, para tomar las palabras de Leopoldo Lugones que Pujol analiza certero, ese “espíritu de un pueblo” que puede apreciarse por su música.

La palabra “tango”, en ese sentido, tiene, para él, un gran poder simbólico y representativo. Su historia, en todo caso, aunque él reconozca antecedentes, es en muchos aspectos la primera. Por lo pronto inaugura el registro cabal de la documentación dura y el análisis de los estilos sin abandonar la frase elegante y ese gesto “anglosajón” de no olvidar que contar la historia es, también, contar una historia. Pero no solo eso; entiende que las rupturas son tan importantes como las continuidades y al hablar de “edades” puede situar con claridad a intérpretes como Roberto Goyeneche o el Sexteto Tango como objetos culturales de los sesenta, aunque su repertorio tomara al pasado como su fuente. Y, también, señalar la importancia de compositores e intérpretes actuales, como Diego Schissi.

“Está el libro de Blas Matamoro, que es interesante, muy marcado por las lecturas de época, por el marxismo. Es una visión casi adorniana”, explica Pujol, trazando de alguna manera la historia de esta historia. “El trabajo de Gustavo Varela, sobre tango y política, también es una referencia importante. En cuanto a cómo contar el tango, evidentemente leí a Ferrer, a Del Priore, a Salas, de alguna manera las historias canónicas del género, que son estrictamente artísticas. Se refieren a intérpretes, compositores, repertorio. Y allí el contexto es casi un telón de fondo. A veces reducido a unas pocas líneas en la introducción de cada capítulo. Yo busqué otra perspectiva aunque no creo, tampoco, que una historia social del tango deba centrarse exclusivamente en las relaciones laborales, en el vínculo con los medios de comunicación, las políticas económicas o la censura sino que hay que hablar también de innovaciones estilísticas. En rigor hay una interrelación. Si se piensa en el sexteto de Julio de Caro, por ejemplo, está la riqueza del contrapunto, las composiciones de Francisco, obviamente, pero nada de eso hubiera existido sin ciertas condiciones de posibilidad: la bonanza del período de Alvear, el aumento del consumo popular; el auge del cabaret, que es un poco el laboratorio para ellos, y el surgimiento de la radio. Busqué articular esas dos narrativas”.

El enigma inicial de Las edades del tango persiste, eventualmente, a lo largo del libro. El poder simbólico de esa palabra, tal como señala el autor, crea su propia realidad paralela. Y define, a pesar de todo, una identidad. Una filiación dibujada sobre una ciudad imaginaria y en una música que ya pocos bailan y mucho menos cantan pero que, no obstante, sigue siendo la fuente de algunos de los creadores más interesantes del presente. Eso, podría, también, leerse como una metáfora. Afortunadamente, tiene quien la escriba.

DF/MF