ENSAYO GENERAL
La trampa de discutir la “argentinidad”
Lo que me pasa con las conversaciones sobre la “argentinidad” es que me parecen una trampa, como las conversaciones sobre las mujeres o los pobres o los latinos o los jóvenes. Quien, al atacar a los “argentinos”, te pone en la situación de defenderlos, te obliga a aceptar sus términos de la discusión: el ser argentino como un universal fijo, estable, y descriptible. A mí las generalizaciones me encantan para las charlas de borrachos y corazones rotos, pero tener que encararlas con la solemnidad de quien cree que en alguna esencia platónica de la nación se juegan cuestiones de Estado es no solo aburrido, sino inconducente. Y sin embargo, aquí estamos, hablando de esto, intentando responder a la “campaña de odio” sin quedar atrapados en el vocabulario idiota que dicha campaña propone.
No es fácil, realmente. Sobre todo porque la Selección argentina no hizo nada grave esta vez: no estamos discutiendo cantos homofóbicos ni ninguna falta grave (a menos que se considere falta grave la bandera de Malvinas, lo cual es absurdo: la prohibición de exhibir una consigna que no contiene ningún discurso de odio era bastante discutible, e infringir una regla como esa solo puede parecerle terrible a quienes no crean que efectivamente existen normas injustas, y que cualquier norma se halla por encima de la justicia y, en este caso, de la libertad de expresión). Estamos discutiendo, en cualquier caso, una cuestión de tono. Y ni siquiera, tal vez: porque esos textos ignorantes que salieron publicados en prestigiosos medios norteamericanos (que creerían que es racista y discriminatorio publicar notas con prejuicios sobre los mexicanos o los paraguayos, pero que por alguna razón inexplicable no ven ningún problema en difundir prejuicios sobre los argentinos) dan cuenta de un resentimiento acumulado que precede por mucho a las picanteadas con la selección española en la final de la última copa del mundo.
Di una pista, creo, ya, de mi tesis principal sobre el origen de este resentimiento: quienes escriben contra “los argentinos” son los principales creyentes y abanderados del mito de la excepcionalidad argentina. No hablamos de conservadores orgullosos ni de miembros del Ku Klux Klan, sino de personas que jamás expresarían en público prejuicios contra “los latinos” (en muchos casos, de hecho, hablamos de personas que se autoperciben defensoras de “los latinos”) pero que han decidido que la Argentina no merece gozar de tal inmunidad. Reitero, sin muchas razones: el salario mínimo argentino hoy es el más bajo de la región. No somos ninguna excepción regional en ningún asunto que importe. Por supuesto que tampoco somos, como algunos quieren sostener, un pueblo “más violento” que otros: la Argentina no es un país excepcionalmente violento para nuestra región en ningún parámetro mensurable. En cualquier caso, tendremos otros modos, otras costumbres. Las personas sensatas entienden la diferencia entre un pueblo y sus gobernantes; entienden en Venezuela, y por eso ninguna persona sensata diría que los venezolanos “son violentos” aunque tengan la mayor cantidad de delitos violentos del continente. La entienden en Colombia, y por eso los colombianos te dicen que no te creas que son mucho más buena gente que los argentinos solo porque son más corteses, y que ni bien escuches el “ay qué pena contigo” prendas todas las alarmas. Argentina, entonces, es un país latinoamericano al que hay permiso para tratar como si fuera una potencia colonizadora. Será por el “colorismo” (otra vez: quienes atacan a la Argentina por “blanca” están colaborando con una ficción racista, no combatiéndola) o por lo que sea: el hecho es que mucha violencia sublimada por cierta superioridad moral progresista, de quienes se creen por encima del odio y el desprecio a pesar de su ignorancia supina sobre nuestras realidades, afloró liberada por este permiso. Hablo de una violencia inconsciente; de esa que hace que un norteamericano o un europeo te hable como a un niño sin darse cuenta, o suponga que no conoces a un autor porque estudiaste en la UBA y no en NYU (por supuesto que quienes estudiamos en la UBA tenemos más chances de conocer a un autor gringo que un alumno de Harvard de conocer a un autor argentino, pero son sutilezas que se les escapan a quienes nunca nos han visto en carne y hueso).
No pude entrar en esta discusión sin generalizaciones, pero sí quiero terminar este texto sin hacer ninguna reivindicación nacionalista. A mí no me caen bien todos los argentinos, ni mal todos los europeos; no sé qué significa preferir un argentino a un europeo, o viceversa, porque tampoco creo que sea atinada ni interesante la pregunta de quién me gusta más a mí o me deja de gustar. Me toca construir un país con mucha gente con la que no tengo nada en común, y un mundo con otra tanta gente con la que no comparto, tampoco, nada en especial. La pregunta de si me gusta o no es absolutamente irrelevante, salvo, supongo, si uno está comprando pasajes y haciendo valijas, que no es mi caso; y aún si lo estuviera pensando, sería una cuestión personal y no política. La paradoja quizás es que el lenguaje de los cánticos racistas u homofóbicos que los progresistas globales supuestamente quieren combatir habla en ellos, y por ellos. Al salvajismo del que nos acusan, en el fondo, no habria que contestarle con columnas como esta, sino con el olvido, la única venganza y el único perdón. Esa indiferencia narcisista y caprichosa que es la mayor virtud argentina (y esta reivindicación me la van a perdonar): la capacidad de ignorar todas las estupideces sobre la latinidad inventadas por gente que no ha puesto un pie al sur del Ecuador. Como dijo Don Draper, porque como siempre supo Borges los argentinos hacemos nuestro mundo con pedazos de lo que se nos dé la gana: yo no pienso en vos, para nada.
TT/MG