Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

EN PRIMERA PERSONA
Trabajar, gozar y sufrir en una empresa tech

Trabajar, gozar y sufrir en una empresa tech

Julieta Rabinovich

0

Nunca me habían echado de un trabajo y ese día llegó después de pasarme meses leyendo sobre los famosos “layoffs” en tecnología. Cuando se lo conté a mi profesora de inglés, me dijo que cambiara la expresión “I was fired”, fui echada, por “I was made redundant”, fui desvinculada, porque la empresa debía reducir personal. No pude distinguir si me lo corrigió para próximas entrevistas o para hacerme sentir mejor, pero en español sigo diciendo que me echaron. Un poco para sacarle el tabú al mundo laboral exitista que nos hace sentir vergüenza al contarlo porque se nos mancha el currículum, creyéndonos a nosotros mismos con la misma pureza que una hoja de papel. Pero, también, para no quitarle a lo que pasó el peso que se merece.

Es innegable que hoy en día las empresas tech son un buen lugar para trabajar: los salarios suelen estar por arriba de la media o pagarse en dólares, se puede hacer home office sin problemas ni excusas (permitiendo tener una vida en paralelo), alientan la gestión proyectos de forma dinámica con métodos que promueven la agilidad (donde se entrecruzan la programación, diseño o investigación con producto y el área de operaciones o marketing). Pero, no menos cierto es que cada tanto aparece una crisis económica a nivel mundial que las lleva a despedir -tan rápido como los contrataron- a cientos de empleados. 

Trabajé en una startup argentina con sede en México que, así como contaba con los mismos beneficios que las compañías grandes de tecnología, también compartió su destino catastrófico: al no llegar a revertir los números en rojo que la acompañaban hace meses, despidió de un día para el otro al 70% de sus 300 empleados. Más allá de qué otras empresas tomaron esta decisión -en un futuro cada persona podrá googlear y decidir si quiere o no trabajar en las mismas- son parte de una realidad que va de la mano con el momento que estamos viviendo: un frenesí por facturar y, en consecuencia, por contratar como si no hubiera un mañana hasta que ese mañana llega para decirnos que este presente ya es insostenible. El problema detrás de todo esto es que, de un miércoles a un jueves, se derrumba la agenda personal a las que nos habíamos acostumbrado.

En las primeras cuarenta y ocho horas, mi LinkedIn se volvió una catarata de publicaciones. Me llegaron mensajes de colegas de trabajos anteriores, contando que se habían enterado. Me preguntaban, conmovidos, si estaba bien y me ofrecían, sinceramente, que contara con su ayuda. Esperaba, debo decirlo, que otras personas tuvieran la misma actitud, pero sus mensajes nunca llegaron. No pude dejar de percibir cierto aire de condescendencia, el mismo -me di cuenta- que yo tuve con personas que habían vivido algo parecido en una anterior temporada de despidos. No es la mirada que más fortalece, porque creo que nos hace sentir un poco desdichados. Pero eso lo supe recién cuando me pasó a mí. 

Al poco tiempo aparecieron ofertas laborales que no me convencían del todo, mails, entrevistas, publicaciones de desempleados de otras compañías angustiados pidiendo trabajo y, en paralelo, personas anunciando su nuevo puesto o ascenso. De vuelta el frenesí, la sensación abrumadora de la rapidez, de que el tiempo corre y que si no corremos a la par nos quedamos atrás. También la evidencia de que la indemnización percibida en algún momento se va a terminar, cuestionándome sobre cómo voy a darme el lujo de esperar para elegir la mejor opción cuando nunca se sabe si va a volver a aparecer otra posibilidad. La maldita ansiedad. Si no fuera porque crucé algunas palabras con dos de mis compañeras y coincidimos en que teníamos que entrenar la paciencia y respetar nuestros tiempos para volver al ruedo, hoy me sentiría sola. De estos temas no se habla en las redes sociales ni en los grupos de WhatsApp multitudinarios. Las tres decidimos borrar LinkedIn del celular. Con tanto ruido no se puede pensar. 

La semana siguiente a la que me consideraron “redundant”, fui a ver Los Imprenteros de Lorena Vega, una obra de teatro documental que cuenta sobre una imprenta del conurbano bonaerense en la que se criaron tres hermanos rodeados de papeles, tintas y guillotinas, y que les fue arrebatada. Cuando terminó, no pude parar de llorar. Era de esos llantos que emergen con angustia después de contenerla por días. Me había emocionado por el relato de toda una vida familiar que había transcurrido alrededor de un eje, un espacio que ya no estaba. Había desaparecido como también se terminan las etapas, se borran los recuerdos o se desvanecen los vínculos, a veces, de un día para el otro. Pero creo que lo que más me conmovió fue la pérdida de lo artesanal, esos oficios que el mundo tech de hoy se lleva puestos. Un mundo que dejó de estar preparado para que las personas nos tomemos nuestro tiempo, sino para que temamos perderlo. Por eso nos da culpa hacer el duelo que corresponde a cada momento, porque cedemos a creer que ya tenemos que prepararnos para correr hacia la próxima meta. La mía hoy es tenerme paciencia.

Julieta Rabinovich es licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires, con una maestría en curso de Antropología Social por la Universidad Nacional de San Martín y una diplomatura en Diseño Centrado en las Personas, dictada por la misma institución. En la actualidad, trabaja en el área de investigación aplicada al diseño en empresas de tecnología.

JR

Etiquetas
stats